Por el Dr. Octavio Daniel Curto (*)
Agosto de 1945, finaliza la
Segunda Guerra Mundial y el gran ganador no fue Estados Unidos, sino la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Iosif Stalin, llamado el Pequeño Padre de
los Pueblos, tomó posesión de aquello que ya había reclamado en las
Conferencias de Yalta y Postdam, es decir, todos aquellos territorios que había
librado de los alemanes en el oeste, y de los japoneses en el este. En
occidente incluía Polonia, un tercio de Alemania y la mitad de Berlín,
Checoslovaquia y todos los países de la península Balcánica excepto Grecia; los
países bálticos ya estaban en su esfera de influencia desde antes, gracias al
Pacto Ribbentrop-Molotov. Y en oriente, toda Manchuria, Corea del Norte y
algunas islas japonesas.
Los aliados occidentales (especialmente Estados Unidos y Gran Bretaña) percibieron enseguida las pretensiones de Stalin, pero ninguno quería oponerse al país que había derrotado por primera vez a Hitler haciéndolo retroceder y malogrando la pretenciosa Operación Barbarroja.
También eran conscientes de que Japón se había rendido no por Hiroshima y Nagasaki, sino porque los soviéticos habían destruido en menos de dos semanas a un ejército nipón de casi un millón de efectivos de elite que ocupaba China y el emperador Hirohito prefirió negociar con Estados Unidos para intentar salvar su trono imperial antes que sufrir una muerte segura a manos de Stalin.
Así comenzó la Guerra Fría que no consistió
sólo en una competencia militar, tecnológica, armamentística y hasta espacial
para intimidar al rival, sino, fundamentalmente, en una competencia
propagandística que hoy en día es conocida con el eufemismo de “guerra
cultural”.
Estados Unidos temía a la influencia de la ideología marxista de vertiente soviética en todo el mundo y sabía del financiamiento de Moscú a movimientos revolucionarios que tenían por finalidad instaurar regímenes comunistas a lo largo y ancho del globo. Por lo tanto, frenar a toda costa el avance del marxismo se convirtió en la obsesión del gigante norteamericano, a tal punto que fue la causa directa de la Guerra de Corea, el bloqueo a Cuba y el fallido intento de Bahía de Cochinos, la Guerra de Vietnam y el Plan Cóndor en América Latina.
No obstante, cayó en la cuenta que intentar frenar su avance sólo intentando imponer supremacía militar no era suficiente porque el sistema económico que lo sustentaba tenía una anomalía estructural que no lo hacía atractivo para las grandes mayorías de un mundo esencialmente pobre.
Y ese defecto fundamental era el capitalismo, como
lo sigue siendo hoy en día en cualquiera de sus variantes: liberal, neoliberal,
libertaria, anarcocapitalista, keynesiana, de la Escuela de Chicago o la Escuela
Austríaca porque concentra la riqueza en manos de unos pocos y sólo administra
la pobreza y la miseria para las grandes mayorías. Por ello, y viendo el
ejemplo soviético, muchos se dieron cuenta de que el mantra del esfuerzo
personal y el mérito que llevan a la riqueza era tan tramposo como la zanahoria
delante del burro.
Alarmados por cómo jugaban los soviéticos sus fichas en el tablero mundial, los estadounidenses sabían que el enfrentamiento no sólo debía darse en el campo de batalla, sino especialmente en el ámbito cultural y filosófico y fue ahí donde intentaron desmontar lo que tenía de atractivo el sistema fundante del oponente. El marxismo tiene como eje central el concepto del materialismo dialéctico como motor de la historia y que, en el capitalismo, se manifiesta a través de la “lucha de clases”, es decir, la lucha entre la clase burguesa y la clase proletaria u obrera.
La primera se compone de todos aquellos que por el motivo que sea lograron acumular cierto capital y, o viven de rentas como el pequeño burgués, o compran los medios de producción (tierras, maquinaria, instalaciones, materias primas, etcétera) y contratan fuerza de trabajo barata para aumentar sus márgenes de ganancia quitándole a los trabajadores el famoso concepto de “plusvalía”, llamándose a éstos últimos, específicamente, capitalistas o grandes burgueses.
