"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" MARIANO MORENO

“La libertad de expresión es como la salud: cuando falta se da cuenta uno de lo que perdió. Sin ella, el ser humano pierde la dignidad como tal. Por lo tanto, todos debemos luchar para conservarla y pasarla a nuestros hijos, como la mejor herencia" AURELIO NICOLELLA

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PARA KICILLOF PARECIERA NO SER PRIORITARIO LA SEGURIDAD DE LOS BONAERENSES

Por Aurelio Nicolella

El clima de tensión que se vivió durante el acto de egreso de 1.547 oficiales de la Policía Bonaerense, el martes pasado 31 de marzo en la Escuela Juan Vucetich en Berazategui, dejó en evidencia una problemática que viene creciendo desde hace tiempo: el profundo malestar dentro de la fuerza policial por sus condiciones laborales y salariales.

Durante la ceremonia, encabezada por el gobernador Axel Kicillof, familiares de los nuevos efectivos interrumpieron el discurso con abucheos, silbidos y reclamos.

Lejos de tratarse de un hecho aislado, lo ocurrido expuso el deterioro que atraviesan muchos integrantes de la Policía Bonaerense y la misma institución policial. Uno de los principales puntos de conflicto es el salario.

Según denuncian efectivos y allegados, hay casos en los que un policía percibe ingresos cercanos a los 600 mil a 800 mil pesos mensuales, una cifra que consideran insuficiente frente al costo de vida actual. En ese contexto, muchos se preguntan cómo puede sostenerse esa realidad cuando, según señalan, los costos asociados a procesos judiciales, como una excarcelación de un detenido, que es una etapa inicial, pueden superar ampliamente los tres millones de pesos de honorarios profesional de su abogado. Procesos judiciales que cuestan millones contrastan con policías que no llegan a fin de mes. La comparación, repetida entre los reclamos, busca poner en evidencia lo que consideran una fuerte desigualdad en la asignación de recursos dentro del sistema.

Pero no se puede dejar pasar que la precariedad salarial de la Policía Bonaerense se refleja en la vida cotidiana de muchos de sus integrantes: muchos de ellos se ven obligados a complementar sus ingresos trabajando como choferes de Uber, o como custodias de empresas o supermercados hasta incluso hacer trabajos de albañilería o herrería, mientras que sus esposas o parejas también deben salir a trabajar para sostener el hogar.

Esta doble presión laboral no solo evidencia la insuficiencia de los sueldos oficiales, sino que también expone cómo la necesidad económica afecta la calidad de vida y el bienestar familiar de quienes deberían dedicarse plenamente a la seguridad pública como único trabajo.

ENTRE EL SWINGING LONDON Y LA PANTALLA CHICA: LA EDAD DORADA DE LAS SERIES BRITÁNICAS (1960-1975)

Por Aurelio Nicolella

Las series británicas de los años 60 y comienzos de los 70 marcaron un
antes y un después en la historia de la televisión, combinando elegancia, innovación narrativa y una fuerte identidad estética que trascendió fronteras. En plena efervescencia del “Swinging London”, este es un término popularizado por la revista Time en 1966 para describir el auge cultural de la capital británica, la televisión se convirtió en un reflejo directo de una sociedad en transformación: más joven, más experimental y abierta a romper moldes.

Este contexto no solo influyó en la estética, moda, diseño, música, sino también en la forma de narrar. La televisión británica comenzó a alejarse de los formatos rígidos heredados del teatro y la radio, adoptando estructuras más dinámicas, rodajes en exteriores y una marcada impronta cinematográfica. Además, la creciente exportación de contenidos incentivó producciones con ambición internacional, consolidando el prestigio de la industria audiovisual británica.

En el terreno del espionaje y la intriga, títulos como The Avengers (Los Vengadores) y The Saint (El Santo), protagonizada por Roger Moore, se convirtieron en referentes absolutos. Estas series reflejaban, en clave estilizada, las tensiones de la Cold War, combinando espionaje con sofisticación, humor e incluso elementos fantásticos. A ellas se sumaron propuestas como The Champions, así como Department S y su derivada Jason King. También destacó The Ghost & Mrs. Muir, Randall and Hopkirk (Deceased), (El Detective Fantasma), que combinaban lo sobrenatural con la comedia.

La ciencia ficción y la fantasía ocuparon un lugar central. Doctor Who, producido por la BBC, no solo fue pionero en su género, sino que también introdujo temas filosóficos y sociales en un formato accesible. En paralelo, Gerry Anderson revolucionó lo visual con la técnica de Supermarionation, destacándose en series como Captain Scarlet and the Mysterons  y la serie de culto UFO (OVNI), que abordaban desde invasiones alienígenas hasta la paranoia tecnológica.

