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23 julio 2026

ROSALIA, ARGENTINA Y EL DERECHO DE LOS FANS A DECIR ¡HASTA AQUI!!!

 

ROSALIA, ARGENTINA Y EL DERECHO DE LOS FANS A DECIR ¡HASTA AQUI!!!

Editorial de Magazine Observador

La libertad de expresión también protege el derecho del público a manifestar su descontento. La polémica de Rosalía invita a reflexionar sobre la responsabilidad de las figuras públicas y el legítimo derecho de los argentinos a responder, siempre con respeto y sin violencia.

Las figuras públicas suelen olvidar que las redes sociales multiplican el alcance de cada publicación. Un simple "compartir" puede convertirse en un mensaje político, deportivo o cultural, aunque esa no haya sido la intención original.

Eso fue lo que ocurrió con la cantante española Rosalía (Rosalía Vila Tobella) luego de compartir un video que muchos argentinos interpretaron como una burla hacia la Selección Argentina tras la final del Mundial 2026. La reacción fue inmediata: miles de usuarios expresaron su malestar, muchos seguidores anunciaron que no asistirán a sus recitales en Buenos Aires e incluso comenzaron campañas para devolver las entradas. Poco después, la artista eliminó la publicación y pidió disculpas, asegurando que compartió el contenido por la música y que no había leído el texto que acompañaba el video.

Ahora bien, ¿es exagerada la reacción de los argentinos?

No necesariamente.

Los fanáticos no tienen la obligación de separar siempre al artista de sus manifestaciones públicas. Del mismo modo que un cantante tiene plena libertad para expresar simpatías, opiniones o celebrar el triunfo de su país, el público posee exactamente el mismo derecho a sentirse ofendido, retirar su apoyo económico o decidir no asistir a un espectáculo.

Eso no constituye censura. Tampoco es un atentado contra la libertad de expresión. Es simplemente la otra cara de esa misma libertad.

Quien vive de su imagen pública sabe que cada gesto genera consecuencias. El éxito internacional implica también una responsabilidad internacional. Cuando un artista interactúa con millones de seguidores de distintos países, debe comprender que determinadas publicaciones pueden ser interpretadas como una provocación, especialmente cuando existe una fuerte carga emocional, como sucede con el fútbol.

Los argentinos, además, tienen una cultura futbolera profundamente arraigada. La Selección Nacional representa mucho más que un equipo deportivo: constituye un elemento de identidad colectiva, orgullo y pertenencia de todas ñas clases sociales. En ese contexto, cualquier mensaje que parezca ridiculizar una derrota suele generar un rechazo espontáneo.

Eso no significa justificar insultos, amenazas o campañas de odio. Ninguna diferencia deportiva habilita la violencia verbal ni la agresión personal.

Pero tampoco puede calificarse de intolerancia que un consumidor decida no comprar una entrada o dejar de seguir a un artista cuya conducta considera desafortunada.

Rosalía pidió disculpas, un gesto que corresponde valorar. Cada persona decidirá si las acepta o no. Esa también forma parte del ejercicio de la libertad individual.

En definitiva, esta polémica deja una enseñanza sencilla: las redes sociales amplifican los mensajes y también las responsabilidades. Los artistas son libres de publicar lo que deseen, pero el público es igualmente libre de responder, criticar o retirar su apoyo.

La libertad de expresión nunca fue un camino de una sola mano. También protege el derecho de los ciudadanos a expresar su desacuerdo, siempre dentro del respeto y sin violencia.

La polémica pasará, como tantas otras. Lo que permanecerá es una enseñanza: en la era de las redes sociales, cada publicación puede cruzar fronteras y despertar emociones. La responsabilidad y el respeto siguen siendo el mejor lenguaje entre artistas y público.

En Magazine Observador defendemos la libertad de expresión como un derecho de todos: de quienes hablan y de quienes responden. La crítica pacífica, el desacuerdo y la decisión de apoyar o dejar de apoyar a una figura pública forman parte de una sociedad democrática. Lo importante es que ese debate se desarrolle siempre con respeto, sin agravios ni violencia.


Ficha Biografica de Rosalía

Nombre completo: Rosalía Vila Tobella

Nombre artístico: Rosalía

Fecha de nacimiento: 25 de septiembre de 1992.

Lugar de nacimiento: Sant Cugat del Vallès

Nacionalidad: Española.

Edad: 33 años (2026).

Profesión: Cantante, compositora, productora musical y actriz.

Géneros musicales:

  • Flamenco
  • Pop
  • Música urbana
  • Reguetón
  • R&B
  • Música electrónica
  • Trap

Años de actividad: Desde 2013.

Formación

Rosalía estudió flamenco en la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC), donde recibió una formación especializada en canto flamenco.