Por su parte, el proletariado se componía de aquellas personas que sólo podían vender su fuerza de trabajo y no tenían más posesiones que su prole, es decir, sus hijos. Y, aun así, había un escalón por debajo, el de los lúmpenes que eran aquellos que ni siquiera su fuerza de trabajo podían vender.
Pero la diferencia fundamental era que los burgueses
podían darse el lujo de no trabajar gracias al capital acumulado o a la
explotación de los obreros, mientras que éstos últimos debían trabajar
continuamente en condiciones de esclavitud fáctica sólo para seguir viviendo en
la miseria.
Según el marxismo, las
grandes masas obreras cansadas de la explotación de la burguesía se rebelarían
destruyendo el sistema capitalista, a los mismos burgueses y a todos los
estamentos de su poder, instaurarían la “dictadura del proletariado”,
nacionalizarían todos los medios de producción y sería el Estado quien
organizaría y planificaría la economía para que todos pudieran llevar una vida
digna e igualitaria sin ricos ni privilegiados. ¿Cómo podían los intelectuales,
filósofos y economistas burgueses desmontar la filosofía de Carlos Marx y su
férrea defensa por parte de muchos intelectuales y filósofos occidentales?
Pues lo hicieron en dos tramos. En primer lugar, aplicando la falacia retórica “ad hominem” con la creación de una leyenda negra sobre el mismo Marx (afirmando que nunca trabajó, que dejó morir a sus hijos de hambre, etcétera) esperando que al desautorizar a Marx como persona quedara desautorizada también su filosofía sin tener que rebatirla con argumentos. Y, en segundo lugar, retocando un aspecto de la columna vertebral del marxismo, o sea, su materialismo histórico. Era necesario inventar algo que le quitara su carácter de inevitable a la lucha de clases entre capitalistas y obreros y la única alternativa consistía en eliminar de la ecuación a uno de los contendientes.
No podían eliminar a los capitalistas y burgueses porque el sistema entero fue creado, controlado y manipulado a su antojo por ellos mismos. Ergo, debían borrar de la ecuación a los proletarios y lo hicieron con una metodología sencillísima; si las manifestaciones externas de esa clase eran la pobreza crónica y perpetua, la explotación laboral, los míseros salarios, el hacinamiento, las enfermedades, el hambre, la alta mortalidad infantil, la baja expectativa de vida y la imposibilidad absoluta de ascenso social, entonces debían mejorar sus condiciones de vida lo suficiente como para que no se consideraran lúmpenes, y con una propaganda continua que los convenciera de que podían aspirar al ascenso social a través del esfuerzo personal y el mérito.
Así nació el “Estado del Bienestar” que fue la línea
defensiva del capitalismo internacional ante el avance del comunismo, pues si
éste se imponía por la lucha continua entre capitalistas y proletarios, pero
éstos ya no se consideraban como tales, entonces no era necesaria ya ni la
lucha, ni la dictadura del proletariado ni la estatización de los medios de
producción. Ya no había dos contendientes, sino tres clases sociales: los
capitalistas burgueses, los que vivían en la miseria porque no querían
esforzarse ni ascender por la falacia de la meritocracia, y un nuevo estamento
que se ubicaba entre estos dos y que poseía lo suficiente para no ser un
lumpen, pero tampoco para ser un burgués.
De tal modo, la estratagema se completó al darle a ese estamento social un nombre, una identidad y un sentido de pertenencia insuflando a aquellos que creían formar parte de él un elemento aspiracional (llegar algún día a ser un burgués rico) y un terror existencial (caer y convertirse en lúmpenes); el nombre debía ser estratégicamente genérico, indefinido y borroso para incluir a la mayoría de la población y así surgió la “clase media”.
Pero ¿por qué “media”? Pues porque comprendía a
aquellos que estaban entre medio de los ricos y los miserables, es decir, los
trabajadores que no llegaban ni llegarían nunca a ser capitalistas y los que
vivían en la pobreza, pero sin llegar a la miseria.
