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29 junio 2026

¿POR QUE NOS ENSEÑAN A ODIAR AL RICO?



 Por Lorenzo Salvieri (*)


Desde hace décadas se ha instalado en buena parte del debate público una idea tan difundida como pocas veces cuestionada: el rico es, por definición, sospechoso. Si una persona posee una empresa, una fortuna o un patrimonio importante, inmediatamente aparecen preguntas que rara vez se formulan respecto de quien carece de bienes: "¿De dónde sacó el dinero?", "Algo habrá hecho", "Seguro explotó a alguien".

No se trata de negar que existan empresarios corruptos, evasores o personas que se enriquecieron mediante actividades ilícitas. Los hay, como también existen funcionarios corruptos, sindicalistas corruptos, profesionales corruptos y delincuentes de cualquier condición social. El problema comienza cuando la riqueza, por sí sola, se convierte en un motivo de condena moral.

Esta mirada ha penetrado en la educación, en determinados discursos políticos, en parte de los medios de comunicación y hasta en numerosas producciones culturales. Muchas veces el empresario aparece representado como el villano de la historia, mientras que el pobre es presentado automáticamente como una víctima moralmente superior. La realidad, sin embargo, es bastante más compleja.

 La riqueza no constituye un delito ni una falta ética. En una economía sana, el empresario que invierte, produce, asume riesgos y genera empleo cumple una función esencial para el desarrollo de un país. Cada fábrica que abre sus puertas, cada comercio que incorpora personal y cada emprendedor que apuesta por una idea contribuyen al crecimiento económico y a la creación de oportunidades.

 Confundir éxito económico con explotación termina generando una cultura donde el mérito, el esfuerzo y la iniciativa privada dejan de ser valores admirados para convertirse en motivos de sospecha. Esa lógica desalienta la inversión y alimenta el resentimiento social.

Ello no significa que el mercado deba actuar sin controles. El Estado tiene el deber de perseguir el fraude, la corrupción, la evasión fiscal y los abusos de posición dominante. Pero una cosa es combatir conductas ilegales y otra muy distinta es instalar la idea de que toda persona con recursos económicos merece ser objeto de desconfianza.

 La verdadera igualdad no consiste en que todos tengan el mismo patrimonio, sino en que todos tengan las mismas oportunidades para progresar mediante el trabajo, el estudio, el esfuerzo y la creatividad. Una sociedad que castiga simbólicamente el éxito difícilmente incentive a sus ciudadanos a emprender o innovar.

 Quizá haya llegado el momento de abandonar las simplificaciones. No todo rico es un explotador, del mismo modo que no todo pobre es virtuoso. La honestidad, la solidaridad y la corrupción no dependen del patrimonio de una persona, sino de sus valores y de sus actos.

 En los últimos años, la meritocracia ha pasado de ser un ideal asociado al esfuerzo personal a convertirse, para algunos sectores, en un concepto cuestionado. Sus críticos sostienen que las condiciones de origen limitan las posibilidades reales de progreso. Sus defensores responden que, sin reconocer el mérito, el esfuerzo pierde sentido y la sociedad deja de premiar la iniciativa, el estudio y el trabajo.

Reconocer el valor del mérito no implica desconocer las desigualdades ni ignorar que muchas personas parten desde situaciones diferentes. Significa, en cambio, sostener que una sociedad debe ofrecer igualdad de oportunidades para que cada individuo pueda desarrollar sus capacidades y progresar mediante su propio esfuerzo.

Cuando el éxito deja de ser un motivo de inspiración para convertirse en objeto de sospecha, el mérito también pierde prestigio. En ese escenario, el resentimiento reemplaza al incentivo y la envidia termina ocupando el lugar que deberían tener la superación personal, la innovación y la cultura del trabajo.

Una sociedad que valora el mérito no garantiza que todos alcancen los mismos resultados, pero sí transmite una idea fundamental: el esfuerzo honesto merece reconocimiento y constituye uno de los pilares sobre los cuales se construyen el progreso individual y el desarrollo colectivo.

Una sociedad madura no debería enseñar a odiar al rico ni a despreciar al pobre. Debería enseñar a respetar la ley, valorar el trabajo honesto y reconocer que el progreso colectivo se construye cuando existen libertad, responsabilidad y oportunidades para todos.

 

(*) Lorenzo Salvieri, argentino de nacimiento con residencia en España, es ensayista, analista político y columnista de opinión especializado en temas de actualidad, instituciones, historia contemporánea y pensamiento político.

Su trabajo se centra en el análisis de los procesos culturales, económicos y sociales que influyen en las democracias occidentales, abordando cuestiones relacionadas con la libertad individual, la educación, el Estado de Derecho, la economía de mercado y los desafíos de la sociedad contemporánea.

Como columnista, privilegia el análisis de las ideas por sobre la confrontación personal, promoviendo el debate público desde una perspectiva crítica, sustentada en el estudio histórico y el respeto por el pluralismo democrático. Sus artículos buscan ofrecer al lector elementos de reflexión, evitando las simplificaciones y alentando una mirada independiente sobre los acontecimientos nacionales e internacionales.

Es colaborador habitual del Magazine Observador, donde publica columnas de opinión sobre política, economía, justicia, cultura, relaciones internacionales y los cambios que atraviesan las sociedades del siglo XXI.

