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08 julio 2026

MASAJISTAS MASCULINOS PARA MUJERES: UNA PROFESIÓN EN CRECIMIENTO EN LAS GRANDES CIUDADES DE OCCIDENTE

 

 

Kenji Nakamura (*)


De una profesión impensada a un servicio cada vez más aceptado

Si alguien hubiera imaginado esta situación hace cincuenta o sesenta años, probablemente habría generado sorpresa o incluso rechazo social. En las décadas de 1950, 1960 e incluso buena parte de los años 70, la idea de que un hombre se dedicara profesionalmente a brindar masajes a mujeres fuera de un hospital, una clínica o un consultorio médico habría sido vista con desconfianza en gran parte de Occidente.

Las costumbres sociales de la época eran muy diferentes. El contacto físico entre personas de distinto sexo estaba rodeado de fuertes prejuicios culturales y morales. En muchos países, una mujer difícilmente hubiera acudido sola a un gabinete donde un hombre le realizara un masaje, y un profesional que ofreciera ese servicio habría encontrado importantes barreras para desarrollar su actividad.

Con el paso de las décadas, la sociedad comenzó a transformarse. La incorporación masiva de la mujer al mundo laboral, el crecimiento de la industria del bienestar, la difusión de disciplinas como la fisioterapia, la masoterapia y las técnicas orientales de relajación, junto con una mayor igualdad entre hombres y mujeres, modificaron profundamente la percepción de esta actividad.

Hoy, en ciudades como Buenos Aires, Madrid, Londres, Nueva York o Sídney, resulta cada vez más habitual encontrar hombres que trabajan como masajistas atendiendo a clientas. Para muchas personas, el criterio principal ya no es el sexo del profesional, sino su formación, experiencia, ética y capacidad técnica.

Al mismo tiempo, internet y las redes sociales han dado visibilidad a una amplia variedad de servicios. En ese contexto conviven la masoterapia estrictamente profesional con otras propuestas orientadas al entretenimiento o a experiencias para adultos, lo que hace necesario distinguir claramente entre unas y otras para evitar confusiones.

Más allá de estas diferencias, el crecimiento de hombres dedicados a la masoterapia para mujeres constituye un ejemplo de cómo las profesiones evolucionan junto con la sociedad. Lo que décadas atrás podía parecer impensable, hoy forma parte de una realidad cotidiana en muchas de las grandes ciudades del mundo occidental.

Durante décadas, la imagen tradicional del masajista estuvo asociada, en muchos casos, a mujeres atendiendo tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a consolidarse una tendencia diferente: el crecimiento de hombres que se dedican profesionalmente a brindar masajes exclusivamente a mujeres.

Lejos de tratarse de una curiosidad pasajera, esta actividad se ha expandido en muchas ciudades donde numerosos profesionales ofrecen servicios de masoterapia, relajación muscular, masajes deportivos, terapéuticos y de bienestar orientados al público femenino.

 Un cambio cultural

Especialistas en bienestar sostienen que el fenómeno responde a una transformación social. Muchas mujeres buscan profesionales con sólida formación técnica, sin importar su género, mientras que otras manifiestan sentirse más cómodas con la fuerza física que algunos masajistas pueden aplicar en tratamientos descontracturantes o deportivos.

Al mismo tiempo, cada vez más hombres eligen estudiar carreras vinculadas a la estética, la rehabilitación física y la masoterapia, rompiendo antiguos estereotipos laborales.

 Buenos Aires no es la excepción

En la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense han proliferado centros de estética, spas y consultorios donde trabajan masajistas varones atendiendo principalmente a clientas. Muchos desarrollan además su actividad de manera independiente, ofreciendo atención a domicilio o en gabinetes privados.

 Las redes sociales también han contribuido al crecimiento de la profesión. Instagram, TikTok y otras plataformas permiten a estos profesionales mostrar su trabajo, difundir recomendaciones sobre salud muscular y captar nuevos clientes.

 Profesionalización y ética

Quienes ejercen esta actividad destacan la importancia de la formación académica, la higiene, el respeto por la privacidad de las personas y el cumplimiento de estrictas normas éticas.

En la mayoría de los casos se trata de profesionales certificados en masoterapia, kinesiología, técnicas orientales o tratamientos corporales, cuya finalidad es mejorar el bienestar físico y emocional de quienes los consultan.

