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14 septiembre 2026

EL LANUSENSE QUE SE DIVORCIÓ DE LA FORTUNA DE PICASSO

 


EL LANUSENSE QUE SE DIVORCIÓ DE LA FORTUNA DE PICASSO

Rafael López-Cambil: de las calles de Lanús y Monte Chingolo al matrimonio con Paloma Picasso y a uno de los divorcios más millonarios de la historia


Por Aurelio Nicolella


Hay historias que parecen inventadas por un guionista. Un muchacho que pasó su infancia en Lanús, que recorría Monte Chingolo cazando ranas, que participó en los comienzos del rock argentino y que terminó en París vinculado al mundo del teatro de vanguardia. Allí conoció a la hija de Pablo Picasso.

Se llamaba Rafael López-Sánchez, aunque internacionalmente sería conocido como Rafael López-Cambil.

Y muchos años después su nombre volvería a aparecer en los diarios de todo el mundo, pero esta vez por una razón extraordinaria: su divorcio de Paloma Picasso, hija del célebre pintor malagueño.

Fue un divorcio que la prensa británica llegó a llamar “el divorcio del siglo”.

Y detrás de aquella espectacular batalla judicial había una historia todavía más sorprendente: la de un hombre nacido en la Argentina que había abandonado parcialmente su carrera artística para convertirse en una pieza fundamental del imperio comercial construido alrededor del nombre Picasso.

La historia lanusense de Rafael López-Sánchez está documentada por la Universidad Nacional de Lanús.

La publicación Viento Sur, de la UNLa  (Universidad Nacional de Lanús), recuerda que López Sánchez fue uno de los fundadores del histórico sello discográfico Mandioca, fundamental en los primeros años del rock argentino, y señala que pasó su infancia en la zona de Madariaga y 9 de Julio, además de recordar que iba a cazar ranas a Monte Chingolo.

Debemos que agregar que ya adulto no era, por lo tanto, un desconocido dentro del ambiente cultural argentino.

Junto con Jorge Álvarez, Pedro Pujó y Javier Arroyuelo, López Sánchez participó en la creación de Mandioca, sello que dio espacio a artistas que luego serían fundamentales para la historia del rock nacional, entre ellos Manal, Moris, Miguel Abuelo y Vox Dei.

Pero su destino estaba en otra parte.

París. En la capital francesa, López-Sánchez desarrolló una actividad teatral vinculada a la vanguardia artística.

Fue allí donde conoció a Paloma Picasso, hija de Pablo Picasso y de la pintora Françoise Gilot.

La relación comenzó en los años setenta y la pareja terminó casándose en 1978, en una boda que reunió a buena parte de la elite artística y de la moda parisina.

Entre los protagonistas de aquella celebración estuvieron nombres como Yves Saint Laurent y Karl Lagerfeld.

Paloma, además, no era simplemente la hija de Picasso, era una mujer que estaba construyendo su propio nombre en el mundo del diseño, la joyería y osteriormente de los perfumes y los artículos de lujo.

Y Rafael iba a tener un papel decisivo en ese proceso.

Con el paso de los años, López-Cambil dejó en segundo plano su actividad teatral y se convirtió en socio, representante y colaborador empresarial de su esposa.

En 1988, “Los Angeles Times” describía a la pareja como un verdadero equipo empresarial. El diario señalaba que López-Cambil era su manager y que intervenía activamente en la construcción de la imagen y de la expansión comercial de Paloma Picasso.

La propia Paloma reconocía la importancia de Rafael en el desarrollo de su carrera. La prensa de la época llegó a recoger que lo consideraba el “arquitecto” de su carrera, una expresión que adquiría particular relevancia porque no se refería únicamente a su vida personal, sino también a su actividad profesional y empresarial.

Ese reconocimiento resultaría fundamental años después, cuando el matrimonio llegó a su fin. López-Cambil podía sostener que su participación en el crecimiento de la marca Paloma Picasso no había sido la de un simple acompañante, sino la de un colaborador y socio que había dedicado años de su vida a la expansión de aquellos negocios. La afirmación de que había sido una figura decisiva en la construcción del imperio comercial constituiría, precisamente, uno de los argumentos centrales de sus posteriores reclamos económicos.

Así, aquello que durante los años de matrimonio podía aparecer como una colaboración entre marido y mujer adquirió otra dimensión cuando llegó la separación: ¿cuánto valía económicamente la contribución de Rafael López-Cambil a una fortuna que, según las estimaciones de la época, ¿había alcanzado dimensiones extraordinarias?

Esa fue una de las preguntas que terminarían llevando el conflicto a los tribunales. Según The Guardian, en 1994 Paloma le concedió a Rafael la mitad del negocio que habían construido juntos, empresa cuyo volumen de operaciones superaba entonces los 130 millones de libras esterlinas anuales.

Así, aquel muchacho que había pasado su infancia en Lanús había terminado convertido en un hombre de negocios integrado en uno de los nombres más poderosos del mundo del arte y de la moda.

Pero todavía faltaba el capítulo más increíble, el final del matrimonio.

En 1995, después de diecisiete años de matrimonio, Paloma y Rafael decidieron separarse.

Al principio ambos aseguraron que continuarían siendo amigos y que seguirían vinculados a sus negocios.

Pero la situación cambió.

El divorcio terminó convirtiéndose en una batalla judicial internacional de enormes dimensiones.

Y Rafael López-Cambil no estaba dispuesto a marcharse con las manos vacías.

En febrero de 1999, cuando el caso estaba a punto de llegar a la Alta Corte de Justicia de Londres, el diario español El País informó que López-Cambil reclamaba 250 millones de libras esterlinas.

La razón de su demanda era clara: sostenía que había contribuido activamente a la construcción de la fortuna de Paloma Picasso y que había sacrificado su propia carrera para dedicarse a la expansión de los negocios de su esposa.

La fortuna de Paloma era estimada entonces en cifras extraordinarias.

Algunos cálculos periodísticos llegaron a situar su fortuna en torno a los 500 millones de libras esterlinas. Una cifra descomunal, casi imposible de imaginar, que alimentó durante años las especulaciones sobre el verdadero alcance de su riqueza. Pero la realidad permaneció envuelta en un halo de misterio: nadie supo jamás con certeza cuánto dinero había acumulado realmente. Sin incluir varios negocios y la importante colección de obras de su padre que había heredado, Paloma.

