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06 junio 2026

¿REPRESENTANTES DE LOS QUE MENOS TIENEN O INTERPRETES DE UNA SENSIBILIDAD POPULAR?


Por Aurelio Nicolella

La muerte de Carlos Alberto "Indio" Solari cerró un capítulo fundamental de la cultura argentina. Su influencia musical es indiscutible. Convocó multitudes, generó una devoción pocas veces vista y transformó cada presentación en lo que sus seguidores bautizaron como una verdadera "misa ricotera". Millones encontraron en sus letras una forma de interpretar la realidad, la frustración, la rebeldía y la esperanza.

Pero la desaparición de una figura popular también invita a reflexionar sobre un fenómeno más amplio: la relación entre los ídolos y aquellos a quienes supuestamente representan.

Durante años, miles de seguidores recorrieron cientos de kilómetros para asistir a sus recitales. Muchos gastaron ahorros, pidieron dinero prestado o hicieron sacrificios económicos importantes para estar presentes en esos encuentros masivos. Mientras tanto, el artista ocupaba una posición económica y social muy distinta a la de gran parte de su público. No hay nada reprochable en el éxito ni en la prosperidad obtenida por mérito propio. La cuestión es otra: ¿hasta qué punto alguien puede hablar en nombre de quienes viven una realidad completamente diferente?

El dilema no es exclusivo del Indio Solari. Se repite con músicos, actores, periodistas, empresarios y conductores de televisión. Algunos son cuestionados por opinar sobre política desde una posición de privilegio; otros son celebrados por hacer exactamente lo mismo. La diferencia suele depender menos de la coherencia y más de la simpatía ideológica de quien emite el mensaje.

La popularidad tampoco convierte automáticamente a nadie en portavoz de un sector social. Que una persona convoque a trescientas mil personas a un recital no significa necesariamente que represente sus intereses, del mismo modo que un periodista con millones de espectadores tampoco puede atribuirse la voz de toda la sociedad. La audiencia expresa admiración, identificación o coincidencia en determinados aspectos, pero no delega una representación política automática.

Tal vez allí radique la diferencia entre ser un ídolo popular y ser un representante popular. El primero interpreta emociones, sueños, frustraciones y deseos colectivos. El segundo habla en nombre de otros y pretende encarnar sus intereses. Son roles distintos que muchas veces se confunden.

El Indio Solari fue, sin dudas, un intérprete extraordinario de una sensibilidad popular argentina. Pero reconocer ese mérito artístico no obliga a aceptar que sus opiniones políticas tuvieran un valor superior al de cualquier otro ciudadano. La admiración por la obra no debería convertirse en obediencia intelectual.

Quizás el mejor homenaje a una sociedad libre sea recordar que ninguna celebridad, por más convocante que sea, posee el monopolio de la voz de los que menos tienen. Esa voz sigue perteneciendo, en última instancia, a quienes viven todos los días la realidad que otros describen desde lejos.

26 mayo 2026

DE LA DESCONFIANZA AL DEBATE ÉTICO: CUANDO LA IGLESIA CATÓLICA MIRA CON RECELO LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

 


Por Aurelio Nicolella

 

La historia parece repetirse. Cada vez que una nueva tecnología irrumpe y transforma la vida cotidiana, la Iglesia Católica suele reaccionar primero con prudencia, luego con debate y finalmente con una reflexión más profunda sobre sus implicancias humanas y morales. Hoy la discusión gira en torno a la inteligencia artificial. Hace más de un siglo, el temor tenía otro nombre: cine.

 

El actual pontífice, Papa León XIV, encendió una fuerte discusión global al advertir sobre los riesgos de una inteligencia artificial desarrollada sin límites éticos. En su primera encíclica “Magnifica Humanitas”, alertó sobre el peligro de que el poder tecnológico quede concentrado en pocas manos y sostuvo que quien controle la IA podría terminar imponiendo una visión moral sobre la sociedad. También habló de riesgos de deshumanización, manipulación, pérdida de empleos y usos militares de sistemas autónomos.

