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26 julio 2026

EL CRECIMIENTO DEL ISLAM EN EUROPA: UNA REFELXIÓN DEICISIETE AÑOS DESPUES

 

EL CRECIMIENTO DEL ISLAM EN EUROPA: UNA REFELXIÓN DEICISIETE AÑOS DESPUES.

Editorial del Magazine Observador


El 21 de julio de 2009, Magazine Observador publicó una nota firmada por el abogado Aurelio Nicolella, advirtiendo sobre el crecimiento sostenido del islam en Europa y los desafíos que ello podía representar para un continente construido sobre raíces grecorromanas, cristianas y liberales.

Diecisiete años después, el escenario europeo muestra una realidad imposible de ignorar. La inmigración procedente de países de mayoría musulmana ha transformado la composición demográfica de numerosas ciudades. En varios países, el islam se ha convertido en una de las religiones con mayor crecimiento, impulsado tanto por la inmigración como por una población relativamente más joven que el promedio europeo.

Hoy basta recorrer barrios de París, Bruselas, Malmö, Berlín, Marsella, Milán, Madrid o Birmingham para comprobar que el paisaje social y cultural ha cambiado profundamente. Mezquitas donde antes había iglesias, escuelas que adaptan sus costumbres a una población cada vez más diversa y debates permanentes sobre integración, seguridad, libertad de expresión y convivencia forman parte de la vida cotidiana.

A ello se suma un fenómeno político y cultural que hace apenas dos décadas parecía impensable. En el Reino Unido, varias ciudades han elegido alcaldes o autoridades locales de confesión musulmana, siendo el caso más conocido el de Londres. En distintos ámbitos —desde la política hasta el deporte profesional— la presencia de ciudadanos europeos de fe islámica es cada vez más visible. Al mismo tiempo, países como Suecia, Francia, Bélgica o el Reino Unido mantienen intensos debates sobre integración, inmigración y el funcionamiento de consejos religiosos islámicos para asuntos familiares. Sus críticos sostienen que, en algunos entornos, estas prácticas pueden entrar en tensión con el principio de una única ley para todos los ciudadanos, mientras que otros responden que dichos mecanismos operan de forma voluntaria y no sustituyen el ordenamiento jurídico nacional. Ese debate, lejos de apagarse, ocupa hoy un lugar central en la discusión sobre el futuro de Europa.

Un ejemplo de ello es Suecia, distintos informes oficiales, investigaciones periodísticas y debates políticos han alertado sobre la existencia de comunidades donde determinados líderes religiosos ejercen una fuerte influencia en conflictos familiares y sociales, generando críticas de quienes sostienen que, en la práctica, algunos ciudadanos terminan resolviendo sus asuntos conforme a normas religiosas antes que recurriendo plenamente a las instituciones del Estado.

Este fenómeno ha reabierto debates sobre integración, multiculturalismo, libertad religiosa, seguridad, educación e identidad nacional. Mientras algunos sostienen que la diversidad cultural enriquece a Europa, otros advierten sobre las dificultades de integración en determinados barrios y comunidades, así como sobre el avance de corrientes islamistas radicales que no representan al conjunto de los musulmanes, pero que han protagonizado atentados y episodios de violencia en las últimas décadas.

No se trata de cuestionar la fe islámica ni de poner bajo sospecha a millones de musulmanes que viven pacíficamente y respetan las leyes de sus países. El verdadero interrogante es otro: ¿ha sabido Europa integrar a quienes llegan sin renunciar a los principios que hicieron grande a Occidente?

Durante décadas, muchos dirigentes europeos respondieron a cualquier crítica calificándola de xenófoba o islamófoba. Sin embargo, los atentados terroristas cometidos por organizaciones islamistas, el crecimiento de partidos que reclaman controles migratorios más estrictos y la preocupación de amplios sectores de la ciudadanía muestran que el debate nunca desapareció; simplemente fue postergado.

Europa enfrenta hoy uno de los mayores desafíos de su historia contemporánea: encontrar un equilibrio entre la inmigración, la libertad religiosa, la seguridad y la preservación de los valores democráticos que constituyen la base de sus Estados de Derecho.

¿Será la Europa de mediados del siglo XXI culturalmente muy distinta de la que conocieron sus abuelos? Nadie puede responderlo con certeza. Lo que sí parece indiscutible es que el continente atraviesa una transformación demográfica y cultural de enorme magnitud, cuyas consecuencias marcarán el futuro de varias generaciones.

En 2009 planteamos una advertencia. En 2026 no afirmamos que el desenlace esté escrito, pero sí sostenemos que el debate ya no puede evitarse. El futuro de Europa dependerá de su capacidad para integrar a quienes llegan, preservar sus libertades y exigir que todos, sin excepción, respeten las leyes, la democracia y los valores sobre los que se edificó el continente.

Nadie puede afirmar con certeza cuál será la composición religiosa de Europa dentro de cincuenta o cien años. Las proyecciones demográficas dependen de variables económicas, sociales, políticas y culturales que cambian constantemente. Sin embargo, resulta evidente que el crecimiento de la población musulmana constituye uno de los fenómenos demográficos y políticos más relevantes del siglo XXI.

