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25 julio 2026

GUALEGUAYCHÚ: LA HISTORIA QUE QUISIERON OLVIDAR

 

GUALEGUAYCHÚ: LA HISTORIA QUE QUISIERON OLVIDAR

 

Por Aurelio Nicolella

 

Cuando se menciona Gualeguaychú, la imagen que inmediatamente viene a la mente es la de sus extensas playas sobre el río Uruguay, el carnaval más importante de la Argentina o, más recientemente, la prolongada lucha ambiental emprendida por sus habitantes contra la instalación de las plantas pasteras en la ciudad uruguaya de Fray Bentos.

Aquella movilización ciudadana, que durante años mantuvo en el centro del debate internacional la defensa del medio ambiente y el reclamo por la preservación del río Uruguay, convirtió a Gualeguaychú en un símbolo de resistencia cívica.

Sin embargo, existe otra historia, mucho más antigua y menos conocida, que permanece casi olvidada. Una historia que no habla de contaminación ambiental, sino de violencia, ocupación militar, saqueos y sufrimientos padecidos por una población prácticamente indefensa.

Es una página de la historia argentina que rara vez ocupa un lugar destacado en los manuales escolares y que, con el paso del tiempo, quedó eclipsada por la construcción de una figura heroica de alcance internacional: la de Giuseppe Garibaldi.

El "Héroe de los Dos Mundos"

Giuseppe Garibaldi ocupa un lugar privilegiado dentro de la historia italiana. Su participación en el proceso de unificación de Italia le valió el reconocimiento universal y el título de "Héroe de los Dos Mundos". Monumentos, plazas y avenidas recuerdan su nombre tanto en Europa como en América.

En la Argentina también recibió numerosos homenajes. Su figura fue reivindicada por buena parte de la historiografía liberal del siglo XIX, que destacó su participación en las luchas políticas del Río de la Plata.

No obstante, la actuación de Garibaldi en Sudamérica resulta mucho más compleja de lo que habitualmente se enseña.

Exiliado de Italia por sus actividades revolucionarias, llegó primero al Brasil, donde participó en la Revolución Farroupilha. Posteriormente se trasladó a Montevideo, ciudad que en aquel entonces constituía el principal bastión político de Fructuoso Rivera frente al gobierno de Manuel Oribe, aliado de Juan Manuel de Rosas.

Allí organizó y comandó una flotilla destinada a hostigar las posiciones federales en el litoral argentino y uruguayo.

La intervención extranjera

Para comprender aquellos acontecimientos es indispensable recordar el contexto internacional.

En la década de 1840, la Confederación Argentina enfrentaba el bloqueo anglo-francés. Inglaterra y Francia buscaban garantizar la libre navegación de los ríos interiores y debilitar la posición política del gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas.

En ese escenario, Montevideo se transformó en un verdadero enclave político y militar apoyado por las potencias europeas.

Garibaldi recibió el mando de una escuadra integrada por embarcaciones uruguayas y por numerosos voluntarios italianos que conformaban la denominada Legión Italiana.

Su misión consistía en atacar poblaciones ribereñas leales a la Confederación Argentina y abrir un nuevo frente de operaciones sobre el río Uruguay.

El camino hacia Gualeguaychú

Fundada por Tomás de Rocamora en 1783, Gualeguaychú era entonces una pequeña villa dedicada al comercio fluvial y a la actividad ganadera.

Su población carecía de defensas importantes.

Gran parte de los hombres se encontraba incorporada a las fuerzas comandadas por Justo José de Urquiza, quien por entonces permanecía aliado a Rosas.

Como consecuencia de ello, la ciudad estaba habitada principalmente por mujeres, ancianos y niños.

Antes del ataque, las fuerzas garibaldinas impusieron un bloqueo fluvial que dificultó el ingreso de alimentos y mercaderías, agravando las condiciones de vida de la población.

La ocupación de 1846

El 20 de septiembre de 1846 las fuerzas comandadas por Giuseppe Garibaldi ocuparon Gualeguaychú.

Diversas crónicas de la época y posteriores trabajos de historiadores sostienen que, durante la ocupación, se produjeron saqueos de viviendas y comercios, destrucción de bienes particulares, requisas forzosas y numerosos abusos contra la población civil.

La dimensión exacta de aquellos hechos continúa siendo motivo de debate entre historiadores debido a la escasez de documentación conservada y a las diferencias existentes entre las diversas corrientes historiográficas.

No obstante, existe coincidencia en que la ciudad sufrió importantes daños materiales y que la ocupación significó un profundo trauma para sus habitantes.

Los relatos transmitidos por generaciones de entrerrianos describen una población sometida durante varios meses a una estricta ocupación militar, privada de buena parte de sus recursos y obligada a soportar los rigores propios de un territorio conquistado.

Como ocurre en la mayoría de las guerras civiles, fueron los sectores más vulnerables quienes soportaron las peores consecuencias.

Una memoria relegada

Tras la derrota de Rosas en Caseros, en 1852, comenzó una profunda reorganización política del país.

La historiografía liberal construyó un relato nacional que destacó la figura de Garibaldi como un luchador por la libertad, resaltando especialmente su posterior participación en la unificación italiana.

Ese reconocimiento internacional terminó proyectándose también sobre su actuación en el Río de la Plata.

Los episodios ocurridos en Gualeguaychú quedaron relegados a un segundo plano.

Mientras crecían los monumentos dedicados al revolucionario italiano, el recuerdo del sufrimiento experimentado por la población entrerriana fue desapareciendo lentamente de la memoria colectiva.

La construcción del mito

La gran inmigración italiana que comenzó décadas después encontró en Garibaldi un símbolo de patriotismo.