No obstante, la designación escondió y sigue escondiendo un resorte cultural oculto y genial: si los que se autopercibían como clase media querían llegar a la cúspide, al Olimpo de los burgueses ricos, tenían la obligación moral de defender el mismo sistema que los estaba engañando, y así los capitalistas reclutaron gratuitamente un inmenso ejército de defensores aspiracionales que veían al comunismo como la herramienta del mal que evitaría que se convirtieran, algún día, en burgueses. La maniobra fue tan genial que, hasta el día de hoy, si se le pregunta a alguien en la calle a qué clase social cree pertenecer, su respuesta será “clase media, clase media alta o clase media baja” a pesar de que sus ingresos, su nivel de vida y su vestimenta lo contradigan evidentemente.
Esta particularidad evidencia dos cosas: primero, lo amplio, elástico e indefinido del término y, segundo, que lo meramente aspiracional los ciega lo suficiente como para no ver la realidad que los oprime al punto de admirar y querer emular a quienes los explotan y se llevan todos los beneficios y despreciar a aquellos que son apenas más pobres que ellos. Son incapaces de ver que el verdadero burgués puede darse el lujo de no trabajar mientras que el burgués aspiracional (quien se percibe de clase media) no podrá dejar de trabajar nunca por más que sus ingresos sean superiores a la media, serán en todo caso obreros especializados, y los comerciantes y prestadores de servicios serán en todo caso el equivalente medieval de los artesanos, pero jamás burgueses en el sentido capitalista del término.
El lavado de cerebro fue tan completo que convencieron a las mayorías
de que no pertenecen a la clase obrera por más que tengan que vender su fuerza
de trabajo para sobrevivir, sino a una inexistente clase media que, como el
burro persiguiendo a la zanahoria, algún día (que nunca llegará) podrán dejar
de trabajar.
Pero hay una noticia peor. Cuando cayó el muro de Berlín en 1989 y se disolvió la Unión Soviética en 1991, el establishment capitalista internacional quedó como el vencedor en el campo de batalla y cayó en la cuenta que ya no necesitaba a la enorme masa de engañados por lo que la clase media ya no era necesaria.
No por nada aquellos hechos históricos coinciden con el surgimiento del neoliberalismo en todo el mundo que no fue otra cosa más que el regreso al sistema anterior a la Unión Soviética y la barrera del Estado del Bienestar.
A partir de dicho momento, las
antes “pujantes” clases medias se pauperizaron y debieron bajar su nivel de
vida, sus proyectos y sus aspiraciones, pero así y todo no terminan de
abandonar la creencia de que, alguna vez, llegarán a ser burgueses a pesar de
que el sistema ya les demostró que eso nunca ocurrirá.
Por lo dicho, resulta
evidente que aquellos que todavía creen pertenecer a la clase media parecieran sufrir
de dos trastornos: la disforia de clase que consiste en autopercibirse
subjetivamente como perteneciente a una clase social más alta cuando su
realidad objetiva desmiente totalmente su autopercepción, y la disonancia
cognitiva que consiste en sostener una idea o una creencia personal aun a pesar
de que todas las evidencias objetivas y empíricas demuestran lo contrario.
Y como los datos matan
cualquier relato, pueden ofrecerse tres:
a) La Organización Internacional del
Trabajo (O.I.T.) integrante de la O.N.U. informa que el 10% más rico de la
población mundial se lleva actualmente el 52% de la renta mundial, mientras que
la mitad más pobre obtiene el 6,5%.
b) En 2025, por primera vez en la
historia, todos los milmillonarios de hasta 30 años de edad heredaron su
fortuna.
c) El premio Nobel de Economía Joseph
Stiglitz en su trabajo sobre la teoría de la información asimétrica escribió: “El
90 % de los que nacen pobres mueren pobres, por inteligentes y trabajadores que
sean, y el 90 % de los que nacen ricos mueren ricos, por idiotas y haraganes
que sean. Por ello, deducimos que el mérito no tiene ningún valor.”.
En todo caso, adquiere
actualidad y mayor fuerza la famosa frase del famoso escritor Mark Twain: “Es
más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”.
(*) Dr. Octavio Daniel Curto es abogado, profesor, de lengua y literatura. Ha dedicado gran parte de su actividad intelectual al estudio de la historia, la literatura, la filosofía política y los procesos culturales contemporáneos. Es colaborador de Magazine Observador, donde publica artículos de análisis y reflexión sobre política internacional, geopolítica, derecho, historia y pensamiento occidental, abordando los grandes debates de nuestro tiempo desde una perspectiva crítica e interdisciplinaria.