26 junio 2026

AVENTURAS EN EL PARAISO: LA SERIE QUE HIZO SOÑAR A TODA UNA GENERACION DE RIOPLATENSES


🎵 Escuche el tema original de Aventuras en el Paraíso

Presione Play y disfrute de la lectura acompañado por la inolvidable música de la serie.


Por Aurelio Nicolella

Hubo una época en que la televisión no necesitaba efectos especiales, computadoras ni grandes explosiones para conquistar al público. Bastaba un barco de vela, un capitán carismático, el inmenso océano Pacífico y la promesa de una nueva aventura cada semana.

Así nació Aventuras en el Paraíso (Adventures in Paradise), una serie estadounidense emitida entre 1959 y 1962 que muy pronto llegó al Río de la Plata, convirtiéndose en uno de los programas más recordados por quienes crecieron durante los años sesenta.

Su protagonista era el inolvidable capitán Adam Troy, interpretado por Gardner McKay (1932-2001), un ex combatiente de la Guerra de Corea que recorría las islas del Pacífico Sur al mando de la elegante goleta Tiki III. Más que un simple capitán, Troy representaba al aventurero romántico: un hombre libre, culto, valiente y siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara.

Cada episodio llevaba al espectador hacia una isla diferente. Había misterios, tesoros escondidos, conflictos familiares, historias de amor, espionaje, naufragios y pueblos perdidos entre lagunas de aguas cristalinas. Sin embargo, el verdadero protagonista era el paisaje. La serie fue filmada en escenarios naturales del Pacífico Sur.

Las playas de arena blanca, los arrecifes de coral, las palmeras movidas por el viento y las lagunas color turquesa despertaban la imaginación de millones de personas que jamás habían visto aquellos lugares. Para buena parte del público rioplatense, la Polinesia Francesa era un mundo casi desconocido. Gracias a la serie, nombres como Tahití, Bora Bora o Moorea comenzaron a formar parte de los sueños de viaje de una generación.

En la Argentina, la serie comenzó a emitirse por Canal 13 de Buenos Aires a comienzos de la década de 1960, donde alcanzó una notable popularidad entre el público. En Uruguay también fue seguida por miles de televidentes y, durante los primeros años de la televisión oriental, fue difundida por la pantalla de Canal 10 de Montevideo, entonces el principal canal del país, convirtiéndose en uno de los grandes clásicos de la televisión rioplatense.

Cada emisión era esperada por familias enteras que se reunían frente al televisor en una época en la que existían muy pocos canales y la televisión en blanco y negro conservaba el encanto de los grandes acontecimientos compartidos.

El éxito de Aventuras en el Paraíso fue mucho más allá de sus argumentos. Inspiró vocaciones viajeras, despertó el interés por la navegación a vela y transmitió una imagen romántica del océano como espacio de libertad.

Su inolvidable música de apertura contribuía a crear una atmósfera que todavía hoy permanece en la memoria de quienes la escucharon siendo niños o adolescentes. Bastaban unos pocos compases para que el espectador sintiera que estaba embarcando junto al capitán Adam Troy rumbo a un nuevo destino.

La inolvidable música de Adventures in Paradise fue compuesta por el gran Lionel Newman (1916-1989), uno de los más importantes compositores de la productora 20th Century Fox. El tema principal, de aire polinésico y profundamente evocador, fue determinante para crear esa sensación de aventura y exotismo que aún hoy recuerdan quienes vieron la serie.

En tiempos donde viajar al otro lado del mundo era un privilegio reservado para muy pocos, la televisión permitía realizar ese viaje desde el living de la casa. La imaginación completaba aquello que la pantalla apenas sugería.

Más de sesenta años después, Aventuras en el Paraíso continúa siendo un símbolo de aquella televisión clásica que sabía combinar aventura, exotismo y elegancia sin recurrir al espectáculo permanente.

Quizá ese sea el verdadero motivo por el cual permanece viva en la memoria colectiva. No fue solamente una serie de aventuras. Fue una invitación permanente a descubrir el mundo, a navegar hacia lo desconocido y a creer que, detrás del horizonte, siempre podía existir una isla esperando ser explorada.

Porque, para miles de argentinos y uruguayos, el primer viaje al Pacífico no se hizo en avión ni en barco.

Se hizo frente a un televisor, siguiendo el rumbo del inolvidable capitán Adam Troy. 

Las grandes series no se recuerdan únicamente por sus historias, sino porque forman parte de nuestra memoria. Aventuras en el Paraíso fue mucho más que una producción televisiva: fue la puerta de entrada a un mundo de mares azules, islas lejanas y sueños de libertad que todavía hoy permanecen vivos en el recuerdo de quienes la descubrieron frente a un televisor en blanco y negro.


Ficha Técnica

Título original: Adventures in Paradise
Título en Hispanoamérica: Aventuras en el Paraíso
País: Estados Unidos
Años de emisión: 1959-1962
Temporadas: 3
Episodios: 91
Creador: James A. Michener (1907-1997)
Protagonista: Gardner McKay (Capitán Adam Troy)
Música original: Lionel Newman
Embarcación: Goleta Tiki III