Pero el reclamo de López-Cambil no terminaba allí, también quería parte de los Picasso (*).

Uno de los aspectos más sorprendentes del litigio fue su pretensión sobre la colección artística heredada por Paloma.

Según The Guardian, López-Cambil había reclamado la mitad de la colección de obras de arte que Paloma había recibido de su padre, colección que entonces era estimada en más de 400 millones de libras esterlinas.

Aquello significaba que el pleito no estaba discutiendo solamente dinero.

Estaba en juego una parte de la propia herencia artística de Pablo Picasso.

La colección comprendía pinturas y otras obras de un valor incalculable, tanto económico como histórico.

Y entonces ocurrió lo inesperado. Cuando el proceso estaba a punto de comenzar en Londres, las partes llegaron a un acuerdo privado.

El juicio no se realizó. Los detalles económicos completos del acuerdo nunca fueron hechos públicos.

Por eso es incorrecto afirmar categóricamente cuánto recibió Rafael López-Cambil.

Lo que sí sabemos es que abandonó su reclamo sobre la mitad de la colección artística de Picasso y que el conflicto terminó mediante un acuerdo económico privado.

Algunas publicaciones de la época difundieron cifras extraordinarias.

El diario ruso Kommersant, por ejemplo, afirmó que el acuerdo habría implicado una suma de al menos 100 millones de dólares, aunque esa cifra no fue confirmada oficialmente por las partes.

Otros medios hablaron de cifras todavía mayores.

Pero el dato jurídicamente más prudente es otro: el monto definitivo del acuerdo permaneció confidencial.

La prensa británica bautizó el proceso como “el divorcio del siglo”.

Y no era una exageración periodística menor.

The Guardian informó que el litigio había involucrado abogados de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Suiza, Países Bajos, las Antillas y la Isla de Man, y que los costos legales habían superado los 10 millones de libras esterlinas.

El mismo periódico señaló que, antes del acuerdo, López-Cambil había llegado a reclamar una participación en una colección de Picasso valuada en cientos de millones de libras.

La dimensión económica del litigio era sencillamente extraordinaria.

Una pregunta ronda por el conurbano bonaerense y de aquellos que conocen su historia ¿Fue Rafael López-Cambil el Lanusense más rico del mundo?

Probablemente nunca podamos responder esa pregunta en términos estadísticos.

No existe un ranking histórico que permita establecer quién fue exactamente el ciudadano nacido o criado en Lanús que alcanzó la mayor fortuna.

Pero sí podemos afirmar algo mucho más interesante y documentable:

Rafael López-Cambil fue un hombre nacido y criado en el ámbito de Lanús que llegó a protagonizar uno de los divorcios más millonarios y célebres de la historia contemporánea.

La propia Universidad Nacional de Lanús lo incluye entre los personajes vinculados a la historia de la ciudad y recuerda su infancia en el barrio y sus incursiones por Monte Chingolo.

Y cuando llegó el momento de su divorcio, su nombre apareció en diarios de Argentina, España, Reino Unido, Estados Unidos, Francia y otros países.

No por ser simplemente el marido de una Picasso.

Sino porque había participado activamente en la construcción del imperio comercial de Paloma Picasso.

La historia de Rafael López-Cambil, (Rafael López-Sánchez)  tiene, en definitiva, todos los elementos de una novela:  Un niño de Lanús, Un joven vinculado al nacimiento del rock argentino. Un dramaturgo que llega a París. Una relación con la vanguardia artística, El encuentro con la hija de Pablo Picasso, Una boda rodeada de las grandes figuras de la moda. Un imperio internacional de perfumes, joyas y artículos de lujo, Y finalmente, un divorcio cuya dimensión económica hizo que los principales periódicos del mundo hablaran de él.

Quizá por eso su historia merece ser recuperada.

Porque detrás del nombre de Paloma Picasso hubo durante años un argentino que prácticamente desapareció de nuestra memoria colectiva. Y ese argentino había salido de Lanús. Rafael López-Cambil, nacido Rafael López-Sánchez.

El hombre de Lanús que llegó a París.

El hombre que ayudó a construir el imperio de Paloma Picasso.

Y el hombre que, al terminar aquel matrimonio, protagonizó uno de los divorcios más extraordinarios de la historia.


La historia no se termina en los estrados judiciales de Londres, en 2017, la investigación periodística de los “Paradise Papers” permitió conocer nuevos detalles sobre la administración de la herencia artística de Paloma.

Según la documentación difundida por “laSexta”, medio español, Paloma había gestionado parte de su patrimonio artístico mediante una estructura constituida en Bermudas.

En la cúspide se encontraba un “trust” y debajo una sociedad denominada “Artvest”, relacionada con la venta de determinadas obras.

Lo particularmente llamativo es que la estructura había sido creada junto con su entonces marido, Rafael López-Cambil.

Según los documentos citados por la investigación, el Bermuda Trust había sido constituido en 1982 y estaba relacionado con la administración de las obras de arte heredadas por Paloma.

Esto demuestra que Rafael no fue un personaje completamente ajeno a la administración de aquella fortuna.

Por el contrario, durante el matrimonio estuvo involucrado en estructuras empresariales y patrimoniales relacionadas con el patrimonio de Paloma.

La historia adquiere así una dimensión todavía más interesante.

Pablo Picasso murió en 1973, su nombre continuó generando una enorme riqueza después de su muerte. Paloma heredó una parte importante de aquel patrimonio.

Pero también construyó una fortuna propia, sus joyas, sus perfumes, los productos de belleza, los acuerdos comerciales, la relación con Tiffany, su marca internacional.

Y detrás de buena parte de esa expansión estuvo Rafael López-Cambil.

Cuando ambos se separaron, por lo tanto, la discusión no era solamente matrimonial. Era también empresarial.

Hay historias que parecen imposibles, y esta es una de ellas, unn hombre nacido en Argentina, un niño de Lanús. No sabemos exactamente cuánto dinero terminó recibiendo. No sabemos públicamente cuál fue el contenido completo del acuerdo.