Miles de inmigrantes llegaron a la Argentina admirando al héroe que había contribuido a la unidad italiana.

Pocos conocían su actuación militar en Sudamérica.

La mayor parte de la bibliografía difundía la imagen del libertador europeo, mientras que las campañas desarrolladas en el litoral argentino apenas ocupaban algunas páginas.

No se trata de negar la importancia histórica de Garibaldi en la construcción del Estado italiano.

Tampoco de desconocer su influencia política en el siglo XIX.

Pero sí de recordar que los grandes personajes históricos deben ser analizados en toda su dimensión, incluyendo aquellos episodios que resultan incómodos para la memoria oficial.

Historia y memoria

Toda sociedad selecciona qué acontecimientos recordar y cuáles olvidar.

La memoria colectiva suele privilegiar las victorias, los héroes y las gestas gloriosas.

Las derrotas, los sufrimientos de la población civil y los episodios controvertidos suelen quedar relegados o ser objeto de interpretaciones contrapuestas.

Gualeguaychú constituye un ejemplo de ese fenómeno.

Su historia no comenzó con el carnaval ni con el conflicto de las pasteras.

Mucho antes, en pleno siglo XIX, sus habitantes padecieron los efectos de una guerra que excedía largamente sus posibilidades de defensa y que respondía a intereses políticos y estratégicos mucho más amplios que los de aquella pequeña villa entrerriana.

Reflexión final

La historia no debe convertirse en un instrumento de exaltación ni de condena automática.

Debe ser, ante todo, un ejercicio permanente de búsqueda de la verdad.

Recuperar episodios poco conocidos no implica destruir héroes ni reemplazar unos mitos por otros; significa reconocer que los procesos históricos son complejos y que incluso las figuras más admiradas pueden haber protagonizado acciones cuya valoración merece ser revisada a la luz de la documentación disponible.

Quizá haya llegado el momento de que Gualeguaychú recuerde también esta parte de su pasado.

No para alimentar resentimientos ni reabrir viejas heridas, sino para completar una historia que durante demasiado tiempo permaneció incompleta.

Porque los pueblos que conocen íntegramente su pasado —con sus luces y sus sombras— están mejor preparados para comprender su presente y construir su futuro.

24 julio 2026

LA MASONERÍA Y SU OBRA DEMOLEDORA DE LA SOCIEDAD CRISTIANA

 
LA MASONERÍA Y SU OBRA DEMOLEDORA DE LA SOCIEDAD CRISTIANA


Por el Dr. Eduardo Rubén Pennisi


A principios del siglos XVIII, todas las fuerzas anticatólicas (deístas, materialistas, librepensadores), se agruparon en una poderosa agrupación que tomó el nombre de masonería.


La masonería

Los orígenes de la masonería son muy remotos. Según una leyenda, Hiram, arquitecto del templo de Salomón, había separado a sus obreros por grupos de oficios, siendo el de los albañiles  uno de los más importantes. Según otra opinión más lógica y muy extendida, los orígenes de la masonería deben situarse en el siglo VIII. Inmediatamente después de las invasiones de los bárbaros, cuando los pueblos fijaron definitivamente su asiento, se formaron muchas sociedades de albañiles, que se extendieron por Europa para la edificación de casas, palacios y templos, y luego para la construcción de las maravillosas catedrales góticas, gloria de la Edad media. La masonería era en aquella época, una simple agrupación corporativa profesional, que guardaba sus procedimientos secretos y que solo confiaba a los miembros de la corporación. Como estas asociaciones, con motivo de los servicios públicos que prestaban, habían recibido de los papas y de los príncipes multitud de privilegios, como el de la exención de impuestos, se conocieron con el nombre de masones o albañiles francos. Estas asociaciones, no teniendo después razón de existir, desaparecieron paulatinamente. Luego se formaron de nuevo en Inglaterra, después del formidable incendio de Londres de 1666. Cuando se terminaron las reconstrucciones, la masonería perdió su carácter profesional y se convirtió en una sociedad filantrópica y política, que, en recuerdo del pasado, tomó como insignias los instrumentos del albañil, tales como el mandil, la escuadra y el compás.

En 1717 se formó la Gran Logia de Londres, que vino a ser el centro del librepensamiento y se constituyó según las normas del sacerdote inglés Anderson. Según esta constitución, los masones honran al “Gran Arquitecto del Universo” o creador del orden natural, y no al autor del orden sobrenatural. En apariencia su objeto es simplemente moral y filantrópico, pero en realidad, pretenden destruir el orden religioso y social.

La masonería pasó de Inglaterra a Francia, fundando en 1721 su primera logia en Dunkerke. En 1772 se fundó el Gran Oriente de Francia, que tiene su sede en París. La masonería, gracias a su programa filantrópico, sedujo a un buen número de nobles y sacerdotes que no habían adivinado el fin secreto de la sociedad. Los papas más clarividentes, no tardaron en darse cuenta de que se encontraban frente a un nuevo enemigo. Así pues, la masonería fue condenada en distintas ocasiones. Por Clemente XII en 1738, por Benedicto XIV en 1751, por Pío VII en 1821, por Pío IX en 1865 y por León XIII en su inolvidable encíclica Humanum Genus.

Para lograr su objetivo, los masones centralizaron sus esfuerzos individuales en una obra común, la “Enciclopedia”: brazo ejecutor de la masonería.

Montesquieu (arquitecto del nuevo orden), Rousseau (destructor del orden social tradicional), Voltaire (destructor del orden religioso) y Diderot (sostuvo que Dios no existe en la naturaleza) son su máxima expresión. Estos crearon de esta forma una monstruosa máquina de guerra dirigida contra la creación y tenía por objeto final sustituir el culto tradicional por el nuevo culto de la “diosa razón” y del materialismo.