Carrera artística

Su reconocimiento internacional comenzó con el álbum "Los Ángeles" (2017), pero alcanzó fama mundial con "El mal querer" (2018), un disco conceptual que revolucionó el flamenco contemporáneo al fusionarlo con sonidos urbanos y electrónicos.

En 2022 lanzó "Motomami", considerado uno de los álbumes más innovadores de la música latina reciente y un éxito de crítica y público.

Premios destacados

  • 2 Premios Grammy.
  • 12 Premios Grammy Latinos.
  • MTV Video Music Awards.
  • MTV Europe Music Awards.
  • Premios Billboard de la Música Latina.
  • Premios Odeón, entre otros.

Canciones más conocidas

  • Malamente
  • Pienso en tu mirá
  • Con altura
  • Yo x Ti, Tú x Mí
  • TKN
  • La fama
  • Saoko
  • Despechá
  • Bizcochito

Vida personal

Rosalía mantiene una vida privada relativamente reservada. A lo largo de los años ha sido vinculada sentimentalmente con distintas figuras del ámbito musical y artístico, aunque procura separar su carrera de su vida personal.

Influencia

Es considerada una de las artistas españolas más influyentes del siglo XXI por su capacidad para combinar el flamenco tradicional con estilos contemporáneos, convirtiéndose en una figura de alcance global.

22 julio 2026

CLASE MEDIA: LA CLASE SOCIAL QUE NUNCA EXISTIÓ


CLASE MEDIA: LA CLASE SOCIAL QUE NUNCA EXISTIÓ.

Por el Dr. Octavio Daniel Curto (*)

Agosto de 1945, finaliza la Segunda Guerra Mundial y el gran ganador no fue Estados Unidos, sino la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Iosif Stalin, llamado el Pequeño Padre de los Pueblos, tomó posesión de aquello que ya había reclamado en las Conferencias de Yalta y Postdam, es decir, todos aquellos territorios que había librado de los alemanes en el oeste, y de los japoneses en el este. En occidente incluía Polonia, un tercio de Alemania y la mitad de Berlín, Checoslovaquia y todos los países de la península Balcánica excepto Grecia; los países bálticos ya estaban en su esfera de influencia desde antes, gracias al Pacto Ribbentrop-Molotov. Y en oriente, toda Manchuria, Corea del Norte y algunas islas japonesas.

Los aliados occidentales (especialmente Estados Unidos y Gran Bretaña) percibieron enseguida las pretensiones de Stalin, pero ninguno quería oponerse al país que había derrotado por primera vez a Hitler haciéndolo retroceder y malogrando la pretenciosa Operación Barbarroja. 

También eran conscientes de que Japón se había rendido no por Hiroshima y Nagasaki, sino porque los soviéticos habían destruido en menos de dos semanas a un ejército nipón de casi un millón de efectivos de elite que ocupaba China y el emperador Hirohito prefirió negociar con Estados Unidos para intentar salvar su trono imperial antes que sufrir una muerte segura a manos de Stalin. 

Así comenzó la Guerra Fría que no consistió sólo en una competencia militar, tecnológica, armamentística y hasta espacial para intimidar al rival, sino, fundamentalmente, en una competencia propagandística que hoy en día es conocida con el eufemismo de “guerra cultural”.

Estados Unidos temía a la influencia de la ideología marxista de vertiente soviética en todo el mundo y sabía del financiamiento de Moscú a movimientos revolucionarios que tenían por finalidad instaurar regímenes comunistas a lo largo y ancho del globo. Por lo tanto, frenar a toda costa el avance del marxismo se convirtió en la obsesión del gigante norteamericano, a tal punto que fue la causa directa de la Guerra de Corea, el bloqueo a Cuba y el fallido intento de Bahía de Cochinos, la Guerra de Vietnam y el Plan Cóndor en América Latina. 

No obstante, cayó en la cuenta que intentar frenar su avance sólo intentando imponer supremacía militar no era suficiente porque el sistema económico que lo sustentaba tenía una anomalía estructural que no lo hacía atractivo para las grandes mayorías de un mundo esencialmente pobre. 

Y ese defecto fundamental era el capitalismo, como lo sigue siendo hoy en día en cualquiera de sus variantes: liberal, neoliberal, libertaria, anarcocapitalista, keynesiana, de la Escuela de Chicago o la Escuela Austríaca porque concentra la riqueza en manos de unos pocos y sólo administra la pobreza y la miseria para las grandes mayorías. Por ello, y viendo el ejemplo soviético, muchos se dieron cuenta de que el mantra del esfuerzo personal y el mérito que llevan a la riqueza era tan tramposo como la zanahoria delante del burro.