No sabemos cuánto de aquel patrimonio permaneció en sus manos después de la separación.

Pero sí sabemos algo: durante algunos años, un hombre que había salido de Lanús estuvo sentado frente a una de las mayores fortunas privadas vinculadas al nombre Picasso.

Y cuando el matrimonio terminó, salió de aquella historia con una fortuna que las fuentes periodísticas de la época situaron en cifras extraordinarias.

Esa es la historia del lanusense que llegó a disputar los millones de Picasso.

Del barrio de Lanús a disputar una fortuna de cientos de millones de libras: la increíble historia de Rafael López-Cambil, el argentino que se casó con la hija de Picasso.

Después de aquel espectacular divorcio, Rafael López-Cambil prácticamente desapareció de la escena pública. Las últimas referencias periodísticas lo situaban en Londres, o viviendo en alguna localidad del suburbio de París, pero su residencia actual permanece, hasta hoy, envuelta en el misterio.

Hoy, Rafael López-Cambil (Rafael López-Sánchez) tendría alrededor de 79 años. Hace décadas que su nombre dejó de ocupar las páginas de los grandes diarios.

¿Dónde estará aquel muchacho que alguna vez recorrió las calles de Lanús y Monte Chingolo, sin imaginar que el destino lo llevaría a París, al mundo de Picasso y a protagonizar uno de los divorcios más millonarios de la historia? Tal vez, en algún rincón del mundo, conserve todavía el recuerdo de aquel Lanús de su infancia. Y quién sabe… quizá alguna vez haya vuelto, silenciosamente, a su tierra natal.

 

NOTA:

(*) LA HERENCIA DE PABLO PICASSO

Paloma había recibido de su padre una importantísima colección de obras de arte. Según las informaciones publicadas durante el litigio, la colección comprendía miles de piezas.

El País hablaba de aproximadamente 2.000 cuadros y 7.000 dibujos pertenecientes a la herencia de Pablo Picasso. Pero The Guardian publicó una cifra todavía más impresionante.

Según el diario británico, López-Cambil había reclamado la mitad de la colección de obras de Picasso heredada por Paloma, estimada entonces en hasta 400 millones de libras. 

Aquello transformaba el divorcio en algo completamente diferente.

Ya no se discutía solamente cuánto dinero debía recibir un cónyuge.

Se estaba discutiendo quién tendría derecho sobre una parte de una colección de obras del propio Pablo Picasso.

11 septiembre 2026

CUANDO LA TELEVISION IMPULSA EL TURISMO: EL FENOMENO TURCO


CUANDO LA TELEVISION IMPULSA EL TURISMO: EL FENOMENO TURCO


Por Aurelio Nicolella

 

El fenómeno audiovisual de las películas, miniseries y, especialmente, de las telenovelas turcas constituye uno de los casos más exitosos de utilización de la industria cultural como herramienta de promoción internacional. Turquía ha logrado convertir a sus producciones televisivas en un poderoso instrumento de "soft power", proyectando una imagen atractiva de su historia, su cultura y, sobre todo, de su principal ciudad: Estambul.

Durante las dos últimas décadas, las denominadas dizi (series turcas) conquistaron los mercados de América Latina, Europa, Medio Oriente, África y Asia. Este éxito no solo generó importantes ingresos por la venta de derechos televisivos, sino que despertó en millones de espectadores el deseo de conocer personalmente los escenarios donde transcurren las historias. Diversas investigaciones académicas confirman que las series turcas incrementan la intención de viajar a Turquía y fortalecen la imagen del país como destino turístico.

Estambul o cualquier ciudad turca que aparezca en dichas producciones La ciudad nunca aparece como un simple decorado. La fotografía destaca sus paisajes, su patrimonio arquitectónico y la convivencia entre tradición y modernidad, despertando la curiosidad del espectador.

Los especialistas denominan este fenómeno “film-induced tourism” o turismo cinematográfico, es decir, el incremento del turismo motivado por películas y series.

Turquía comprendió rápidamente el potencial de este recurso: las producciones muestran permanentemente paisajes de enorme belleza;

presentan una gastronomía atractiva, exhiben costumbres locales, promueven indirectamente el idioma turco haciendo con ello que fortalezca la imagen internacional del país.

Estudios realizados con turistas de países árabes, Italia, Egipto e Indonesia concluyen que las series influyen de manera significativa en la decisión de viajar a Turquía.

Lejos de ser un fenómeno casual, es una estrategia de estatal, la exportación de producciones audiovisuales forma parte de una estrategia de posicionamiento internacional.

Hoy Turquía figura entre los principales exportadores mundiales de ficción televisiva, y sus series funcionan como verdaderas embajadoras culturales. Las imágenes transmiten un país moderno, seguro, sofisticado y con una extraordinaria riqueza histórica.

Un ejemplo de ello es “La apuesta de mi vida” (título original: Hayatımın Aşkı) es una serie turca que combina comedia, romance y misterio, creada por Deniz Akçay y disponible en Netflix. Con una temporada de ocho episodios, la producción ofrece una historia ágil, personajes carismáticos y una cuidada realización, elementos que caracterizan a muchas de las exitosas ficciones turcas que han conquistado audiencias en todo el mundo.

Uno de los mayores atractivos de la serie es su extraordinario despliegue visual. Además de mostrar algunos de los rincones más emblemáticos de Estambul, la historia transcurre en idílicos pueblos costeros del mar Egeo y del mar de Mármara, donde las calles empedradas, los pequeños puertos, las casas tradicionales de fachadas blancas, los cafés frente al mar y las aguas cristalinas crean escenarios de gran belleza.

Estos paisajes, cuidadosamente fotografiados, transmiten una sensación de tranquilidad y encanto que invita al espectador a descubrir una Turquía diferente, alejada de las grandes metrópolis.

La serie confirma, una vez más, cómo el audiovisual turco se ha convertido en una poderosa herramienta de promoción turística. Sin recurrir a la publicidad tradicional, cada episodio exhibe la riqueza paisajística, cultural y arquitectónica del país, despertando el interés por recorrer tanto la vibrante Estambul como esos pequeños pueblos costeros que parecen detenidos en el tiempo y que constituyen algunas de las joyas menos conocidas de Turquía.