Para los fieles católicos, la pertenencia a la masonería es causal de excomunión (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 26-11-83).

La doctrina masonica

La Masonería se basa y propone  ciertos principios político-doctrinarios que vamos a sintetizar aquí:

Principio de la fuerza superior: Reconocida como el “Gran Arquitecto del Universo”, dios deísta, impersonal, vago e indefinido, una simple fuerza constructora ordenadora y evolutiva.  Creadora del orden natural pero no del sobrenatural.

Principio del libre pensamiento: Libertad total, universal, absoluta e ilimitada de creer lo que se quiera, como se quiera o no creer nada. Derecho declarado anterior y superior a todas las creencias religiosas.

Principio de la tolerancia mutua: No se pueden imponer dogmas ni exigir servilismo espiritual. Lo único que no se puede tolerar es la posición antimasónica, he aquí su gran paradoja y contradicción.

Principio de la autonomía de la razón: Cada hombre debe actuar según su propia razón y conciencia. Por eso no aceptan la Revelación divina. Toda verdad que no se base en la razón es superstición y prejuicio.

Principio de la libertad de culto: Es el corolario de los principios anteriores. Cada uno puede regular su relación con el Ser Supremo como guste.

Principio de la libertad de conciencia: Cualquier coacción o influjo externo físico o moral para orientar el pensamiento del individuo es considerado un atentado contra el derecho, por eso debe ser denunciado como fanatismo, violencia o injusticia. Por supuesto que no hay libertad para pensar distinto a los masones, por lo que allí encontramos otra gran contradicción.

Principio del indiferentismo religioso: El medio ambiente en el cual vive el hombre debe ser neutral, sin favorecer ni hostilizar a ninguna religión, porque todas las religiones son buenas. No hay una Revelación verdadera y Jesucristo no es el Verbo eterno que se hizo hombre y puso su morada entre nosotros.

Principio del Estado neutro: El Estado debe mantenerse oficialmente indiferente y neutro ante cualquier religión concreta. Es la tesis del agnosticismo moral y religioso del Estado y de sus leyes. Las leyes divinas, que los masones no reconocen, no deben regular la vida de los estados, y se puede legislar apartándose de ellas. Es el extremo laicismo. Este laicismo lleva al anticlericalismo. Este principio es la causa de la separación de la Iglesia y el Estado. Como se dio por ejemplo en la legislación mejicana del siglo XX.

Principio de la enseñanza laica: La enseñanza debe ser neutra en materia religiosa. Escuelas sin religión, sin Dios y sin representantes de Dios. Esto lleva a la educación atea. Respecto a Cristo, esto es imposible de aceptar por un católico: “el que no está conmigo está contra Mí”. Luchan por formar agnósticos, aun cuando proclaman la existencia de un dios impersonal.

Principio de la moral independiente: La moral está divorciada de la religión y no se basa en la Revelación divina, que ellos no reconocen. Los masones dicen que uno de sus fines es la moral, pero una moral neutral sin Dios.

Principio de la religión natural: La religión oficial y pública debe mantenerse en los límites de la religión natural indicada por verdades básicas, pacíficamente aceptadas y comunes a todas las religiones. Es el regreso al paganismo y a su versión moderna: la New Age.

 

Conclusión

Los masones tienen dos lemas que han cumplido y cumplen puntillosamente: el primero es “solve et cuagula”: disolver, derribar, destruir y volver a construir. Qué fue sino la primera República Francesa (1792) obra de la Revolución Francesa de 1789[1];  en segundo lugar el lema “Ni trono, ni altar”. A raíz de este lema operativo han tratado siempre de aniquilar las monarquías cristianas y a la misma Iglesia Católica[2]. Pero aún hay más: algunos afirman que la Primera Guerra Mundial fue orquestada y llevada a cabo por la masonería. No por nada el resultado político de la Gran Guerra ha sido la desaparición del Imperio Alemán (cristiano protestante), el Imperio Austro Húngaro (imperio católico) y del Imperio Ruso (cristiano ortodoxo). “Cosa veredes, Sancho, que non crederes…”.



[1] La Revolución Francesa fue su obra magna en este sentido. Derribada la Monarquia, quedó el camino libre para instaurar la República.

[2] Hay autores que afirman que como en doscientos años no la han podido destruir desde afuera, la ulterior estrategia fue infiltrarla, para destruirla desde adentro. Pero ese es tema de otro estudio.


INFOGRAFIA:



📌 ANÁLISIS

La relación entre la masonería y la Iglesia Católica constituye uno de los debates históricos, religiosos y políticos más prolongados de la Edad Contemporánea. Desde el siglo XVIII, diversos pontífices condenaron la pertenencia de los fieles católicos a las logias masónicas, al considerar que determinados principios masónicos resultaban incompatibles con la doctrina de la Iglesia.

El artículo del Dr. Eduardo Rubén Pennisi expone esa interpretación desde una perspectiva confesional católica, repasando el origen histórico de la masonería, sus principios doctrinarios y las razones por las cuales el Magisterio eclesiástico ha mantenido una posición crítica frente a esta institución.

Más allá de las distintas valoraciones existentes sobre la masonería, el tema continúa siendo objeto de estudio por historiadores, juristas, filósofos y teólogos. Su influencia en diversos procesos políticos, culturales y sociales de los siglos XVIII, XIX y XX sigue generando interpretaciones contrapuestas dentro del ámbito académico e historiográfico.

Comprender este debate exige conocer tanto la posición oficial de la Iglesia Católica como las diversas interpretaciones históricas sobre el papel desempeñado por la masonería en la evolución del pensamiento político moderno, evitando simplificaciones y promoviendo un análisis crítico sustentado en fuentes documentales.