Alarmados por cómo jugaban los soviéticos sus fichas en el tablero mundial, los estadounidenses sabían que el enfrentamiento no sólo debía darse en el campo de batalla, sino especialmente en el ámbito cultural y filosófico y fue ahí donde intentaron desmontar lo que tenía de atractivo el sistema fundante del oponente. El marxismo tiene como eje central el concepto del materialismo dialéctico como motor de la historia y que, en el capitalismo, se manifiesta a través de la “lucha de clases”, es decir, la lucha entre la clase burguesa y la clase proletaria u obrera. 

La primera se compone de todos aquellos que por el motivo que sea lograron acumular cierto capital y, o viven de rentas como el pequeño burgués, o compran los medios de producción (tierras, maquinaria, instalaciones, materias primas, etcétera) y contratan fuerza de trabajo barata para aumentar sus márgenes de ganancia quitándole a los trabajadores el famoso concepto de “plusvalía”, llamándose a éstos últimos, específicamente, capitalistas o grandes burgueses. 

Por su parte, el proletariado se componía de aquellas personas que sólo podían vender su fuerza de trabajo y no tenían más posesiones que su prole, es decir, sus hijos. Y, aun así, había un escalón por debajo, el de los lúmpenes que eran aquellos que ni siquiera su fuerza de trabajo podían vender. 

Pero la diferencia fundamental era que los burgueses podían darse el lujo de no trabajar gracias al capital acumulado o a la explotación de los obreros, mientras que éstos últimos debían trabajar continuamente en condiciones de esclavitud fáctica sólo para seguir viviendo en la miseria.

Según el marxismo, las grandes masas obreras cansadas de la explotación de la burguesía se rebelarían destruyendo el sistema capitalista, a los mismos burgueses y a todos los estamentos de su poder, instaurarían la “dictadura del proletariado”, nacionalizarían todos los medios de producción y sería el Estado quien organizaría y planificaría la economía para que todos pudieran llevar una vida digna e igualitaria sin ricos ni privilegiados. ¿Cómo podían los intelectuales, filósofos y economistas burgueses desmontar la filosofía de Carlos Marx y su férrea defensa por parte de muchos intelectuales y filósofos occidentales?

Pues lo hicieron en dos tramos. En primer lugar, aplicando la falacia retórica “ad hominem” con la creación de una leyenda negra sobre el mismo Marx (afirmando que nunca trabajó, que dejó morir a sus hijos de hambre, etcétera) esperando que al desautorizar a Marx como persona quedara desautorizada también su filosofía sin tener que rebatirla con argumentos. Y, en segundo lugar, retocando un aspecto de la columna vertebral del marxismo, o sea, su materialismo histórico. Era necesario inventar algo que le quitara su carácter de inevitable a la lucha de clases entre capitalistas y obreros y la única alternativa consistía en eliminar de la ecuación a uno de los contendientes. 

No podían eliminar a los capitalistas y burgueses porque el sistema entero fue creado, controlado y manipulado a su antojo por ellos mismos. Ergo, debían borrar de la ecuación a los proletarios y lo hicieron con una metodología sencillísima; si las manifestaciones externas de esa clase eran la pobreza crónica y perpetua, la explotación laboral, los míseros salarios, el hacinamiento, las enfermedades, el hambre, la alta mortalidad infantil, la baja expectativa de vida y la imposibilidad absoluta de ascenso social, entonces debían mejorar sus condiciones de vida lo suficiente como para que no se consideraran lúmpenes, y con una propaganda continua que los convenciera de que podían aspirar al ascenso social a través del esfuerzo personal y el mérito. 

Así nació el “Estado del Bienestar” que fue la línea defensiva del capitalismo internacional ante el avance del comunismo, pues si éste se imponía por la lucha continua entre capitalistas y proletarios, pero éstos ya no se consideraban como tales, entonces no era necesaria ya ni la lucha, ni la dictadura del proletariado ni la estatización de los medios de producción. Ya no había dos contendientes, sino tres clases sociales: los capitalistas burgueses, los que vivían en la miseria porque no querían esforzarse ni ascender por la falacia de la meritocracia, y un nuevo estamento que se ubicaba entre estos dos y que poseía lo suficiente para no ser un lumpen, pero tampoco para ser un burgués.

De tal modo, la estratagema se completó al darle a ese estamento social un nombre, una identidad y un sentido de pertenencia insuflando a aquellos que creían formar parte de él un elemento aspiracional (llegar algún día a ser un burgués rico) y un terror existencial (caer y convertirse en lúmpenes); el nombre debía ser estratégicamente genérico, indefinido y borroso para incluir a la mayoría de la población y así surgió la “clase media”. 