En América Latina el fenómeno alcanzó dimensiones extraordinarias, series como: Las mil y una noches, El Sultán, Fatmagül, Kara Para Aşk, Erkenci Kuş. Obtuvieron niveles de audiencia comparables con las tradicionales telenovelas latinoamericanas. Como consecuencia, numerosas agencias comenzaron a ofrecer recorridos por los escenarios donde fueron filmadas estas producciones, especialmente en Estambul.

La conclusión es que Turquía ha demostrado que una industria audiovisual sólida puede convertirse en una de las herramientas de promoción turística más eficaces del siglo XXI. A través de sus películas y, sobre todo, de sus exitosas series televisivas, ha logrado transformar a Estambul en un símbolo mundial de belleza, historia y modernidad.

Millones de espectadores descubren la ciudad primero desde la pantalla y, posteriormente, deciden recorrer sus calles, navegar el Bósforo o visitar sus monumentos. En este sentido, las producciones turcas no solo entretienen: construyen una poderosa imagen internacional del país y convierten a la ficción en un motor del turismo, la cultura y la economía.

30 agosto 2026

EL MITO DE LOS EXTRANJEROS QUE ESTUDIAN EN ARGENTINA

 

EL MITO DE LOS EXTRANJEROS QUE ESTUDIAN EN ARGENTINA

Por Aurelio Nicolella


“Los extranjeros vienen a estudiar a la Argentina y después se van.”

Pero la realidad es bastante más compleja. Y los datos obligan a revisar una afirmación que se repite con demasiada facilidad: que el extranjero viene a estudiar, obtiene su título y se va.

Hay frases que se repiten tanto que terminan convirtiéndose en verdades.

Una de ellas dice que los extranjeros vienen a la Argentina, ingresan a nuestras universidades públicas, estudian gratuitamente, obtienen un título y después regresan a sus países llevándose consigo una formación que pagamos los argentinos.

La historia parece perfecta para indignarse: Argentina paga, el extranjero estudia y después se lleva el título.

Pero hay un pequeño problema con ese relato: los datos no lo sostienen.

Más del 70 % de los extranjeros que estudian en Argentina termina radicándose en nuestro país. Es decir, la idea del extranjero que viene, estudia, se recibe y se marcha no representa a la mayoría.

Y si se queda, trabaja y desarrolla su vida en Argentina, la ecuación es muy diferente.

Ese profesional pasa a formar parte de nuestra sociedad, de nuestro mercado laboral y de nuestra economía. Trabaja, produce, consume, paga impuestos y aporta sus conocimientos.

Entonces aparece una pregunta bastante más incómoda:

¿Por qué nos preocupa tanto el extranjero que se queda y tan poco el argentino que se va?

Porque mientras discutimos cuánto cuesta formar a un extranjero, hay argentinos que pasan años dentro de una universidad pública, obtienen un título y, apenas pueden, emigran.

Y acá aparece una de las grandes paradojas de nuestro país.

Argentina invierte durante años en formar médicos, ingenieros, arquitectos, científicos, abogados, docentes y profesionales de todo tipo.

El Estado aporta recursos. Las universidades aportan infraestructura y docentes. La sociedad sostiene ese sistema.

Finalmente, el estudiante se recibe. Obtiene su título. Y se va.

¿Y qué ocurre cuando llega al exterior?

Aquí aparece una escena que debería hacernos reflexionar mucho más.

El argentino que en nuestro país consiguió un título universitario puede llegar al exterior gracias a que puede obtener una visa o la ciudadanía europea por algún antepasado, lo que hace en la mayoría de la veces es terminar lavando copas en un restaurante, trabajando como camarero, limpiando pisos, haciendo tareas de hotelería o desempeñando otros trabajos que no requieren la profesión para la cual fue formado durante años.

Y hay que decirlo claramente: no hay absolutamente nada indigno en lavar copas, limpiar pisos o trabajar en un restaurante.

Son trabajos honestos y merecen exactamente el mismo respeto que cualquier otro.

No todos son recibidos y tienen el éxito como Rene Favaloro, César Milstein o César Pelli entre otros.

Pero la cuestión es otra, lo que lleva a plantear la pregunta es qué ocurrió con el capital humano que Argentina ayudó a formar.

Porque quizás el problema no sea que ese argentino esté trabajando en un restaurante.

El verdadero problema es que Argentina formó a un profesional y otro país terminó aprovechando, cuando logra insertarse profesionalmente, la formación que nuestro país financió.

Y en muchos otros casos ni siquiera llega a ejercer su profesión: termina utilizando su título como parte de su historia personal, mientras su capacidad profesional queda desaprovechada.

Mientras tanto, seguimos discutiendo sobre el extranjero

Ahí aparece la contradicción. Nos indignamos porque un extranjero pueda estudiar en una universidad argentina.

Pero podemos aceptar con absoluta naturalidad que un argentino se forme durante años con recursos públicos y después abandone el país.

Nos preocupa quién entra a la universidad. En cambio deberíamos preocuparnos también por el argentino que sale del país después de pasar por ella.

Porque el título no es solamente un papel.

Detrás de cada profesional hay años de educación, profesores, infraestructura, investigación, esfuerzo familiar y recursos de toda la sociedad.

No se trata de argentinos contra extranjeros, la discusión no debería transformarse en eso.

Si un extranjero viene, estudia y se queda a trabajar en Argentina, no necesariamente estamos frente a un costo sin retorno. Estamos incorporando una persona formada que puede contribuir al país durante décadas.

Y si un argentino decide emigrar, tampoco corresponde convertirlo en culpable. Tiene derecho a buscar una vida mejor donde considere.

El problema es estructural, no individual. Argentina tiene dificultades para retener a su propia gente calificada. Ese debería ser el debate.

Porque mientras algunos políticos discuten si un extranjero debe o no estudiar en nuestras universidades, miles de argentinos miran hacia Ezeiza pensando que su futuro está en otra parte.

Y algunos de ellos, paradójicamente, llegan al país que eligieron con un título universitario argentino en la valija para terminar trabajando de lo que pueden conseguir.