 

Sin embargo, León XIV no condena la tecnología en sí misma. Su preocupación apunta al modo en que se utiliza y a quiénes la controlan. El Vaticano incluso creó una comisión específica para estudiar los desafíos éticos de la inteligencia artificial.

 

La reacción recuerda a otro momento histórico: el choque entre la Iglesia y el cinematógrafo a comienzos del siglo XX. Fue Pío X quien, en 1913, prohibió expresamente a los sacerdotes asistir a salas de cine. El nuevo espectáculo generaba desconfianza. Las preocupaciones no estaban tanto en la tecnología misma, sino en los ambientes oscuros donde hombres y mujeres compartían espacios considerados poco adecuados para la moral de la época y en los contenidos que podían influir sobre los fieles.

 

Lo llamativo es que el cine, que inicialmente despertó sospechas y rechazo, terminó siendo una herramienta adoptada por la propia Iglesia. Décadas después, el Vaticano comenzó a reconocer su valor artístico, educativo y cultural. Lo que primero fue visto como amenaza pasó a convertirse en un instrumento de comunicación y evangelización.

 

La comparación deja una pregunta inevitable: ¿la inteligencia artificial recorrerá un camino similar?

 

La diferencia principal es que el cine modificó formas de entretenimiento y expresión cultural; la inteligencia artificial promete alterar el trabajo, la educación, la política, la información y hasta las relaciones humanas. Para León XIV, el problema no es la existencia de la IA, sino la posibilidad de que sustituya criterios humanos o concentre un poder sin control democrático.

 

La historia sugiere que la Iglesia no suele rechazar definitivamente las innovaciones: primero las observa con cautela, luego intenta comprenderlas y finalmente busca integrarlas dentro de un marco moral. Lo hizo con el cine. Hoy parece estar haciendo lo mismo con la inteligencia artificial.

 

Quizás, dentro de algunas décadas, las advertencias actuales sean vistas no como un rechazo a la tecnología, sino como un intento de responder una vieja pregunta frente a cada gran avance: ¿el progreso está al servicio del ser humano o el ser humano terminará al servicio del progreso?


25 mayo 2026

CAPITALES INGLESES EN URUGUAY



Por Aurelio Nicolella

 

La inversión británica en el Uruguay, aunque reducida en comparación con el total de capitales imperiales distribuidos por el mundo, resultó sumamente significativa si se la compara con el desarrollo industrial y económico uruguayo de la época. Uruguay ocupó el quinto lugar en cuanto al volumen de capital inglés invertido en América Latina, precedido únicamente por Argentina, México, Brasil y Chile. Sin embargo, si se analiza la inversión extranjera en relación con la cantidad de habitantes del país receptor, Uruguay pasaba a ocupar el segundo lugar, solo detrás de Argentina.

 

Como era lógico, estos inversionistas exigían estabilidad y pacificación interna. Las ganancias de las empresas extranjeras y el cobro de los intereses de la deuda del gobierno uruguayo dependían directamente de un país ordenado y económicamente próspero.

 

A partir de 1860 comenzaron a registrarse las primeras inversiones extranjeras, principalmente británicas. Entre los pioneros se destacaron, entre 1863 y 1865, la instalación de la fábrica Liebig en la industria cárnica, así como el establecimiento del Banco de Londres y Río de la Plata y el primer empréstito contratado por el gobierno uruguayo con inversores de la City londinense.

 

El crecimiento de estas inversiones fue acelerado. En 1884 el capital británico invertido en Uruguay era estimado en 6,5 millones de libras esterlinas; para el año 1900 esa cifra ya alcanzaba los 40 millones. Los ingleses habían desarrollado una importante infraestructura: construyeron los ferrocarriles —cuya primera línea fue inaugurada en 1869 y que hacia 1905 superaban los 2.000 kilómetros de extensión— e invirtieron en servicios públicos esenciales de Montevideo, tales como agua corriente, gas, teléfonos, tranvías y compañías de seguros.