En cuanto a la innovación narrativa, The Prisoner (El Prisionero), creada y protagonizada por Patrick McGoohan, rompió con todos los esquemas tradicionales mediante una narrativa simbólica, abierta e inquietante. A su lado, Man in a Suitcase (El Hombre del Maletín) ofrecía una visión más realista y desencantada del espionaje, alejándose del glamour dominante.

Pero más allá de estos géneros, un apartado fundamental para comprender la televisión británica de la época es el desarrollo de las sitcoms, que aportaron una mirada social aguda, muchas veces crítica, sobre la vida cotidiana. A diferencia de sus equivalentes estadounidenses, las comedias británicas tendían a ser más ácidas, con personajes imperfectos y situaciones incómodas.

LANÚS OLVIDADO: COMO EL ABANDONO MUNICIPAL MARCO EL DECLIVE DE UN DISTRITO OBRERO Y MODELO

Por Aurelio Nicolella

 

La situación de decadencia en el partido de Lanús puede comprenderse con mayor claridad si se la contrasta con su pasado. Durante décadas, Lanús fue reconocido como un pueblo dinámico, profundamente ligado al trabajo, a la industria y al esfuerzo cotidiano de sus habitantes.

Sus barrios crecieron al calor de fábricas, talleres y comercios, generando una identidad basada en la cultura del trabajo y en una fuerte expectativa de progreso. Existía una perspectiva de futuro: las familias confiaban en que el desarrollo urbano, la educación y el empleo permitirían a las nuevas generaciones vivir mejor que las anteriores.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esa proyección comenzó a diluirse. La decadencia actual puede entenderse como el resultado de una acumulación de decisiones y omisiones a lo largo de distintas gestiones municipales, atravesadas por un rasgo común: el progresivo abandono de las zonas periféricas en relación con el centro del distrito.

Durante la extensa intendencia de Manuel Quindimil, uno de los aspectos más discutidos fue la urbanización de sectores vinculados a la proyección de la Avenida General Paz. En torno a esas áreas, con el tiempo, se fueron afincando asentamientos precarios que crecieron sin planificación ni acompañamiento estatal. La falta de infraestructura, servicios básicos y políticas de integración derivó en condiciones de hacinamiento, pobreza estructural y exclusión social.

En ese contexto, y como ocurre en muchos territorios atravesados por estas problemáticas, la delincuencia y el narcotráfico comenzaron a incrementarse, alimentados por la marginalidad y la ausencia de oportunidades. 

A esto se suma que, según distintas versiones extendidas, “Don Manolo” mantenía reparos frente a obras estructurales como la expansión de la red cloacal, o a gastos en infrastructuras edilicias educativas, ya que las consideraba de escasa visibilidad política, lo que habría contribuido a postergar mejoras esenciales para estos sectores. Todo ello impactó con mayor fuerza en los barrios alejados del núcleo céntrico, marcando una primera brecha territorial significativa.

En la gestión de Darío Díaz Pérez, lejos de revertirse, esa desigualdad se profundizó. La administración fue señalada por su ineficiencia para atender demandas básicas, especialmente en la periferia. El mantenimiento urbano deficiente, la escasa inversión en obras y la falta de respuesta a reclamos vecinales consolidaron la percepción de un municipio que comenzaba a retirarse de su rol activo en amplias zonas del distrito.

Durante el período de Néstor Grindetti, si bien se impulsaron obras visibles, distintos sectores sostienen que estas se concentraron en áreas estratégicas como Valentín Alsina, favorecidas por su cercanía con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Esta lógica reforzó un modelo desigual: mientras algunos corredores mostraban mejoras, los barrios periféricos continuaban sin recibir atención sostenida, profundizando el contraste dentro del mismo municipio.

En la etapa más reciente, bajo la conducción de Julián Álvarez, las críticas ya no se limitan únicamente a las zonas periféricas, sino que también alcanzan al centro de Lanús y a sus distintas localidades. La inseguridad se percibe como una problemática extendida, sin distinción clara entre áreas, lo que refuerza la sensación general de desprotección.

A su vez, numerosos reclamos apuntan a un enfoque excesivamente recaudatorio en materia de tránsito: la proliferación de cámaras destinadas a labrar infracciones contrasta, según estas críticas, con la escasa efectividad o funcionamiento limitado de los sistemas de videovigilancia orientados a la prevención del delito. Esta aparente desproporción alimenta la percepción de un Estado más presente para sancionar que para proteger.