Entonces, ¿cuál es el verdadero problema?

Quizás deberíamos dejar de formular la discusión de una manera tan sencilla:

“¿Cuánto nos cuesta formar a un extranjero?”

Y empezar a formular otra pregunta:

“¿Cuánto le cuesta a la Argentina formar a un profesional que después se va?”

Porque si un extranjero se forma en Argentina y se queda, Argentina gana un trabajador calificado.

Pero si Argentina forma a un argentino durante años y ese profesional se va, Argentina pierde parte del capital humano que ayudó a construir.

Y esa pérdida debería preocuparnos muchísimo más.

La universidad pública no puede discutirse solamente desde la nacionalidad del estudiante.

Hay que discutir qué sociedad queremos construir, cuánto invertimos en educación y, fundamentalmente, qué hacemos para que quienes se forman aquí quieran, y puedan, construir su futuro aquí.

Porque quizás el verdadero mito no sea que los extranjeros vienen a estudiar y se van.

Quizás el verdadero problema es que estamos tan ocupados mirando quién entra a nuestras universidades que dejamos de mirar cuántos de los que salen terminan cruzando la frontera.

Los datos detrás del debate

Los datos detrás del debate

¿Qué muestran realmente los números sobre los estudiantes extranjeros en Argentina?
4,6 %
Proporción de estudiantes extranjeros sobre el total de la matrícula universitaria argentina en 2023.
126.900
Estudiantes extranjeros registrados en las universidades argentinas en 2023.
85 %
De los estudiantes extranjeros cursaba carreras de grado.
15 %
Cursaba estudios de posgrado.
76 %
De los estudiantes extranjeros de grado cursaba en universidades públicas.
70 %
De los estudiantes extranjeros de posgrado cursaba en universidades públicas.
70 %
En una investigación de la UNAJ, el 70 % de los estudiantes extranjeros relevados había realizado la escuela secundaria en Argentina.
UN DATO QUE CAMBIA LA DISCUSIÓN

Una parte significativa de quienes aparecen estadísticamente como “extranjeros” ya había realizado su formación secundaria en Argentina. Reducir el fenómeno a “vienen, estudian gratis y se van” simplifica una realidad mucho más compleja.
La pregunta de fondo:
¿Cuántos profesionales forma Argentina, cuántos permanecen y cuántos terminan emigrando?
Fuentes: datos oficiales del sistema universitario argentino y estudio de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ).

29 agosto 2026

LA PENA DE MUERTE: UNA DISCUSION QUE LA SOCIEDAD NO DEBERIA CLAUSURAR Por qué, desde la mirada de sus defensores, hay delitos cuya gravedad puede justificar la máxima sanción


LA PENA DE MUERTE: UNA DISCUSION QUE LA SOCIEDAD NO DEBERIA CLAUSURAR

Por qué, desde la mirada de sus defensores, hay delitos cuya gravedad puede justificar la máxima sanción

 

De la Editorial del Magazine Observador

 

La pena de muerte es, probablemente, una de las cuestiones más difíciles que puede afrontar una sociedad. Para unos constituye una violación inadmisible del derecho a la vida. Para otros, en cambio, existen crímenes cuya gravedad es de tal magnitud que el Estado puede legítimamente imponer la sanción máxima.

No se trata de una discusión nueva ni exclusiva de nuestro tiempo. Durante siglos, filósofos, juristas, teólogos y hombres de Estado han discutido si una comunidad política tiene derecho a quitar la vida a quien ha cometido determinados delitos.

Entre quienes defendieron esta posibilidad se encuentra una figura particularmente interesante: Jaime Guzmán Errázuriz (*), jurista y senador chileno, quien sostuvo en 1990 una posición cuidadosamente elaborada sobre la pena capital.

Para Jaime Guzmán no era una cuestión de venganza, sino de justicia. Guzmán no planteaba la pena de muerte en términos de venganza privada ni de odio hacia el delincuente.

Su razonamiento partía de una pregunta mucho más profunda: ¿puede existir un delito cuya gravedad sea tan extraordinaria que la pena proporcional llegue hasta la muerte?

Su respuesta era afirmativa.

En un artículo publicado en El Mercurio en octubre de 1990, Guzmán sostenía “que el delito no solamente perjudica a una víctima individual, sino que también quiebra el orden jurídico y social que la comunidad busca proteger”. Por eso entendía que la pena debía guardar proporción con la gravedad del daño producido.

En el debate parlamentario chileno de ese mismo año fue todavía más explícito: sostuvo que había delitos cuya “extrema gravedad” podía hacer que la sanción proporcionada llegara a ser la pena capital.

La idea central es sencilla: si la pena debe ser proporcional al delito, no todos los delitos pueden recibir necesariamente la misma respuesta.

Un homicidio cometido bajo determinadas circunstancias no es jurídicamente equivalente a una infracción menor. Para los partidarios de la pena capital, hay crímenes que por su crueldad, deliberación y consecuencias pueden situarse en el extremo máximo de la escala penal.

La defensa de la sociedad

Otro de los argumentos centrales de Guzmán era la defensa de la sociedad.

La pena no tiene únicamente una función de castigo. También procura impedir nuevos daños, proteger a las víctimas potenciales y reafirmar la vigencia de la ley.

Guzmán reconocía varias finalidades de las penas: la protección de la sociedad, el efecto disuasivo, la rehabilitación y la retribución. Pero otorgaba una importancia particular a esta última: la pena debía guardar una relación justa con el mal causado.

Desde esta perspectiva, el defensor de la pena de muerte puede formular una pregunta incómoda:

¿Por qué la sociedad debe estar obligada a conservar para siempre la vida de quien, mediante un crimen excepcionalmente grave, destruyó deliberadamente la vida de otro?

La respuesta abolicionista será que el Estado debe ser diferente del criminal y nunca convertirse en una institución que mata.

La respuesta de quienes sostienen la pena capital es distinta: el Estado no mata arbitrariamente; ejecuta una pena prevista por la ley, impuesta después de un proceso judicial y por un delito cuya gravedad ha sido previamente determinada por el orden jurídico.

La diferencia, para ellos, está entre el homicidio privado y el ejercicio legítimo de la autoridad pública.