 Una ocupación con futuro

El envejecimiento de la población, el aumento del estrés laboral, el sedentarismo y la creciente preocupación por la salud física hacen prever que la demanda de masajes terapéuticos continuará creciendo durante los próximos años.

En ese contexto, la presencia de hombres dedicados profesionalmente a atender mujeres ya forma parte del paisaje cotidiano en muchas ciudades occidentales. Más que una novedad, representa el reflejo de una sociedad donde las profesiones dejan de estar condicionadas por el género y pasan a valorarse por la capacitación, la experiencia y la confianza que inspiran.

En definitiva, la masoterapia es hoy una actividad en plena evolución. La incorporación de hombres especializados en la atención de mujeres constituye una muestra más de cómo cambian las relaciones laborales y los servicios vinculados al bienestar, en una sociedad que privilegia cada vez más la profesionalidad por encima de los antiguos prejuicios.

Cuando el servicio trasciende el masaje

Aunque la inmensa mayoría de los profesionales ofrece exclusivamente masajes terapéuticos, deportivos o de relajación, también existe un segmento del mercado donde algunos prestadores anuncian experiencias de carácter más íntimo para personas adultas, siempre que exista consentimiento mutuo y dentro del marco legal aplicable en cada jurisdicción.

Las plataformas digitales y las redes sociales han facilitado la difusión de este tipo de ofertas, que suelen diferenciarse claramente de la masoterapia profesional y de los servicios brindados por kinesiólogos, fisioterapeutas o masajistas matriculados. Por ello, quienes buscan un tratamiento con fines terapéuticos o de bienestar deben verificar la formación del profesional y el tipo de servicio que contratan.

Este fenómeno refleja la diversidad de ofertas que hoy conviven en las grandes ciudades occidentales y la importancia de distinguir entre un servicio de salud o bienestar y otros de naturaleza diferente, para evitar confusiones tanto para los profesionales como para los clientes.


(*) Kenji Nakamura es periodista especializado en tendencias sociales, cultura contemporánea y transformaciones urbanas. Formado en Ciencias de la Comunicación en Japón, ha colaborado con diversos medios internacionales analizando los cambios culturales en Asia, Europa y América. Desde 2026 integra el equipo de colaboradores de Magazine Observador, donde escribe sobre fenómenos sociales, nuevas profesiones, innovación y estilos de vida, aportando una visión comparativa e internacional basada en la investigación periodística.

07 julio 2026

DE 1974 A 2026: LA GENERACION QUE VIVIO LA MAYOR REVOLUCION DE LA HISTORIA COTIDIANA

 


Por Aurelio Nicolella

¿Qué pasaría si viajáramos en el tiempo?

Imaginemos por un momento un experimento.

Una persona que vivía en 1974 se duerme una noche y despierta, de pronto, en el año 2026.

Probablemente experimentaría una sensación de desconcierto pocas veces vista. No solo encontraría ciudades más grandes o automóviles más modernos. Descubriría un mundo donde casi toda la vida cotidiana depende de una pequeña computadora que llevamos en el bolsillo: el teléfono celular.

Hoy compramos sin salir de casa, hablamos por videollamada con alguien que está al otro lado del planeta, realizamos operaciones bancarias desde una aplicación, vemos películas a demanda, trabajamos de manera remota y hasta utilizamos inteligencia artificial para resolver problemas, escribir textos o crear imágenes.

Para alguien de 1974, muchas de estas actividades parecerían propias de una novela de ciencia ficción.

Ahora hagamos el ejercicio inverso.

Supongamos que una persona nacida en 1904 fuera trasladada a 1974.

Sin duda también se sorprendería. Encontraría automóviles en todas las calles, televisión en los hogares, vuelos comerciales, antibióticos, electrodomésticos y una sociedad mucho más urbanizada.

Pero la lógica de la vida seguiría siendo, en muchos aspectos, la misma.

Todavía existirían cartas escritas a mano, diarios de papel, teléfonos fijos, dinero en efectivo, oficinas públicas con expedientes en papel, reuniones presenciales y comercios donde las personas debían concurrir físicamente para comprar.

El modo de relacionarse con el mundo no había cambiado de manera radical.

Entre 1974 y 2026 ocurrió algo diferente.

No solo cambiaron las herramientas.