 

El monopolio ejercido sobre los ferrocarriles, los servicios de agua, el gas y el virtual oligopolio de los seguros generó, ya hacia 1890, crecientes dudas en sectores de la clase política uruguaya acerca de los beneficios reales que implicaba la presencia de capitales extranjeros sin un adecuado control estatal.

 

En el caso particular de los ferrocarriles, los inversores ingleses obtuvieron importantes concesiones del gobierno uruguayo, que veía en este medio de transporte una herramienta fundamental para consolidar la autoridad estatal. El ferrocarril permitiría controlar las revueltas rurales, movilizar tropas con rapidez y facilitar el traslado de mercaderías y materias primas hacia el puerto de Montevideo con destino a la metrópoli.

 

La situación alcanzó niveles de privilegio notables. La mayoría de las líneas ferroviarias gozaban de una garantía estatal de interés del 7% sobre un capital ficticio de 5.000 libras por kilómetro construido. Este sistema favoreció, en muchos casos, la construcción de trazados innecesarios, curvas artificiales y kilómetros superfluos que algunos cálculos estiman entre un 5% y un 10% del total de la red. Además, el Estado solo podía intervenir en las tarifas cuando las ganancias empresariales superaban el 12%, porcentaje que, curiosamente, jamás fue alcanzado oficialmente.

 

Sin embargo, más allá de los privilegios otorgados al capital extranjero, el ferrocarril desempeñó un papel decisivo en la consolidación del Estado uruguayo. Fue esencial para la pacificación y la integración territorial del país, permitiendo al gobierno central de Montevideo ejercer un control efectivo sobre el interior.

 

Un hecho simbólico ocurrió en 1886, cuando las vías férreas atravesaron el Río Negro mediante la construcción de un puente ferroviario. Dado que este río divide geográficamente al Uruguay en dos grandes regiones, la obra significó, en términos prácticos y políticos, una verdadera unificación nacional y una reducción sustancial de las distancias.

 

Pese a ello, las compañías británicas instaladas en Uruguay comenzaron a despertar una creciente antipatía popular debido a sus elevadas tarifas y a la percepción de un servicio deficiente.

 

Como consecuencia de ese clima de descontento, y con el propósito de ejercer un mayor control sobre las empresas ferroviarias en manos extranjeras, en 1888 se sancionó una legislación que estableció un estricto régimen de supervisión sobre la contabilidad de las compañías ferroviarias que operaban en territorio oriental.

 

La expansión del capital inglés en Uruguay constituyó así un fenómeno complejo: impulsó el desarrollo de infraestructura, modernizó servicios y facilitó la integración territorial, pero al mismo tiempo abrió un debate sobre soberanía, dependencia económica y el papel que debía asumir el Estado frente al capital extranjero.

 

La influencia británica en el Uruguay no se limitó únicamente a la infraestructura y a los servicios públicos. También alcanzó aspectos financieros, comerciales y hasta culturales. El sistema bancario y crediticio comenzó a girar, en gran medida, alrededor de instituciones vinculadas al capital inglés, lo que generó una fuerte dependencia económica respecto de los mercados europeos.

 

Esta situación provocó que buena parte de la economía uruguaya se integrara al modelo agroexportador diseñado por las grandes potencias industriales de la época. Uruguay se consolidó como productor y exportador de materias primas —principalmente carnes, lanas y productos derivados de la ganadería— mientras importaba productos manufacturados provenientes de Europa. El esquema permitía un crecimiento económico rápido, pero también colocaba al país en una posición vulnerable frente a las fluctuaciones del comercio internacional.

 

La relación económica entre Gran Bretaña y Uruguay presentaba una característica típica del siglo XIX y principios del XX: la metrópoli industrial aportaba capitales, tecnología y transporte, mientras las economías periféricas proveían materias primas y mercados consumidores. Este modelo, que inicialmente fue considerado sinónimo de progreso, comenzó con el tiempo a despertar críticas entre sectores políticos e intelectuales que advertían una creciente dependencia estructural.