Pero evidentemente no solo el crecimiento del islam en el siglo XXI puede comprenderse únicamente por el aumento demográfico o los movimientos migratorios. También responde a un fuerte sentido de identidad religiosa, comunitaria y cultural. En muchas sociedades musulmanas, la fe continúa ocupando un lugar central en la vida cotidiana, en la educación, en la familia y en la organización social. Esa convicción, unida a una elevada natalidad en numerosos países y a la expansión de comunidades musulmanas en Occidente, explica buena parte de su crecimiento.

En contraste, el cristianismo occidental atraviesa desde hace casi dos siglos un profundo proceso de secularización. El avance del racionalismo, el materialismo, el relativismo moral y la progresiva pérdida de influencia de las instituciones religiosas han llevado a que millones de personas abandonen la práctica de la fe. 

A ello se suma, según diversos analistas, como el escritor e historiador mexicano Juan Miguel Zunzunegui, que sectores del propio cristianismo han tendido a adaptar sus enseñanzas a los cambios culturales antes que sostener con firmeza los principios tradicionales de la doctrina cristiana. Para quienes sostienen esta visión, esa adaptación ha debilitado la identidad religiosa y reducido la capacidad de transmitir la fe a las nuevas generaciones.

Entonces se puede apreciar que mientras una religión conserva con claridad sus creencias fundamentales y las transmite con convicción, otra parece debatirse entre la fidelidad a su tradición y la búsqueda de adaptación al mundo contemporáneo. El resultado es un escenario geopolítico y cultural en el que el islam aumenta su presencia demográfica y social, mientras el cristianismo, especialmente en Europa occidental, experimenta un sostenido retroceso en la práctica religiosa y en la influencia cultural.

Comprender este fenómeno no implica demonizar a una religión ni idealizar a otra. Significa reconocer que las grandes transformaciones demográficas, culturales y espirituales del siglo XXI tendrán profundas consecuencias para Occidente y para el equilibrio del mundo en las próximas décadas.

Como ya señalábamos en 2009, el desafío no reside en la religión que cada persona profese, sino en garantizar que todos los habitantes respeten los principios del Estado de Derecho, las instituciones democráticas y las libertades fundamentales que caracterizan a las sociedades europeas.

Ese sigue siendo, hoy más que nunca, el verdadero debate.

25 julio 2026

GUALEGUAYCHÚ: LA HISTORIA QUE QUISIERON OLVIDAR

 

GUALEGUAYCHÚ: LA HISTORIA QUE QUISIERON OLVIDAR

 

Por Aurelio Nicolella

 

Cuando se menciona Gualeguaychú, la imagen que inmediatamente viene a la mente es la de sus extensas playas sobre el río Uruguay, el carnaval más importante de la Argentina o, más recientemente, la prolongada lucha ambiental emprendida por sus habitantes contra la instalación de las plantas pasteras en la ciudad uruguaya de Fray Bentos.

Aquella movilización ciudadana, que durante años mantuvo en el centro del debate internacional la defensa del medio ambiente y el reclamo por la preservación del río Uruguay, convirtió a Gualeguaychú en un símbolo de resistencia cívica.

Sin embargo, existe otra historia, mucho más antigua y menos conocida, que permanece casi olvidada. Una historia que no habla de contaminación ambiental, sino de violencia, ocupación militar, saqueos y sufrimientos padecidos por una población prácticamente indefensa.

Es una página de la historia argentina que rara vez ocupa un lugar destacado en los manuales escolares y que, con el paso del tiempo, quedó eclipsada por la construcción de una figura heroica de alcance internacional: la de Giuseppe Garibaldi.

El "Héroe de los Dos Mundos"

Giuseppe Garibaldi ocupa un lugar privilegiado dentro de la historia italiana. Su participación en el proceso de unificación de Italia le valió el reconocimiento universal y el título de "Héroe de los Dos Mundos". Monumentos, plazas y avenidas recuerdan su nombre tanto en Europa como en América.

En la Argentina también recibió numerosos homenajes. Su figura fue reivindicada por buena parte de la historiografía liberal del siglo XIX, que destacó su participación en las luchas políticas del Río de la Plata.

No obstante, la actuación de Garibaldi en Sudamérica resulta mucho más compleja de lo que habitualmente se enseña.

Exiliado de Italia por sus actividades revolucionarias, llegó primero al Brasil, donde participó en la Revolución Farroupilha. Posteriormente se trasladó a Montevideo, ciudad que en aquel entonces constituía el principal bastión político de Fructuoso Rivera frente al gobierno de Manuel Oribe, aliado de Juan Manuel de Rosas.

Allí organizó y comandó una flotilla destinada a hostigar las posiciones federales en el litoral argentino y uruguayo.

La intervención extranjera

Para comprender aquellos acontecimientos es indispensable recordar el contexto internacional.

En la década de 1840, la Confederación Argentina enfrentaba el bloqueo anglo-francés. Inglaterra y Francia buscaban garantizar la libre navegación de los ríos interiores y debilitar la posición política del gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas.