Cambió la forma de trabajar, de estudiar, de informarse, de enamorarse, de hacer negocios, de entretenerse y hasta de recordar.

La revolución digital transformó la vida cotidiana con una velocidad que ninguna generación anterior había experimentado.

La generación bisagra

Quienes nacieron durante las décadas de 1960 y 1970 pertenecen, probablemente, a una de las generaciones más particulares de la historia.

Fueron niños cuando los teléfonos tenían disco para marcar.

Esperaban una semana para revelar un rollo fotográfico.

Buscaban información en enciclopedias.

Escribían cartas.

Escuchaban música en discos de vinilo, casetes o cintas.

Veían televisión con pocos canales y horarios fijos.

Si alguien no estaba en su casa, simplemente había que esperar.

Después les tocó aprender informática.

Llegó Internet.

Aparecieron los teléfonos móviles.

Más tarde los teléfonos inteligentes.

Las redes sociales.

Las compras digitales.

Las videollamadas.

La banca electrónica.

El teletrabajo.

Y, finalmente, la inteligencia artificial.

Pocas generaciones tuvieron que aprender tantas tecnologías distintas a lo largo de una sola vida.

Una adaptación permanente

Quizás el mayor mérito de esa generación no fue haber nacido en un determinado momento histórico.

Fue haber sabido adaptarse.

Pasaron del papel a la nube digital.

Del cassette al streaming.

Del mapa impreso al GPS.

Del correo postal al correo electrónico.

De la máquina de escribir al procesador de textos.

Del álbum familiar a las fotografías almacenadas en un teléfono.

Cada innovación exigió volver a aprender.

Volver a empezar.

Volver a adaptarse.

El cambio recién comienza

Muchos creen que la revolución tecnológica ya alcanzó su punto máximo.

Sin embargo, todo indica que apenas estamos viendo sus primeros capítulos.

La inteligencia artificial, la robótica, la medicina personalizada, la computación cuántica y nuevas formas de comunicación seguirán modificando nuestra vida cotidiana.

Tal vez dentro de cincuenta años, las personas de 2026 también se sientan tan sorprendidas como hoy imaginamos a alguien llegado desde 1974.

Porque la historia demuestra que ninguna generación vive el mismo mundo que recibió al nacer.

Pero pocas tuvieron que recorrer un puente tan largo entre dos épocas como quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970.

Fueron, en muchos sentidos, la verdadera generación bisagra entre el mundo analógico y la era digital.

Nunca antes una generación tuvo que aprender tanto

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los cambios eran lentos. Un campesino del siglo XVIII utilizaba herramientas muy parecidas a las que habían empleado sus abuelos. Un comerciante de principios del siglo XX trabajaba casi igual que su padre.

Las innovaciones existían, pero tardaban años, e incluso décadas, en llegar a la vida cotidiana.

En cambio, quienes nacieron entre las décadas de 1960 y 1970 debieron reinventarse una y otra vez.

Aprendieron a escribir con máquina de escribir y luego con computadoras.

Conocieron el fax, que parecía revolucionario, y pocos años después quedó obsoleto.

Vieron desaparecer el telegrama, el cassette, el videocasete, el walkman, el discman, los disquetes, los mapas impresos y las cabinas telefónicas.

Pasaron de comprar un boleto de tren en una ventanilla a llevarlo en un teléfono celular.

De esperar el diario de la mañana para informarse a conocer una noticia apenas segundos después de ocurrida.

Hace apenas treinta años parecía imposible que una persona pudiera realizar una videollamada con alguien ubicado en otro continente mientras caminaba por la calle. Hoy eso forma parte de la rutina.

Y probablemente el mayor desafío no haya sido aprender a utilizar nuevas herramientas, sino aceptar que el aprendizaje nunca termina.

Cada pocos años aparece una nueva tecnología que obliga a volver a empezar.

Esa es, quizás, la característica más distintiva de nuestra época: el cambio dejó de ser una excepción para convertirse en una forma permanente de vivir.

Las generaciones nacidas en las décadas de 1960 y 1970 no solo fueron testigos de la mayor transformación tecnológica de la historia; fueron también las primeras que tuvieron que aprender, desaprender y volver a aprender varias veces a lo largo de una misma vida. 

Tal vez ese sea su mayor legado: haber demostrado que la capacidad de adaptarse vale tanto como el conocimiento adquirido.