Por Aurelio Nicolella.
Estas palabras fueron dichas en una oportunidad por el argentino Domingo Faustino Sarmiento, en una época en que los grandes y pequeños terratenientes de la pampa, ese mar verde como llamaban los conquistadores españoles a la llanura más extensa del nuevo mundo, no alambraban sus campos, las palabras del maestro de América, hizo tomar conciencia que de, esa forma evitarían los problemas que acarreaba el hecho de no tener delimitado sus propiedades “evitando” los litigios que se producían, cuando la hacienda transponía los límites de un fundo al otro.
A veces esas cuestiones, entre terratenientes, se dirimía en los distintos Juzgados de Paz o Campaña, y otras veces se solucionaban en una forma no pacífica y bastante violenta, llegando a regar de sangre humana dichos campos. No era para menos ya que era muy común que los animales (ganado) pasaran de un fundo al otro con lo cual generaba un sin fin de conflictos, a veces resuelto de la forma más sangrienta como dijimos.
Quién se cree que trajo el alambre al país fue el Cónsul de Prusia, Francisco Halbach este poseía un campo de dimensiones nada despreciables en el Partido de Cañuelas, una de las primeras cosas que hizo fue alambrar perimetralmente todo su campo, ello consistía en fijar cuatro o tres filas de alambres paralelas atadas o insertadas cada tantos metros a un tronco de quebracho o árbol de madera dura, con una pequeña roldana con dientes para poder tensar los hilos de alambres, no variaba mucho de los alambres que se usan en el campo hoy en día.