(*) Dr. Eduardo Rubén Pennisi. Abogado, graduado de la Universisdad Católica Argentina. Profesor Titular de Derecho Político de la Universidad Abierta Interamericana. Ex Profesor Titular de Derwecho Canónico y Derecho Público Eclesiástico de la Universisdad Católica Argentina. Doctor en Ciencias Jurídicas por la UCA (2013), su tesis llevó por título: “La Religión Católica en la Constitución Argentina. Estudio acerca de la intangibilidad del Art. 2 de la Constitución Nacional. Teoría de la Trilogía de la Confesionalidad Católica del Estado Argentino”.  Es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora hasta la actualidad. Ha dado varias charlas y conferencias en nuestro ámbito. Llegando incluso a dictar conferencias sobre Derecho Público Eclesiástico en la Universidad Estatal de Moscú en el año 2000 y en la Universidad de Fulda (Alemania) en 2009. Es cofundador de la Asociación de Abogados Católicos de la Diocesis de Lomas de Zamora. Fue designado Director del Instituto de Derecho Canónico y Derecho Público Eclesiástico del Colegio de Abogados de Lomas de Zamora en 2013. Es autor de varios libros:  ”Historia de las Relaciones entre la Iglesia y el Estado”. “Elementos de Derecho Constitucional”. “Iglesia y Estado. Nociones de Derecho Público Eclesiástico”. “Libertad Religiosa”. “La Justicia y el Derecho en Santo Tomás de Aquino”, entre otros.

22 julio 2026

CLASE MEDIA: LA CLASE SOCIAL QUE NUNCA EXISTIÓ


CLASE MEDIA: LA CLASE SOCIAL QUE NUNCA EXISTIÓ.

Por el Dr. Octavio Daniel Curto (*)

Agosto de 1945, finaliza la Segunda Guerra Mundial y el gran ganador no fue Estados Unidos, sino la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Iosif Stalin, llamado el Pequeño Padre de los Pueblos, tomó posesión de aquello que ya había reclamado en las Conferencias de Yalta y Postdam, es decir, todos aquellos territorios que había librado de los alemanes en el oeste, y de los japoneses en el este. En occidente incluía Polonia, un tercio de Alemania y la mitad de Berlín, Checoslovaquia y todos los países de la península Balcánica excepto Grecia; los países bálticos ya estaban en su esfera de influencia desde antes, gracias al Pacto Ribbentrop-Molotov. Y en oriente, toda Manchuria, Corea del Norte y algunas islas japonesas.

Los aliados occidentales (especialmente Estados Unidos y Gran Bretaña) percibieron enseguida las pretensiones de Stalin, pero ninguno quería oponerse al país que había derrotado por primera vez a Hitler haciéndolo retroceder y malogrando la pretenciosa Operación Barbarroja. 

También eran conscientes de que Japón se había rendido no por Hiroshima y Nagasaki, sino porque los soviéticos habían destruido en menos de dos semanas a un ejército nipón de casi un millón de efectivos de elite que ocupaba China y el emperador Hirohito prefirió negociar con Estados Unidos para intentar salvar su trono imperial antes que sufrir una muerte segura a manos de Stalin. 

Así comenzó la Guerra Fría que no consistió sólo en una competencia militar, tecnológica, armamentística y hasta espacial para intimidar al rival, sino, fundamentalmente, en una competencia propagandística que hoy en día es conocida con el eufemismo de “guerra cultural”.

Estados Unidos temía a la influencia de la ideología marxista de vertiente soviética en todo el mundo y sabía del financiamiento de Moscú a movimientos revolucionarios que tenían por finalidad instaurar regímenes comunistas a lo largo y ancho del globo. Por lo tanto, frenar a toda costa el avance del marxismo se convirtió en la obsesión del gigante norteamericano, a tal punto que fue la causa directa de la Guerra de Corea, el bloqueo a Cuba y el fallido intento de Bahía de Cochinos, la Guerra de Vietnam y el Plan Cóndor en América Latina. 

No obstante, cayó en la cuenta que intentar frenar su avance sólo intentando imponer supremacía militar no era suficiente porque el sistema económico que lo sustentaba tenía una anomalía estructural que no lo hacía atractivo para las grandes mayorías de un mundo esencialmente pobre. 

Y ese defecto fundamental era el capitalismo, como lo sigue siendo hoy en día en cualquiera de sus variantes: liberal, neoliberal, libertaria, anarcocapitalista, keynesiana, de la Escuela de Chicago o la Escuela Austríaca porque concentra la riqueza en manos de unos pocos y sólo administra la pobreza y la miseria para las grandes mayorías. Por ello, y viendo el ejemplo soviético, muchos se dieron cuenta de que el mantra del esfuerzo personal y el mérito que llevan a la riqueza era tan tramposo como la zanahoria delante del burro.

Alarmados por cómo jugaban los soviéticos sus fichas en el tablero mundial, los estadounidenses sabían que el enfrentamiento no sólo debía darse en el campo de batalla, sino especialmente en el ámbito cultural y filosófico y fue ahí donde intentaron desmontar lo que tenía de atractivo el sistema fundante del oponente. El marxismo tiene como eje central el concepto del materialismo dialéctico como motor de la historia y que, en el capitalismo, se manifiesta a través de la “lucha de clases”, es decir, la lucha entre la clase burguesa y la clase proletaria u obrera. 

La primera se compone de todos aquellos que por el motivo que sea lograron acumular cierto capital y, o viven de rentas como el pequeño burgués, o compran los medios de producción (tierras, maquinaria, instalaciones, materias primas, etcétera) y contratan fuerza de trabajo barata para aumentar sus márgenes de ganancia quitándole a los trabajadores el famoso concepto de “plusvalía”, llamándose a éstos últimos, específicamente, capitalistas o grandes burgueses. 

