EL MITO DE LOS EXTRANJEROS QUE ESTUDIAN EN ARGENTINA
Por Aurelio Nicolella
“Los extranjeros vienen a estudiar a la Argentina y después se van.”
Pero la realidad es bastante más
compleja. Y los datos obligan a revisar una afirmación que se repite con
demasiada facilidad: que el extranjero viene a estudiar, obtiene su título y se
va.
Hay frases que se repiten tanto
que terminan convirtiéndose en verdades.
Una de ellas dice que los
extranjeros vienen a la Argentina, ingresan a nuestras universidades públicas,
estudian gratuitamente, obtienen un título y después regresan a sus países
llevándose consigo una formación que pagamos los argentinos.
La historia parece perfecta para
indignarse: Argentina paga, el extranjero estudia y después se lleva el título.
Pero hay un pequeño problema con
ese relato: los datos no lo sostienen.
Más del 70 % de los extranjeros
que estudian en Argentina termina radicándose en nuestro país. Es decir, la
idea del extranjero que viene, estudia, se recibe y se marcha no representa a
la mayoría.
Y si se queda, trabaja y
desarrolla su vida en Argentina, la ecuación es muy diferente.
Ese profesional pasa a formar
parte de nuestra sociedad, de nuestro mercado laboral y de nuestra economía.
Trabaja, produce, consume, paga impuestos y aporta sus conocimientos.
Entonces aparece una pregunta
bastante más incómoda:
¿Por qué nos preocupa tanto el
extranjero que se queda y tan poco el argentino que se va?
Porque mientras discutimos cuánto
cuesta formar a un extranjero, hay argentinos que pasan años dentro de una
universidad pública, obtienen un título y, apenas pueden, emigran.
Y acá aparece una de las grandes
paradojas de nuestro país.
Argentina invierte durante años
en formar médicos, ingenieros, arquitectos, científicos, abogados, docentes y
profesionales de todo tipo.
El Estado aporta recursos. Las
universidades aportan infraestructura y docentes. La sociedad sostiene ese
sistema.
Finalmente, el estudiante se
recibe. Obtiene su título. Y se va.
¿Y qué ocurre cuando llega al exterior?
Aquí aparece una escena que
debería hacernos reflexionar mucho más.
El argentino que en nuestro país
consiguió un título universitario puede llegar al exterior gracias a que puede
obtener una visa o la ciudadanía europea por algún antepasado, lo que hace en
la mayoría de la veces es terminar lavando copas en un restaurante, trabajando
como camarero, limpiando pisos, haciendo tareas de hotelería o desempeñando
otros trabajos que no requieren la profesión para la cual fue formado durante
años.
Y hay que decirlo claramente: no
hay absolutamente nada indigno en lavar copas, limpiar pisos o trabajar en un
restaurante.
Son trabajos honestos y merecen
exactamente el mismo respeto que cualquier otro.
No todos son recibidos y tienen
el éxito como Rene Favaloro, César Milstein o César Pelli entre otros.
Pero la cuestión es otra, lo que
lleva a plantear la pregunta es qué ocurrió con el capital humano que Argentina
ayudó a formar.
Porque quizás el problema no sea
que ese argentino esté trabajando en un restaurante.
El verdadero problema es que
Argentina formó a un profesional y otro país terminó aprovechando, cuando logra
insertarse profesionalmente, la formación que nuestro país financió.
Y en muchos otros casos ni
siquiera llega a ejercer su profesión: termina utilizando su título como parte
de su historia personal, mientras su capacidad profesional queda
desaprovechada.
Mientras tanto, seguimos
discutiendo sobre el extranjero
Ahí aparece la contradicción. Nos
indignamos porque un extranjero pueda estudiar en una universidad argentina.
Pero podemos aceptar con absoluta
naturalidad que un argentino se forme durante años con recursos públicos y
después abandone el país.
Nos preocupa quién entra a la
universidad. En cambio deberíamos preocuparnos también por el argentino que
sale del país después de pasar por ella.
Porque el título no es solamente
un papel.
Detrás de cada profesional hay
años de educación, profesores, infraestructura, investigación, esfuerzo
familiar y recursos de toda la sociedad.
No se trata de argentinos contra
extranjeros, la discusión no debería transformarse en eso.
Si un extranjero viene, estudia y
se queda a trabajar en Argentina, no necesariamente estamos frente a un costo
sin retorno. Estamos incorporando una persona formada que puede contribuir al
país durante décadas.
Y si un argentino decide emigrar,
tampoco corresponde convertirlo en culpable. Tiene derecho a buscar una vida
mejor donde considere.
El problema es estructural, no individual.
Argentina tiene dificultades para retener a su propia gente calificada. Ese
debería ser el debate.
Porque mientras algunos políticos
discuten si un extranjero debe o no estudiar en nuestras universidades, miles
de argentinos miran hacia Ezeiza pensando que su futuro está en otra parte.
Y algunos de ellos,
paradójicamente, llegan al país que eligieron con un título universitario
argentino en la valija para terminar trabajando de lo que pueden conseguir.
Entonces, ¿cuál es el verdadero
problema?
Quizás deberíamos dejar de
formular la discusión de una manera tan sencilla:
“¿Cuánto nos cuesta formar a un
extranjero?”
Y empezar a formular otra
pregunta:
“¿Cuánto le cuesta a la Argentina
formar a un profesional que después se va?”
Porque si un extranjero se forma
en Argentina y se queda, Argentina gana un trabajador calificado.
Pero si Argentina forma a un
argentino durante años y ese profesional se va, Argentina pierde parte del
capital humano que ayudó a construir.
Y esa pérdida debería
preocuparnos muchísimo más.
La universidad pública no puede
discutirse solamente desde la nacionalidad del estudiante.
Hay que discutir qué sociedad
queremos construir, cuánto invertimos en educación y, fundamentalmente, qué
hacemos para que quienes se forman aquí quieran, y puedan, construir su futuro
aquí.
Porque quizás el verdadero mito
no sea que los extranjeros vienen a estudiar y se van.
Quizás el verdadero problema es que estamos tan ocupados mirando quién entra a nuestras universidades que dejamos de mirar cuántos de los que salen terminan cruzando la frontera.
Los datos detrás del debate
Una parte significativa de quienes aparecen estadísticamente como “extranjeros” ya había realizado su formación secundaria en Argentina. Reducir el fenómeno a “vienen, estudian gratis y se van” simplifica una realidad mucho más compleja.
¿Cuántos profesionales forma Argentina, cuántos permanecen y cuántos terminan emigrando?
