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19 junio 2026

LA DECADENCIA DEL PERIODISMO ARGENTINO: ENTRE LA PAUTA, LA MILITANCIA Y LA PERDIDA DE CREDIBILIDAD



Por Aurelio Nicolella


Hubo una época en que la palabra de un periodista era sinónimo de credibilidad. Los grandes diarios, las radios y los noticieros televisivos constituían fuentes de información que, más allá de las diferencias ideológicas, gozaban del respeto de amplios sectores de la sociedad. La noticia era el resultado de una investigación, la verificación de los hechos era una obligación ética y la confianza pública constituía el principal patrimonio de quienes ejercían la profesión.

Hoy la realidad parece muy diferente.

Pocas instituciones han sufrido un deterioro tan profundo en su imagen pública como el periodismo argentino. Basta recorrer las redes sociales, escuchar una conversación de café o leer los comentarios de los lectores para advertir un fenómeno evidente: una parte importante de la sociedad ya no cree en los medios de comunicación.

La crisis no surgió de un día para otro. Se trata de un proceso largo, alimentado por errores, omisiones, intereses económicos, alineamientos políticos y una creciente distancia entre los periodistas y el ciudadano común.

La historia argentina ofrece ejemplos que todavía generan controversia. Durante los gobiernos militares del siglo XX algunos periodistas fueron perseguidos, censurados e incluso desaparecidos. Sin embargo, también existieron medios y comunicadores que mantuvieron relaciones de cercanía con el poder de turno. Aquellas conductas dejaron una marca que aún forma parte del debate histórico nacional.

Con el retorno de la democracia se esperaba una prensa más independiente y plural. Sin embargo, con el paso del tiempo aparecieron nuevas formas de condicionamiento. La concentración de medios, los intereses empresariales y, especialmente, la dependencia de la publicidad oficial comenzaron a generar sospechas sobre la verdadera independencia de numerosos comunicadores.

La llamada "pauta oficial" se transformó en uno de los temas más discutidos de las últimas décadas. Para muchos ciudadanos resulta difícil creer en la absoluta objetividad de un medio cuya subsistencia económica depende, en gran medida, de fondos estatales. La percepción de que algunos periodistas pueden adaptar sus opiniones a los intereses de quienes financian los medios donde trabajan ha contribuido a erosionar la confianza pública.

En ese contexto surgió una expresión que hace algunos años parecía impensable y que hoy forma parte del lenguaje cotidiano: los "periodistas ensobrados". Más allá de que muchas veces la acusación se formule sin pruebas concretas, el solo hecho de que semejante sospecha se encuentre tan extendida revela la magnitud de la crisis de credibilidad.

Cuando la sociedad comienza a desconfiar de quienes tienen la responsabilidad de informar, el problema deja de ser exclusivamente periodístico para convertirse en un problema institucional.

A ello se suma otro fenómeno preocupante: la creciente transformación de periodistas en militantes políticos. Muchos medios han abandonado la búsqueda de la objetividad para convertirse en actores directos de la disputa partidaria. La noticia deja de ser presentada como un hecho para transformarse en una herramienta destinada a respaldar o cuestionar gobiernos, dirigentes o espacios políticos.

La consecuencia es una profunda polarización. Existen medios para oficialistas, medios para opositores y audiencias que consumen únicamente aquellas informaciones que confirman sus propias creencias. La verdad queda atrapada entre relatos enfrentados.

Las redes sociales y el periodismo de streaming profundizaron aún más esta situación. La velocidad parece haber desplazado a la verificación. La primicia vale más que la certeza. Lo importante ya no es informar correctamente sino ser el primero en decir algo.

Un ejemplo reciente generó una fuerte repercusión pública. Durante una transmisión en vivo fue anunciada la supuesta muerte de Jorge Messi, padre de Lionel Messi. La noticia era falsa. Debió ser desmentida por la propia familia del capitán de la selección argentina de fútbol. Posteriormente llegaron las disculpas. Pero el daño ya estaba hecho.

El episodio puso de manifiesto una pregunta inquietante: ¿qué ocurrió con la obligación elemental de verificar una información antes de difundirla?

El caso no constituye un hecho aislado. Es el síntoma de un problema más profundo. Cuando la velocidad reemplaza a la verdad, el periodismo deja de cumplir su función social para convertirse en un simple espectáculo.

Sin embargo, sería injusto afirmar que todo el periodismo argentino atraviesa una crisis moral. Existen periodistas honestos, investigadores rigurosos y medios que continúan realizando una tarea profesional indispensable para la vida democrática. Son ellos quienes mantienen viva la esencia de una profesión que sigue siendo fundamental para el funcionamiento de la República.

La libertad de prensa constituye uno de los pilares de toda sociedad libre. Pero la libertad implica también responsabilidad. Informar exige independencia, honestidad intelectual, rigor profesional y compromiso con la verdad.

La credibilidad no se compra con pauta publicitaria. No se obtiene mediante campañas de marketing. Tampoco se recupera a través de discursos corporativos.