Por su parte, el proletariado se componía de aquellas personas que sólo podían vender su fuerza de trabajo y no tenían más posesiones que su prole, es decir, sus hijos. Y, aun así, había un escalón por debajo, el de los lúmpenes que eran aquellos que ni siquiera su fuerza de trabajo podían vender. 

Pero la diferencia fundamental era que los burgueses podían darse el lujo de no trabajar gracias al capital acumulado o a la explotación de los obreros, mientras que éstos últimos debían trabajar continuamente en condiciones de esclavitud fáctica sólo para seguir viviendo en la miseria.

Según el marxismo, las grandes masas obreras cansadas de la explotación de la burguesía se rebelarían destruyendo el sistema capitalista, a los mismos burgueses y a todos los estamentos de su poder, instaurarían la “dictadura del proletariado”, nacionalizarían todos los medios de producción y sería el Estado quien organizaría y planificaría la economía para que todos pudieran llevar una vida digna e igualitaria sin ricos ni privilegiados. ¿Cómo podían los intelectuales, filósofos y economistas burgueses desmontar la filosofía de Carlos Marx y su férrea defensa por parte de muchos intelectuales y filósofos occidentales?

Pues lo hicieron en dos tramos. En primer lugar, aplicando la falacia retórica “ad hominem” con la creación de una leyenda negra sobre el mismo Marx (afirmando que nunca trabajó, que dejó morir a sus hijos de hambre, etcétera) esperando que al desautorizar a Marx como persona quedara desautorizada también su filosofía sin tener que rebatirla con argumentos. Y, en segundo lugar, retocando un aspecto de la columna vertebral del marxismo, o sea, su materialismo histórico. Era necesario inventar algo que le quitara su carácter de inevitable a la lucha de clases entre capitalistas y obreros y la única alternativa consistía en eliminar de la ecuación a uno de los contendientes. 

No podían eliminar a los capitalistas y burgueses porque el sistema entero fue creado, controlado y manipulado a su antojo por ellos mismos. Ergo, debían borrar de la ecuación a los proletarios y lo hicieron con una metodología sencillísima; si las manifestaciones externas de esa clase eran la pobreza crónica y perpetua, la explotación laboral, los míseros salarios, el hacinamiento, las enfermedades, el hambre, la alta mortalidad infantil, la baja expectativa de vida y la imposibilidad absoluta de ascenso social, entonces debían mejorar sus condiciones de vida lo suficiente como para que no se consideraran lúmpenes, y con una propaganda continua que los convenciera de que podían aspirar al ascenso social a través del esfuerzo personal y el mérito. 

Así nació el “Estado del Bienestar” que fue la línea defensiva del capitalismo internacional ante el avance del comunismo, pues si éste se imponía por la lucha continua entre capitalistas y proletarios, pero éstos ya no se consideraban como tales, entonces no era necesaria ya ni la lucha, ni la dictadura del proletariado ni la estatización de los medios de producción. Ya no había dos contendientes, sino tres clases sociales: los capitalistas burgueses, los que vivían en la miseria porque no querían esforzarse ni ascender por la falacia de la meritocracia, y un nuevo estamento que se ubicaba entre estos dos y que poseía lo suficiente para no ser un lumpen, pero tampoco para ser un burgués.

De tal modo, la estratagema se completó al darle a ese estamento social un nombre, una identidad y un sentido de pertenencia insuflando a aquellos que creían formar parte de él un elemento aspiracional (llegar algún día a ser un burgués rico) y un terror existencial (caer y convertirse en lúmpenes); el nombre debía ser estratégicamente genérico, indefinido y borroso para incluir a la mayoría de la población y así surgió la “clase media”. 

Pero ¿por qué “media”? Pues porque comprendía a aquellos que estaban entre medio de los ricos y los miserables, es decir, los trabajadores que no llegaban ni llegarían nunca a ser capitalistas y los que vivían en la pobreza, pero sin llegar a la miseria.

No obstante, la designación escondió y sigue escondiendo un resorte cultural oculto y genial: si los que se autopercibían como clase media querían llegar a la cúspide, al Olimpo de los burgueses ricos, tenían la obligación moral de defender el mismo sistema que los estaba engañando, y así los capitalistas reclutaron gratuitamente un inmenso ejército de defensores aspiracionales que veían al comunismo como la herramienta del mal que evitaría que se convirtieran, algún día, en burgueses. La maniobra fue tan genial que, hasta el día de hoy, si se le pregunta a alguien en la calle a qué clase social cree pertenecer, su respuesta será “clase media, clase media alta o clase media baja” a pesar de que sus ingresos, su nivel de vida y su vestimenta lo contradigan evidentemente. 

Esta particularidad evidencia dos cosas: primero, lo amplio, elástico e indefinido del término y, segundo, que lo meramente aspiracional los ciega lo suficiente como para no ver la realidad que los oprime al punto de admirar y querer emular a quienes los explotan y se llevan todos los beneficios y despreciar a aquellos que son apenas más pobres que ellos. Son incapaces de ver que el verdadero burgués puede darse el lujo de no trabajar mientras que el burgués aspiracional (quien se percibe de clase media) no podrá dejar de trabajar nunca por más que sus ingresos sean superiores a la media, serán en todo caso obreros especializados, y los comerciantes y prestadores de servicios serán en todo caso el equivalente medieval de los artesanos, pero jamás burgueses en el sentido capitalista del término. 

El lavado de cerebro fue tan completo que convencieron a las mayorías de que no pertenecen a la clase obrera por más que tengan que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, sino a una inexistente clase media que, como el burro persiguiendo a la zanahoria, algún día (que nunca llegará) podrán dejar de trabajar.