Muchos siglos antes de Guzmán, Santo Tomás de Aquino había elaborado un razonamiento que tendría enorme influencia en la tradición jurídica occidental.

En la Suma Teológica, al analizar si es lícito matar al delincuente, compara a la sociedad con un organismo: si una persona representa un peligro grave para el conjunto, la autoridad pública puede, según su razonamiento, adoptar medidas extremas para preservar el bien común.

Pero hay una precisión fundamental: para Santo Tomás no corresponde al individuo decidir y ejecutar por su propia mano. La potestad de aplicar una pena extrema pertenece a la autoridad pública encargada de la comunidad.

Esto introduce una distinción que continúa siendo fundamental:

una cosa es la venganza privada y otra el ejercicio de la potestad punitiva del Estado.

El partidario de la pena de muerte sostiene que solamente la segunda podría ser legítima.

Para Kant: la justicia exige proporcionalidad. La defensa de la pena capital tampoco pertenece exclusivamente al pensamiento religioso. Immanuel Kant, uno de los grandes filósofos de la modernidad, sostuvo una posición particularmente rigurosa.

Para Kant, la pena no debía aplicarse simplemente porque fuera útil para producir determinados efectos sociales. La justicia exigía que el responsable recibiera una sanción proporcional a su delito.

En el caso del homicidio, Kant entendía que la muerte era la única pena que podía satisfacer plenamente el principio de proporcionalidad. No se trataba fundamentalmente de disuadir a otros: se trataba de hacer justicia frente al crimen cometido.

Es una concepción profundamente retributiva: quien deliberadamente quita una vida ha cometido un acto cuya gravedad exige una respuesta equivalente.

También John Locke, uno de los padres del liberalismo político, reconocía en el Segundo tratado sobre el gobierno civil que el poder político comprende la facultad de establecer leyes con penas de muerte, siempre orientadas al bien público.

Esto es interesante porque demuestra que la discusión no puede reducirse fácilmente a: “pena de muerte = autoritarismo”.

La historia del pensamiento político es mucho más compleja.

Locke, uno de los grandes defensores de los derechos individuales y de las limitaciones al poder político, admitía que el orden civil podía contemplar la pena capital en determinadas circunstancias.

El argumento de la disuasión

Existe además otro argumento muy conocido: la pena de muerte puede disuadir a potenciales delincuentes.

El razonamiento es sencillo: si una persona sabe que determinados delitos pueden conducir a su propia ejecución, puede decidir no cometerlos.

Los defensores de la pena capital sostienen que, frente a la posibilidad de salvar vidas inocentes, el Estado tiene derecho a utilizar la sanción más severa disponible. Esa posición ha sido defendida por diversos autores y juristas.

Ahora bien, aquí corresponde hacer una distinción importante.

No existe consenso científico en que la pena de muerte produzca necesariamente un efecto disuasorio superior al de otras penas. El propio debate académico continúa abierto y las investigaciones disponibles no permiten presentar la disuasión como una verdad demostrada.

Por eso, el argumento más sólido a favor de la pena capital no necesariamente tiene que descansar en la estadística.

Puede descansar en la justicia retributiva y la proporcionalidad.

¿Y si existe un error judicial?

Aquí aparece el principal problema.

Jaime Guzmán reconocía que la irreversibilidad de la pena de muerte era el argumento que más fuerza le hacía frente a ella.

Porque una condena injusta a prisión puede, al menos en teoría, ser revisada y reparada.

Una ejecución no.

Guzmán consideraba, sin embargo, que un sistema con garantías procesales extraordinarias podía reducir ese riesgo a un nivel excepcionalmente bajo. Su posición estaba vinculada a las garantías que tenía entonces el sistema chileno, entre ellas exigencias especialmente rigurosas para llegar a la pena capital.

Aquí se encuentra quizás el punto donde la discusión se vuelve más difícil: ¿Puede una sociedad aceptar una pena irreversible sabiendo que todo sistema judicial puede equivocarse?

Quienes responden afirmativamente sostienen que el riesgo debe reducirse mediante garantías extraordinarias, doble instancia, revisión de la prueba y exigencias probatorias máximas.

Quienes responden negativamente sostienen que ninguna garantía puede eliminar completamente la posibilidad del error.

La cuestión religiosa: una evolución histórica

También resulta interesante la relación entre pena de muerte y cristianismo.

En la época en que Guzmán escribió y habló sobre el tema, sostenía que la tradición doctrinal católica no había considerado siempre ilegítima la pena capital y que su aplicación podía quedar vinculada a la prudencia de la autoridad y a las circunstancias del bien común.

Pero aquí hay que hacer una aclaración histórica imprescindible para no atribuirle a la Iglesia actual una posición que ya no sostiene.

En 2018, el Catecismo de la Iglesia Católica fue modificado y actualmente enseña que “la pena de muerte es inadmisible”, porque atenta contra la inviolabilidad y dignidad de la persona, y la Iglesia se compromete con su abolición universal.

Por lo tanto, el argumento religioso de Guzmán pertenece al contexto doctrinal en el que él escribió y no debe confundirse con la posición oficial actual de la Iglesia Católica.

¿Por qué algunos siguen defendiendo la pena de muerte?

Quienes hoy sostienen esta posición suelen combinar varios argumentos:

Primero: determinados delitos pueden ser tan graves que la máxima pena resulte proporcional.

Segundo: el Estado tiene el deber primordial de proteger a los inocentes y preservar el orden jurídico.

Tercero: la prisión perpetua no necesariamente expresa, para todos los partidarios de esta posición, una respuesta proporcional frente a determinados crímenes.

Cuarto: la pena capital puede tener un efecto disuasorio, aunque éste sea discutido empíricamente.

Quinto: existe una diferencia moral y jurídica entre el homicidio cometido por un particular y la aplicación de una pena por parte de un Estado después de un proceso judicial.

Sexto: para algunos defensores, abolir absolutamente la pena de muerte significa privar al Estado de una herramienta que podría resultar necesaria frente a delitos excepcionalmente graves.

Una discusión que merece continuar

La discusión sobre la pena de muerte no debería reducirse a consignas.