En ese escenario, Montevideo se transformó en un verdadero enclave político y militar apoyado por las potencias europeas.

Garibaldi recibió el mando de una escuadra integrada por embarcaciones uruguayas y por numerosos voluntarios italianos que conformaban la denominada Legión Italiana.

Su misión consistía en atacar poblaciones ribereñas leales a la Confederación Argentina y abrir un nuevo frente de operaciones sobre el río Uruguay.

El camino hacia Gualeguaychú

Fundada por Tomás de Rocamora en 1783, Gualeguaychú era entonces una pequeña villa dedicada al comercio fluvial y a la actividad ganadera.

Su población carecía de defensas importantes.

Gran parte de los hombres se encontraba incorporada a las fuerzas comandadas por Justo José de Urquiza, quien por entonces permanecía aliado a Rosas.

Como consecuencia de ello, la ciudad estaba habitada principalmente por mujeres, ancianos y niños.

Antes del ataque, las fuerzas garibaldinas impusieron un bloqueo fluvial que dificultó el ingreso de alimentos y mercaderías, agravando las condiciones de vida de la población.

La ocupación de 1846

El 20 de septiembre de 1846 las fuerzas comandadas por Giuseppe Garibaldi ocuparon Gualeguaychú.

Diversas crónicas de la época y posteriores trabajos de historiadores sostienen que, durante la ocupación, se produjeron saqueos de viviendas y comercios, destrucción de bienes particulares, requisas forzosas y numerosos abusos contra la población civil.

La dimensión exacta de aquellos hechos continúa siendo motivo de debate entre historiadores debido a la escasez de documentación conservada y a las diferencias existentes entre las diversas corrientes historiográficas.

No obstante, existe coincidencia en que la ciudad sufrió importantes daños materiales y que la ocupación significó un profundo trauma para sus habitantes.

Los relatos transmitidos por generaciones de entrerrianos describen una población sometida durante varios meses a una estricta ocupación militar, privada de buena parte de sus recursos y obligada a soportar los rigores propios de un territorio conquistado.

Como ocurre en la mayoría de las guerras civiles, fueron los sectores más vulnerables quienes soportaron las peores consecuencias.

Una memoria relegada

Tras la derrota de Rosas en Caseros, en 1852, comenzó una profunda reorganización política del país.

La historiografía liberal construyó un relato nacional que destacó la figura de Garibaldi como un luchador por la libertad, resaltando especialmente su posterior participación en la unificación italiana.

Ese reconocimiento internacional terminó proyectándose también sobre su actuación en el Río de la Plata.

Los episodios ocurridos en Gualeguaychú quedaron relegados a un segundo plano.

Mientras crecían los monumentos dedicados al revolucionario italiano, el recuerdo del sufrimiento experimentado por la población entrerriana fue desapareciendo lentamente de la memoria colectiva.

La construcción del mito

La gran inmigración italiana que comenzó décadas después encontró en Garibaldi un símbolo de patriotismo.

Miles de inmigrantes llegaron a la Argentina admirando al héroe que había contribuido a la unidad italiana.

Pocos conocían su actuación militar en Sudamérica.

La mayor parte de la bibliografía difundía la imagen del libertador europeo, mientras que las campañas desarrolladas en el litoral argentino apenas ocupaban algunas páginas.

No se trata de negar la importancia histórica de Garibaldi en la construcción del Estado italiano.

Tampoco de desconocer su influencia política en el siglo XIX.

Pero sí de recordar que los grandes personajes históricos deben ser analizados en toda su dimensión, incluyendo aquellos episodios que resultan incómodos para la memoria oficial.

Historia y memoria

Toda sociedad selecciona qué acontecimientos recordar y cuáles olvidar.

La memoria colectiva suele privilegiar las victorias, los héroes y las gestas gloriosas.

Las derrotas, los sufrimientos de la población civil y los episodios controvertidos suelen quedar relegados o ser objeto de interpretaciones contrapuestas.

Gualeguaychú constituye un ejemplo de ese fenómeno.

Su historia no comenzó con el carnaval ni con el conflicto de las pasteras.

Mucho antes, en pleno siglo XIX, sus habitantes padecieron los efectos de una guerra que excedía largamente sus posibilidades de defensa y que respondía a intereses políticos y estratégicos mucho más amplios que los de aquella pequeña villa entrerriana.

Reflexión final

La historia no debe convertirse en un instrumento de exaltación ni de condena automática.

Debe ser, ante todo, un ejercicio permanente de búsqueda de la verdad.

Recuperar episodios poco conocidos no implica destruir héroes ni reemplazar unos mitos por otros; significa reconocer que los procesos históricos son complejos y que incluso las figuras más admiradas pueden haber protagonizado acciones cuya valoración merece ser revisada a la luz de la documentación disponible.

Quizá haya llegado el momento de que Gualeguaychú recuerde también esta parte de su pasado.

No para alimentar resentimientos ni reabrir viejas heridas, sino para completar una historia que durante demasiado tiempo permaneció incompleta.

Porque los pueblos que conocen íntegramente su pasado —con sus luces y sus sombras— están mejor preparados para comprender su presente y construir su futuro.