La confianza pública se construye todos los días. Se gana con transparencia, con coherencia y con respeto por los hechos.

Quizás el mayor desafío del periodismo argentino no sea económico ni tecnológico. Quizás sea algo mucho más simple y mucho más difícil al mismo tiempo: volver a merecer la confianza de los ciudadanos.

18 junio 2026

ESTA BANDERA NO SE ARRIA NI SE ENTREGA

 

Por Aurelio Nicolella

Las palabras que llenan de orgullo a más de un oriental fueron pronunciadas por Timoteo Domínguez en la isla Martín García. Al pronunciarlas, dejó en claro que el "orgullo oriental" existía y persistía desde los tiempos de las luchas patrias encabezadas por José Gervasio Artigas.

Timoteo Domínguez era entonces comandante de la guarnición oriental que ocupaba la isla desde los tiempos en que el almirante francés Le Prédour había tomado posesión de ella durante el conflicto internacional librado contra el gobernador argentino Juan Manuel de Rosas.

Concluida aquella confrontación y derrotado Rosas en la batalla de Caseros, el general argentino Justo José de Urquiza, con el apoyo de tropas brasileñas, orientales y de la escuadra francesa, asumió el gobierno de la Confederación Argentina.

Cumplida la misión militar y desaparecido el interés estratégico que había motivado la ocupación, Le Prédour decidió retirarse de Martín García. Antes de hacerlo, remitió comunicaciones a los gobiernos de Montevideo y Buenos Aires manifestando que: "La suerte de la isla debía depender de los arreglos que se formaran entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de la República Oriental del Uruguay".

La posición argentina fue inmediata y categórica. Buenos Aires sostuvo que la isla constituía patrimonio histórico de la Confederación, por lo que no existía cuestión alguna que negociar. Le Prédour debió presentar las excusas correspondientes al gobierno argentino, pues había actuado creyendo realizar un gesto diplomático al invitar a ambas naciones a dialogar sobre la cuestión.

Poco después, el gobierno argentino remitió una nota diplomática al Poder Ejecutivo uruguayo solicitando la entrega de la isla a las autoridades de la Confederación, advirtiendo que entre los días 10 y 15 de marzo de 1853 partiría desde Buenos Aires una fuerza militar suficiente para tomar posesión definitiva del territorio.

Mientras tanto, Timoteo Domínguez permanecía en Martín García junto a un pequeño destacamento oriental, integrado además por cinco mujeres y tres niños, manteniendo una ocupación pacífica aunque contando con algunos pertrechos militares.

El 16 de marzo de 1853 arribaron a la isla tropas y embarcaciones argentinas. Para entonces, Domínguez ya había recibido instrucciones del gobierno de Montevideo ordenándole entregar el territorio a las autoridades argentinas.

Fue entonces cuando ocurrió la escena que inmortalizaría su nombre. Reunió a sus hombres, a las mujeres y a los niños frente al mástil donde flameaba la bandera oriental y, con profunda emoción e impotencia, pronunció una frase destinada a ingresar en la memoria histórica uruguaya:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."

Acto seguido, retiró el pabellón nacional, desmontó el mástil, lo cargó sobre sus hombros y abordó un ballenero rumbo a Colonia del Sacramento, dejando atrás la isla Martín García.

Aquellas palabras expresaron el dolor y la dignidad de un hombre que cumplía una orden sin renunciar a sus convicciones patrióticas. La popularidad de Domínguez creció rápidamente en el Uruguay, donde muchos vieron en su actitud la representac
ión del orgullo nacional herido.

Pero el destino le reservaba un final trágico. Apenas ocho meses después de su regreso, mientras ejercía como jefe político del departamento de Soriano, fue capturado durante una revuelta partidaria. Sus enemigos lo decapitaron y enviaron su cabeza a su esposa, la misma mujer que había compartido con él los días de aislamiento en la isla Martín García.

Sin embargo, la historia parecía no haber terminado allí.

A partir de 1965 comenzó a emerger, al noroeste de Martín García, un banco de limo y arena producto de la sedimentación natural del Río de la Plata. El Tratado del Río de la Plata, firmado entre Argentina y Uruguay en 1973, estableció que Martín García permanecería bajo soberanía argentina, pero que las nuevas islas surgidas por sedimentación corresponderían al país en cuyas aguas se formaran.

Con el correr de los años, aquella elevación se convirtió en una isla de dimensiones significativas. Uruguay decidió bautizarla Timoteo Domínguez, en homenaje al hombre que un siglo antes había pronunciado la célebre frase.

La ironía de la historia quiso que la isla Timoteo Domínguez terminara uniéndose físicamente a Martín García, transformando a esta última en un enclave argentino rodeado por territorio uruguayo.

De algún modo, Timoteo Domínguez volvió al lugar del que había partido. Como un símbolo del espíritu oriental, su nombre permanece unido para siempre a la isla que se resistió a abandonar.

Tal vez sea sólo una metáfora. O quizás, como gustan decir algunos orientales, sea el eterno regreso de aquel hombre que, frente a la adversidad, proclamó con firmeza:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."