No alcanza con decir “hay que matar a los criminales”, porque eso convertiría una cuestión jurídica y filosófica en una reacción emocional.

Pero tampoco parece suficiente responder que “el Estado nunca puede matar” sin examinar las razones históricas y filosóficas por las cuales grandes pensadores llegaron a una conclusión diferente.

Desde Santo Tomás de Aquino hasta Kant, pasando por Locke y, en el siglo XX, Jaime Guzmán, existe una tradición intelectual que considera que la autoridad pública puede llegar a tener una potestad punitiva extrema cuando están en juego la justicia, la proporcionalidad y la protección del bien común. 

La gran pregunta, entonces, no es solamente:

“¿Pena de muerte sí o no?”

La pregunta más profunda es:

¿Existe algún crimen tan grave que la justicia pueda considerar legítima la máxima pena, aun sabiendo que esa decisión coloca al Estado ante la responsabilidad de quitar deliberadamente una vida?

Jaime Guzmán respondió que sí, excepcionalmente.

Sus adversarios respondieron que ningún crimen permite al Estado cruzar ese límite.

Y probablemente por eso, más de dos mil años después de que comenzó la discusión, la cuestión de la pena de muerte continúa siendo uno de los debates más difíciles sobre los límites del poder del Estado y el significado mismo de la justicia.

 

La paradoja de Guzmán: la muerte como última posibilidad de salvación

Existe un aspecto del pensamiento de Jaime Guzmán como católico practicante sobre la pena de muerte que suele quedar relegado cuando el debate se reduce a la cuestión de la seguridad o de la proporcionalidad de las penas.

Guzmán veía también en la proximidad de la muerte una posible oportunidad de rehabilitación espiritual.

En una entrevista realizada en 1985, ante la pregunta de si la pena de muerte podía llegar a ser una bendición de Dios, Guzmán respondió que podía constituir un instrumento de rehabilitación muy profunda del alma humana. Su razonamiento era que quien había cometido un delito gravísimo podía experimentar, precisamente en los últimos momentos de su existencia, una transformación interior al enfrentarse con la certeza de que debía pagar con su propia vida por el delito cometido.

Guzmán incluso afirmaba haberse colocado mentalmente en el lugar del condenado. Se preguntaba qué ocurriría si fuera él mismo quien estuviera frente a la muerte y, aun desde esa perspectiva, sostenía que continuaba considerando la pena capital como una instancia de profunda rehabilitación.

Aquí aparece una diferencia fundamental respecto de la concepción moderna de la rehabilitación.

Para Guzmán, rehabilitar no significaba necesariamente volver a insertar al condenado en la sociedad. Existía otra dimensión: la rehabilitación moral y espiritual de la persona.

El condenado podía no tener un futuro terrenal, pero todavía podía tener un futuro eterno.

La proximidad de la muerte convertía entonces el arrepentimiento en una experiencia concreta. Ya no se trataba de una reflexión abstracta sobre la posibilidad de morir algún día. El condenado sabía que su vida terrenal estaba llegando a su fin y que debía enfrentarse, en pocos minutos u horas, con aquello que para un creyente constituye el juicio de Dios.

Desde esa perspectiva, la pena capital podía adquirir para Guzmán una dimensión paradójica: la misma pena que terminaba con la vida terrenal podía convertirse, para quien se arrepentía sinceramente, en una última oportunidad de salvar su alma.

Su razonamiento encontraba además un antecedente en la tradición cristiana del llamado “buen ladrón” del Evangelio. Crucificado junto a Cristo y consciente de que su muerte era inminente, reconoció su culpa y se volvió hacia Jesús. La tradición cristiana interpretó ese arrepentimiento como una muestra de que incluso en el último instante puede producirse una conversión.

Así entendida, la posición de Guzmán no descansaba únicamente en la idea de castigar al delincuente. Había también una concepción profundamente religiosa de la persona humana: la vida terrenal no constituye toda la existencia del hombre y, por ello, la muerte no necesariamente clausura la posibilidad de redención.

Esta concepción explica por qué Guzmán podía defender la pena de muerte y, al mismo tiempo, hablar de rehabilitación. Para él no existía una contradicción: el condenado podía perder la posibilidad de continuar viviendo en este mundo y, sin embargo, ganar, mediante el arrepentimiento, la posibilidad de una vida eterna.

Es probablemente uno de los aspectos más controvertidos, pero también más originales, de su pensamiento sobre la pena capital.


(*) Guzmán Errázuriz, Jaime (1946-1991), fue un abogado, académico y político chileno. Senador de la República (1990-1991), fundador de la Unión Demócrata Independiente (UDI) y profesor de Derecho Constitucional y Teoría Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fue uno de los principales redactores e ideólogos de la Constitución Política de Chile de 1980. Integró desde 1973 la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución "Comisión Ortúzar", que elaboró el anteproyecto que constituyó la base de la Carta Fundamental.


LA PENA DE MUERTE

Una discusión que la sociedad no debería clausurar

MAGAZINE OBSERVADOR
Por la Editorial

La pena de muerte es una de las cuestiones más difíciles que puede afrontar una sociedad.

Para unos, constituye una violación inadmisible del derecho a la vida. Para otros, existen crímenes cuya gravedad puede justificar la máxima sanción.

LA PREGUNTA CENTRAL

¿Puede existir un delito cuya gravedad sea tan extraordinaria que la pena proporcional llegue hasta la muerte?

1. JAIME GUZMÁN: JUSTICIA, NO VENGANZA

Jaime Guzmán Errázuriz defendía la posibilidad de mantener la pena de muerte para determinados delitos de extrema gravedad.

Su planteo no estaba basado en la venganza ni en el odio hacia el delincuente.

La pena debía ser proporcional a la gravedad del delito.

Para Guzmán, el delito no solamente perjudica a una víctima individual: también afecta el orden jurídico y social que la comunidad busca proteger.

2. LA DEFENSA DE LA SOCIEDAD

La pena no tiene solamente una función de castigo.

  • Proteger a la sociedad.
  • Impedir nuevos delitos.
  • Reafirmar la vigencia de la ley.
  • Responder proporcionalmente al crimen.

