EL CRECIMIENTO DEL ISLAM EN EUROPA: UNA REFELXIÓN DEICISIETE AÑOS DESPUES.
Editorial del Magazine Observador
El 21 de julio de 2009, Magazine
Observador publicó una nota firmada por el abogado Aurelio Nicolella,
advirtiendo sobre el crecimiento sostenido del islam en Europa y los desafíos
que ello podía representar para un continente construido sobre raíces
grecorromanas, cristianas y liberales.
Diecisiete años después, el
escenario europeo muestra una realidad imposible de ignorar. La inmigración
procedente de países de mayoría musulmana ha transformado la composición
demográfica de numerosas ciudades. En varios países, el islam se ha convertido
en una de las religiones con mayor crecimiento, impulsado tanto por la
inmigración como por una población relativamente más joven que el promedio
europeo.
Hoy basta recorrer barrios de
París, Bruselas, Malmö, Berlín, Marsella, Milán, Madrid o Birmingham para
comprobar que el paisaje social y cultural ha cambiado profundamente. Mezquitas
donde antes había iglesias, escuelas que adaptan sus costumbres a una población
cada vez más diversa y debates permanentes sobre integración, seguridad, libertad
de expresión y convivencia forman parte de la vida cotidiana.
A ello se suma un fenómeno
político y cultural que hace apenas dos décadas parecía impensable. En el Reino
Unido, varias ciudades han elegido alcaldes o autoridades locales de confesión
musulmana, siendo el caso más conocido el de Londres. En distintos ámbitos
—desde la política hasta el deporte profesional— la presencia de ciudadanos
europeos de fe islámica es cada vez más visible. Al mismo tiempo, países como
Suecia, Francia, Bélgica o el Reino Unido mantienen intensos debates sobre
integración, inmigración y el funcionamiento de consejos religiosos islámicos
para asuntos familiares. Sus críticos sostienen que, en algunos entornos, estas
prácticas pueden entrar en tensión con el principio de una única ley para todos
los ciudadanos, mientras que otros responden que dichos mecanismos operan de
forma voluntaria y no sustituyen el ordenamiento jurídico nacional. Ese debate,
lejos de apagarse, ocupa hoy un lugar central en la discusión sobre el futuro
de Europa.
Un ejemplo de ello es Suecia,
distintos informes oficiales, investigaciones periodísticas y debates políticos
han alertado sobre la existencia de comunidades donde determinados líderes
religiosos ejercen una fuerte influencia en conflictos familiares y sociales,
generando críticas de quienes sostienen que, en la práctica, algunos ciudadanos
terminan resolviendo sus asuntos conforme a normas religiosas antes que
recurriendo plenamente a las instituciones del Estado.
Este fenómeno ha reabierto
debates sobre integración, multiculturalismo, libertad religiosa, seguridad,
educación e identidad nacional. Mientras algunos sostienen que la diversidad
cultural enriquece a Europa, otros advierten sobre las dificultades de integración
en determinados barrios y comunidades, así como sobre el avance de corrientes
islamistas radicales que no representan al conjunto de los musulmanes, pero que
han protagonizado atentados y episodios de violencia en las últimas décadas.
No se trata de cuestionar la fe
islámica ni de poner bajo sospecha a millones de musulmanes que viven
pacíficamente y respetan las leyes de sus países. El verdadero interrogante es
otro: ¿ha sabido Europa integrar a quienes llegan sin renunciar a los principios
que hicieron grande a Occidente?
Durante décadas, muchos
dirigentes europeos respondieron a cualquier crítica calificándola de xenófoba
o islamófoba. Sin embargo, los atentados terroristas cometidos por
organizaciones islamistas, el crecimiento de partidos que reclaman controles
migratorios más estrictos y la preocupación de amplios sectores de la
ciudadanía muestran que el debate nunca desapareció; simplemente fue
postergado.
Europa enfrenta hoy uno de los
mayores desafíos de su historia contemporánea: encontrar un equilibrio entre la
inmigración, la libertad religiosa, la seguridad y la preservación de los
valores democráticos que constituyen la base de sus Estados de Derecho.
¿Será la Europa de mediados del
siglo XXI culturalmente muy distinta de la que conocieron sus abuelos? Nadie
puede responderlo con certeza. Lo que sí parece indiscutible es que el
continente atraviesa una transformación demográfica y cultural de enorme magnitud,
cuyas consecuencias marcarán el futuro de varias generaciones.
En 2009 planteamos una
advertencia. En 2026 no afirmamos que el desenlace esté escrito, pero sí
sostenemos que el debate ya no puede evitarse. El futuro de Europa dependerá de
su capacidad para integrar a quienes llegan, preservar sus libertades y exigir
que todos, sin excepción, respeten las leyes, la democracia y los valores sobre
los que se edificó el continente.
Nadie puede afirmar con certeza
cuál será la composición religiosa de Europa dentro de cincuenta o cien años.
Las proyecciones demográficas dependen de variables económicas, sociales,
políticas y culturales que cambian constantemente. Sin embargo, resulta
evidente que el crecimiento de la población musulmana constituye uno de los
fenómenos demográficos y políticos más relevantes del siglo XXI.
Pero evidentemente no solo el crecimiento del islam en el siglo XXI puede comprenderse únicamente por el aumento demográfico o los movimientos migratorios. También responde a un fuerte sentido de identidad religiosa, comunitaria y cultural. En muchas sociedades musulmanas, la fe continúa ocupando un lugar central en la vida cotidiana, en la educación, en la familia y en la organización social. Esa convicción, unida a una elevada natalidad en numerosos países y a la expansión de comunidades musulmanas en Occidente, explica buena parte de su crecimiento.
En contraste, el cristianismo occidental atraviesa desde hace casi dos siglos un profundo proceso de secularización. El avance del racionalismo, el materialismo, el relativismo moral y la progresiva pérdida de influencia de las instituciones religiosas han llevado a que millones de personas abandonen la práctica de la fe.
A ello se suma, según diversos analistas, como el escritor e historiador mexicano Juan Miguel Zunzunegui, que sectores del propio cristianismo han tendido a adaptar sus enseñanzas a los cambios culturales antes que sostener con firmeza los principios tradicionales de la doctrina cristiana. Para quienes sostienen esta visión, esa adaptación ha debilitado la identidad religiosa y reducido la capacidad de transmitir la fe a las nuevas generaciones.
Entonces se puede apreciar que mientras una religión conserva con claridad sus creencias fundamentales y las transmite con convicción, otra parece debatirse entre la fidelidad a su tradición y la búsqueda de adaptación al mundo contemporáneo. El resultado es un escenario geopolítico y cultural en el que el islam aumenta su presencia demográfica y social, mientras el cristianismo, especialmente en Europa occidental, experimenta un sostenido retroceso en la práctica religiosa y en la influencia cultural.
Comprender este fenómeno no implica demonizar a una religión ni idealizar a otra. Significa reconocer que las grandes transformaciones demográficas, culturales y espirituales del siglo XXI tendrán profundas consecuencias para Occidente y para el equilibrio del mundo en las próximas décadas.
Como ya señalábamos en 2009, el desafío no reside en la religión que cada persona profese, sino en garantizar que todos los habitantes respeten los principios del Estado de Derecho, las instituciones democráticas y las libertades fundamentales que caracterizan a las sociedades europeas.
Ese sigue siendo, hoy más que
nunca, el verdadero debate.