Pero hay una noticia peor. Cuando cayó el muro de Berlín en 1989 y se disolvió la Unión Soviética en 1991, el establishment capitalista internacional quedó como el vencedor en el campo de batalla y cayó en la cuenta que ya no necesitaba a la enorme masa de engañados por lo que la clase media ya no era necesaria. 

No por nada aquellos hechos históricos coinciden con el surgimiento del neoliberalismo en todo el mundo que no fue otra cosa más que el regreso al sistema anterior a la Unión Soviética y la barrera del Estado del Bienestar. 

A partir de dicho momento, las antes “pujantes” clases medias se pauperizaron y debieron bajar su nivel de vida, sus proyectos y sus aspiraciones, pero así y todo no terminan de abandonar la creencia de que, alguna vez, llegarán a ser burgueses a pesar de que el sistema ya les demostró que eso nunca ocurrirá.

Por lo dicho, resulta evidente que aquellos que todavía creen pertenecer a la clase media parecieran sufrir de dos trastornos: la disforia de clase que consiste en autopercibirse subjetivamente como perteneciente a una clase social más alta cuando su realidad objetiva desmiente totalmente su autopercepción, y la disonancia cognitiva que consiste en sostener una idea o una creencia personal aun a pesar de que todas las evidencias objetivas y empíricas demuestran lo contrario.

Y como los datos matan cualquier relato, pueden ofrecerse tres:

a) La Organización Internacional del Trabajo (O.I.T.) integrante de la O.N.U. informa que el 10% más rico de la población mundial se lleva actualmente el 52% de la renta mundial, mientras que la mitad más pobre obtiene el 6,5%.

b) En 2025, por primera vez en la historia, todos los milmillonarios de hasta 30 años de edad heredaron su fortuna.

c) El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz en su trabajo sobre la teoría de la información asimétrica escribió: “El 90 % de los que nacen pobres mueren pobres, por inteligentes y trabajadores que sean, y el 90 % de los que nacen ricos mueren ricos, por idiotas y haraganes que sean. Por ello, deducimos que el mérito no tiene ningún valor.”.

En todo caso, adquiere actualidad y mayor fuerza la famosa frase del famoso escritor Mark Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”.


(*) Dr. Octavio Daniel Curto es abogado, profesor, de lengua y literatura. Ha dedicado gran parte de su actividad intelectual al estudio de la historia, la literatura, la filosofía política y los procesos culturales contemporáneos. Es colaborador de Magazine Observador, donde publica artículos de análisis y reflexión sobre política internacional, geopolítica, derecho, historia y pensamiento occidental, abordando los grandes debates de nuestro tiempo desde una perspectiva crítica e interdisciplinaria.

18 junio 2026

ESTA BANDERA NO SE ARRIA NI SE ENTREGA

 

Por Aurelio Nicolella

Las palabras que llenan de orgullo a más de un oriental fueron pronunciadas por Timoteo Domínguez en la isla Martín García. Al pronunciarlas, dejó en claro que el "orgullo oriental" existía y persistía desde los tiempos de las luchas patrias encabezadas por José Gervasio Artigas.

Timoteo Domínguez era entonces comandante de la guarnición oriental que ocupaba la isla desde los tiempos en que el almirante francés Le Prédour había tomado posesión de ella durante el conflicto internacional librado contra el gobernador argentino Juan Manuel de Rosas.

Concluida aquella confrontación y derrotado Rosas en la batalla de Caseros, el general argentino Justo José de Urquiza, con el apoyo de tropas brasileñas, orientales y de la escuadra francesa, asumió el gobierno de la Confederación Argentina.

Cumplida la misión militar y desaparecido el interés estratégico que había motivado la ocupación, Le Prédour decidió retirarse de Martín García. Antes de hacerlo, remitió comunicaciones a los gobiernos de Montevideo y Buenos Aires manifestando que: "La suerte de la isla debía depender de los arreglos que se formaran entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de la República Oriental del Uruguay".

La posición argentina fue inmediata y categórica. Buenos Aires sostuvo que la isla constituía patrimonio histórico de la Confederación, por lo que no existía cuestión alguna que negociar. Le Prédour debió presentar las excusas correspondientes al gobierno argentino, pues había actuado creyendo realizar un gesto diplomático al invitar a ambas naciones a dialogar sobre la cuestión.

Poco después, el gobierno argentino remitió una nota diplomática al Poder Ejecutivo uruguayo solicitando la entrega de la isla a las autoridades de la Confederación, advirtiendo que entre los días 10 y 15 de marzo de 1853 partiría desde Buenos Aires una fuerza militar suficiente para tomar posesión definitiva del territorio.

Mientras tanto, Timoteo Domínguez permanecía en Martín García junto a un pequeño destacamento oriental, integrado además por cinco mujeres y tres niños, manteniendo una ocupación pacífica aunque contando con algunos pertrechos militares.

El 16 de marzo de 1853 arribaron a la isla tropas y embarcaciones argentinas. Para entonces, Domínguez ya había recibido instrucciones del gobierno de Montevideo ordenándole entregar el territorio a las autoridades argentinas.

Fue entonces cuando ocurrió la escena que inmortalizaría su nombre. Reunió a sus hombres, a las mujeres y a los niños frente al mástil donde flameaba la bandera oriental y, con profunda emoción e impotencia, pronunció una frase destinada a ingresar en la memoria histórica uruguaya:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."

Acto seguido, retiró el pabellón nacional, desmontó el mástil, lo cargó sobre sus hombros y abordó un ballenero rumbo a Colonia del Sacramento, dejando atrás la isla Martín García.