Desde esta perspectiva aparece una pregunta incómoda:

¿Por qué la sociedad debería conservar para siempre la vida de quien deliberadamente destruyó la vida de otro mediante un crimen excepcionalmente grave?

3. SANTO TOMÁS DE AQUINO

Muchos siglos antes de Guzmán, Santo Tomás de Aquino consideró que la autoridad pública podía recurrir a la pena de muerte en determinadas circunstancias para preservar el bien común.

Una distinción fundamental:

Venganza privada ≠ potestad punitiva del Estado.

4. KANT: LA PROPORCIONALIDAD

Immanuel Kant defendió una concepción estrictamente retributiva de la pena.

Para Kant, la justicia exigía que el responsable recibiera una sanción proporcional al delito cometido.

DELITO GRAVÍSIMO

PENA PROPORCIONAL

En el caso del homicidio, Kant entendía que la muerte podía constituir la única respuesta plenamente proporcional.

5. JOHN LOCKE

John Locke, uno de los grandes pensadores de la tradición liberal, también reconocía al poder político facultades punitivas que podían incluir la pena de muerte en determinadas circunstancias y orientadas al bien público.

Por eso, históricamente, la defensa de la pena capital no puede identificarse automáticamente con el autoritarismo.

6. EL ARGUMENTO DE LA DISUASIÓN

Otro argumento utilizado por los defensores de la pena de muerte es su posible efecto disuasorio.

El razonamiento:

Si una persona sabe que determinados delitos pueden conducir a la pena capital, puede decidir no cometerlos.

Sin embargo, este argumento continúa siendo discutido y no existe consenso científico sobre que la pena de muerte tenga necesariamente un efecto disuasorio superior al de otras penas.

7. EL PROBLEMA DEL ERROR JUDICIAL

Este es uno de los argumentos más difíciles para quienes defienden la pena capital.

PRISIÓN

Una condena injusta puede ser revisada.
PENA DE MUERTE

Una ejecución es irreversible.

El propio Guzmán reconocía que éste era el argumento que mayor fuerza tenía contra la pena capital.

Su respuesta era la necesidad de establecer garantías procesales extraordinarias para reducir al mínimo el riesgo de una condena errónea.

8. LA DIMENSIÓN RELIGIOSA

En el pensamiento de Guzmán existe además una dimensión que suele quedar fuera del debate: la posibilidad de la conversión espiritual del condenado.

Para Guzmán, la vida terrenal no era toda la existencia humana.

Por eso, la muerte no necesariamente significaba el final de la posibilidad de redención.

LA PARADOJA DE GUZMÁN

La muerte podía convertirse en la última oportunidad de salvar el alma.

9. LA ÚLTIMA HORA

Guzmán sostenía que la proximidad de la muerte podía provocar una transformación interior profunda.

El condenado ya no enfrenta una posibilidad abstracta. Sabe que su vida terrenal está llegando a su fin.

La muerte deja de ser una idea lejana.

Se convierte en una realidad inmediata.

Para un creyente, esa certeza puede conducir al reconocimiento de la culpa, al arrepentimiento, a la confesión y a la reconciliación con Dios.

Por eso Guzmán podía hablar de rehabilitación aun cuando el condenado no fuera a regresar a la sociedad.

No hablaba solamente de rehabilitación social. Hablaba también de rehabilitación moral y espiritual.

10. EL BUEN LADRÓN

La tradición cristiana encuentra un antecedente poderoso en el llamado “buen ladrón”, crucificado junto a Cristo.

Consciente de que su muerte era inminente, reconoció su culpa y se volvió hacia Jesús.

Incluso en el último instante de la vida puede producirse una conversión.

Esta idea ayuda a comprender por qué Guzmán consideraba que la muerte física no necesariamente clausuraba la posibilidad de redención.

11. UNA IDEA CONTROVERTIDA

La posición de Guzmán plantea una paradoja difícil de resolver.

VISIÓN ABOLICIONISTA VISIÓN DE GUZMÁN
La muerte elimina la posibilidad de rehabilitación. La proximidad de la muerte puede provocar una rehabilitación espiritual.
El Estado no debe quitar la vida. El Estado puede imponer excepcionalmente la máxima pena.

12. LA POSICIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA

Es importante señalar que la posición actual de la Iglesia Católica es diferente de la tradición doctrinal en la que Guzmán fundamentaba parte de su pensamiento.

Desde 2018, el Catecismo sostiene que “la pena de muerte es inadmisible” y afirma el compromiso de la Iglesia con su abolición universal.

13. UNA DISCUSIÓN QUE SIGUE ABIERTA

La discusión sobre la pena de muerte no debería reducirse a consignas.

¿Qué es la justicia?

¿Cuál es el límite del poder del Estado?

¿Puede existir un delito tan grave que merezca la máxima pena?

¿Puede un condenado arrepentirse verdaderamente en el último momento de su vida?

¿Puede el Estado asumir una pena irreversible aun sabiendo que puede equivocarse?

LA PREGUNTA FINAL

¿Existe algún crimen tan grave que la justicia pueda considerar legítima la máxima pena?

Jaime Guzmán respondió que sí, excepcionalmente.

Sus adversarios respondieron que ningún crimen permite al Estado cruzar ese límite.

FUENTES CONSULTADAS

  • Guzmán Errázuriz, Jaime, ¿Por qué abolir la pena de muerte?, artículo publicado en El Mercurio, Santiago de Chile, 21 de octubre de 1990.
  • Archivo Jaime Guzmán, escritos y documentos sobre su pensamiento, espiritualidad y posición respecto de la pena de muerte.
  • Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, antecedentes biográficos y labor parlamentaria de Jaime Guzmán Errázuriz.
  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, cuestión 64, sobre la potestad de la autoridad para aplicar la pena de muerte.
  • Kant, Immanuel, La metafísica de las costumbres, doctrina del derecho y principio de proporcionalidad de la pena.
  • Locke, John, Segundo tratado sobre el gobierno civil, sobre el poder punitivo de la autoridad civil.
  • Guzmán Errázuriz, Rosario, Mi hermano Jaime, Santiago de Chile, 1991.
  • Cristi, Renato, El pensamiento político de Jaime Guzmán: una biografía intelectual, LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2014.