Pero ¿por qué “media”? Pues porque comprendía a aquellos que estaban entre medio de los ricos y los miserables, es decir, los trabajadores que no llegaban ni llegarían nunca a ser capitalistas y los que vivían en la pobreza, pero sin llegar a la miseria.

No obstante, la designación escondió y sigue escondiendo un resorte cultural oculto y genial: si los que se autopercibían como clase media querían llegar a la cúspide, al Olimpo de los burgueses ricos, tenían la obligación moral de defender el mismo sistema que los estaba engañando, y así los capitalistas reclutaron gratuitamente un inmenso ejército de defensores aspiracionales que veían al comunismo como la herramienta del mal que evitaría que se convirtieran, algún día, en burgueses. La maniobra fue tan genial que, hasta el día de hoy, si se le pregunta a alguien en la calle a qué clase social cree pertenecer, su respuesta será “clase media, clase media alta o clase media baja” a pesar de que sus ingresos, su nivel de vida y su vestimenta lo contradigan evidentemente. 

Esta particularidad evidencia dos cosas: primero, lo amplio, elástico e indefinido del término y, segundo, que lo meramente aspiracional los ciega lo suficiente como para no ver la realidad que los oprime al punto de admirar y querer emular a quienes los explotan y se llevan todos los beneficios y despreciar a aquellos que son apenas más pobres que ellos. Son incapaces de ver que el verdadero burgués puede darse el lujo de no trabajar mientras que el burgués aspiracional (quien se percibe de clase media) no podrá dejar de trabajar nunca por más que sus ingresos sean superiores a la media, serán en todo caso obreros especializados, y los comerciantes y prestadores de servicios serán en todo caso el equivalente medieval de los artesanos, pero jamás burgueses en el sentido capitalista del término. 

El lavado de cerebro fue tan completo que convencieron a las mayorías de que no pertenecen a la clase obrera por más que tengan que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, sino a una inexistente clase media que, como el burro persiguiendo a la zanahoria, algún día (que nunca llegará) podrán dejar de trabajar.

Pero hay una noticia peor. Cuando cayó el muro de Berlín en 1989 y se disolvió la Unión Soviética en 1991, el establishment capitalista internacional quedó como el vencedor en el campo de batalla y cayó en la cuenta que ya no necesitaba a la enorme masa de engañados por lo que la clase media ya no era necesaria. 

No por nada aquellos hechos históricos coinciden con el surgimiento del neoliberalismo en todo el mundo que no fue otra cosa más que el regreso al sistema anterior a la Unión Soviética y la barrera del Estado del Bienestar. 

A partir de dicho momento, las antes “pujantes” clases medias se pauperizaron y debieron bajar su nivel de vida, sus proyectos y sus aspiraciones, pero así y todo no terminan de abandonar la creencia de que, alguna vez, llegarán a ser burgueses a pesar de que el sistema ya les demostró que eso nunca ocurrirá.

Por lo dicho, resulta evidente que aquellos que todavía creen pertenecer a la clase media parecieran sufrir de dos trastornos: la disforia de clase que consiste en autopercibirse subjetivamente como perteneciente a una clase social más alta cuando su realidad objetiva desmiente totalmente su autopercepción, y la disonancia cognitiva que consiste en sostener una idea o una creencia personal aun a pesar de que todas las evidencias objetivas y empíricas demuestran lo contrario.

Y como los datos matan cualquier relato, pueden ofrecerse tres:

a) La Organización Internacional del Trabajo (O.I.T.) integrante de la O.N.U. informa que el 10% más rico de la población mundial se lleva actualmente el 52% de la renta mundial, mientras que la mitad más pobre obtiene el 6,5%.

b) En 2025, por primera vez en la historia, todos los milmillonarios de hasta 30 años de edad heredaron su fortuna.

c) El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz en su trabajo sobre la teoría de la información asimétrica escribió: “El 90 % de los que nacen pobres mueren pobres, por inteligentes y trabajadores que sean, y el 90 % de los que nacen ricos mueren ricos, por idiotas y haraganes que sean. Por ello, deducimos que el mérito no tiene ningún valor.”.

En todo caso, adquiere actualidad y mayor fuerza la famosa frase del famoso escritor Mark Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”.


(*) Dr. Octavio Daniel Curto es abogado, profesor, de lengua y literatura. Ha dedicado gran parte de su actividad intelectual al estudio de la historia, la literatura, la filosofía política y los procesos culturales contemporáneos. Es colaborador de Magazine Observador, donde publica artículos de análisis y reflexión sobre política internacional, geopolítica, derecho, historia y pensamiento occidental, abordando los grandes debates de nuestro tiempo desde una perspectiva crítica e interdisciplinaria.