Aquellas palabras expresaron el dolor y la dignidad de un hombre que cumplía una orden sin renunciar a sus convicciones patrióticas. La popularidad de Domínguez creció rápidamente en el Uruguay, donde muchos vieron en su actitud la representac
ión del orgullo nacional herido.

Pero el destino le reservaba un final trágico. Apenas ocho meses después de su regreso, mientras ejercía como jefe político del departamento de Soriano, fue capturado durante una revuelta partidaria. Sus enemigos lo decapitaron y enviaron su cabeza a su esposa, la misma mujer que había compartido con él los días de aislamiento en la isla Martín García.

Sin embargo, la historia parecía no haber terminado allí.

A partir de 1965 comenzó a emerger, al noroeste de Martín García, un banco de limo y arena producto de la sedimentación natural del Río de la Plata. El Tratado del Río de la Plata, firmado entre Argentina y Uruguay en 1973, estableció que Martín García permanecería bajo soberanía argentina, pero que las nuevas islas surgidas por sedimentación corresponderían al país en cuyas aguas se formaran.

Con el correr de los años, aquella elevación se convirtió en una isla de dimensiones significativas. Uruguay decidió bautizarla Timoteo Domínguez, en homenaje al hombre que un siglo antes había pronunciado la célebre frase.

La ironía de la historia quiso que la isla Timoteo Domínguez terminara uniéndose físicamente a Martín García, transformando a esta última en un enclave argentino rodeado por territorio uruguayo.

De algún modo, Timoteo Domínguez volvió al lugar del que había partido. Como un símbolo del espíritu oriental, su nombre permanece unido para siempre a la isla que se resistió a abandonar.

Tal vez sea sólo una metáfora. O quizás, como gustan decir algunos orientales, sea el eterno regreso de aquel hombre que, frente a la adversidad, proclamó con firmeza:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."

16 junio 2026

16 DE JUNIO DE 1955: EL BOMBARDEO DE PLAZA DE MAYO Y LA QUEMA DE IGLESIAS. UNA JORNADA TRAGICA PARA LA ARGENTINA


Por Aurelio Nicolella

El 16 de junio de 1955 constituye una de las fechas más dramáticas de la historia argentina contemporánea. En el marco de una creciente confrontación política entre el gobierno del presidente Juan Domingo Perón y diversos sectores opositores, una sublevación militar intentó derrocar al gobierno constitucional mediante un ataque aéreo sobre la ciudad de Buenos Aires. Ese mismo día, durante la noche, varios templos católicos fueron incendiados y saqueados. Ambos episodios dejaron profundas heridas en la memoria nacional.

A las 12:40 horas aproximadamente, aviones pertenecientes a sectores de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea comenzaron a bombardear y ametrallar la Plaza de Mayo y sus alrededores. El objetivo de los rebeldes era asesinar al presidente Perón y provocar un levantamiento general de las Fuerzas Armadas que pusiera fin a su gobierno.

Sin embargo, el presidente no se encontraba en la Casa Rosada al momento del ataque. Quienes sí estaban allí eran cientos de trabajadores, empleados públicos, transeúntes y ciudadanos que circulaban por el centro porteño. Además, numerosos simpatizantes peronistas habían sido convocados a concentrarse en la plaza en apoyo al gobierno.

Durante varias horas, las aeronaves descargaron bombas sobre la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, el edificio del Ministerio de Ejército y otros sectores cercanos. También se registraron ametrallamientos sobre personas que intentaban escapar o auxiliar a las víctimas. El saldo fue devastador.

Aunque las cifras exactas continúan siendo objeto de estudio, existe consenso en que murieron más de 300 personas y resultaron heridas centenares. Las investigaciones históricas más recientes han identificado al menos 308 víctimas fatales, aunque algunos autores sostienen que el número pudo haber sido mayor. La inmensa mayoría eran civiles sin participación en las acciones militares.

El bombardeo de Plaza de Mayo es considerado el mayor ataque aéreo perpetrado contra población civil en la historia argentina. La magnitud del hecho provocó conmoción tanto dentro como fuera del país. Los responsables directos de la sublevación justificaron sus acciones como un intento de terminar con lo que consideraban un régimen autoritario; sin embargo, el elevado número de víctimas civiles convirtió al episodio en uno de los acontecimientos más repudiados del siglo XX argentino.

En medio del desconcierto y la tensión generados por el ataque, durante la noche del 16 de junio fueron incendiadas varias iglesias del centro de Buenos Aires. Entre ellas se encontraban la Curia Metropolitana, Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, San Miguel Arcángel y La Merced. Además de los daños materiales, se perdieron documentos históricos, bibliotecas y valiosas obras de arte religioso.

La relación entre el gobierno peronista y la Iglesia Católica atravesaba desde hacía meses un período de fuerte deterioro. La eliminación de la enseñanza religiosa obligatoria, la sanción de la ley de divorcio vincular y otras medidas impulsadas por el oficialismo habían profundizado el conflicto con sectores eclesiásticos. La multitudinaria celebración del Corpus Christi del 11 de junio de 1955 evidenció públicamente esa fractura.

Respecto de la responsabilidad por la quema de iglesias, persisten interpretaciones divergentes entre los historiadores. Algunos sostienen que participaron grupos vinculados al oficialismo; otros señalan la insuficiencia de las investigaciones realizadas y la existencia de interrogantes que nunca fueron completamente esclarecidos. Lo que no admite discusión es que se trató de un grave atentado contra la libertad religiosa y contra el patrimonio histórico y cultural de la Nación.

Los sucesos del 16 de junio de 1955 reflejan el nivel de polarización que había alcanzado la sociedad argentina. Tanto el bombardeo sobre civiles indefensos como la destrucción de templos religiosos constituyeron expresiones extremas de una lógica de enfrentamiento que debilitó las instituciones democráticas y abrió el camino hacia nuevas crisis políticas.

Recordar objetivamente aquella jornada implica rechazar toda forma de violencia política, cualquiera sea el sector del que provenga. La memoria histórica exige reconocer el dolor de las víctimas del bombardeo de Plaza de Mayo y condenar la destrucción de iglesias y bienes culturales. Sólo una mirada serena y equilibrada sobre el pasado permite extraer enseñanzas para consolidar una convivencia basada en el respeto, el pluralismo y la defensa irrestricta de la vida humana.

Nota del autor: El 16 de junio de 1955 no debe ser recordado desde la lógica de vencedores y vencidos, sino como una advertencia sobre los peligros del fanatismo político. Las más de trescientas víctimas del bombardeo de Plaza de Mayo y la destrucción del patrimonio religioso argentino forman parte de una misma tragedia nacional, cuya comprensión exige verdad histórica, prudencia interpretativa y respeto por todas las víctimas.

18 mayo 2026

ARTIGAS: ¿PROCÉR URUGUAYO O CAUDILLO ARGENTINO, TRAICIONADO POR LA GEOPOLÍTICA?


Por Aurelio Nicolella


Pocas figuras históricas generan una disputa tan incómoda como José Gervasio Artigas. La historia oficial uruguaya lo convirtió en el “Padre de la Patria”, lo colocó en monumentos, escuelas y billetes, y lo transformó en el símbolo fundador de la nación oriental. Sin embargo, existe una pregunta que incomoda a ambos lados del Río de la Plata: ¿y si Artigas jamás luchó por crear Uruguay? ¿Y si, en realidad, su patria era otra?

 

El problema para el relato nacional uruguayo es que Artigas nunca peleó por la independencia de un Estado uruguayo separado. Su proyecto político era el de las Provincias Unidas del Río de la Plata organizadas bajo un sistema federal. Su Liga de los Pueblos Libres integraba a la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Misiones bajo una idea que hoy podría describirse como una confederación rioplatense. Su disputa central no era contra Buenos Aires en sí misma, sino contra el centralismo porteño y la concentración del poder.

 

Pero la historia no se mueve solo por ideales; también se mueve por intereses y por geopolítica.

 

A comienzos del siglo XIX, el Río de la Plata era un espacio estratégico. Controlar la Banda Oriental significaba controlar accesos fluviales, comercio y equilibrio regional. El avance del Imperio del Brasil, las disputas internas y los intereses británicos terminaron moldeando un escenario donde la fragmentación comenzó a ser funcional. Una gran federación rioplatense fuerte podía convertirse en una potencia regional; territorios separados eran más manejables para los intereses de la época.

 

En ese contexto, la creación del Uruguay independiente suele ser interpretada por algunos historiadores no como la realización del proyecto artiguista, sino como el resultado de un equilibrio geopolítico: un Estado tapón entre Buenos Aires y Brasil. En otras palabras, el país que luego adoptó a Artigas como padre fundador terminó naciendo de una lógica distinta —e incluso opuesta— a la que él defendía.

 

Y hay un dato que suele quedar fuera del relato escolar: el testamento de Artigas.

 

En ese documento, redactado durante su exilio paraguayo, Artigas se definió como “ciudadano argentino”, una frase que continúa provocando debates y que golpea directamente ciertas lecturas posteriores de su figura. Porque si el propio Artigas se reconocía dentro del mundo político rioplatense de las Provincias Unidas, entonces la discusión deja de ser una disputa moderna entre argentinos y uruguayos y se convierte en una cuestión mucho más profunda: ¿a qué patria creía pertenecer realmente?

 

Claro que algunos sostienen —con razón— que la palabra “argentino” en aquella época no tenía el mismo significado nacional actual. Pero justamente ese argumento fortalece otra interpretación: su identidad estaba vinculada a una comunidad política más amplia, una patria rioplatense y federal que excedía las fronteras construidas después. 

24 marzo 2026

JAIME LUIS ENRIQUE PERRIAUX: EL IDEOLOGO DETRÁS DEL GOLPE DE 1976

Por Aurelio Nicolella

Cuando se habla de que el golpe de estado que sufrió la Republica Argentina en 1976 no fue un golpe cuartelero, sino que intervinieron muchos personales ajenos a lo castrense como el caso de Jaime Luis Enrique Perriaux nacido en 1920, fue un abogado y pensador argentino cuya influencia combinó lo intelectual con lo político, dejando una marca profunda y polémica en la historia del país. Discípulo del filósofo español José Ortega y Gasset, Perriaux desarrolló un pensamiento político conservador y de derecha, centrado en la idea de ordenar la sociedad argentina según líneas que él consideraba “racionales y modernas”.

Aunque sus cargos públicos se concentraron entre 1970 y 1971, Perriaux mantuvo influencia decisiva en la planificación y orientación del golpe de 1976 y en los primeros años del Proceso de Reorganización Nacional.

Su obra más conocida, “Las Generaciones Argentinas”, analiza la historia y evolución de la sociedad argentina a través del concepto de generaciones. Perriaux sostiene que los grupos de individuos nacidos en distintas épocas poseen valores, hábitos y visiones del mundo particulares, y que estas diferencias determinan el rumbo político, económico y cultural del país. Desde su perspectiva conservadora, critica lo que él consideraba decadencia de ciertas generaciones y propone un orden social basado en autoridad, disciplina y liderazgo intelectual, reflejando su intento de conectar pensamiento filosófico con planificación política y social.

En 1949, en Madrid, conoció al filósofo Julián Marías, con quien mantuvo una profunda amistad, consolidando su formación filosófica y su capacidad de articular ideas en torno a la política y la economía.

Tuvo u rol en el poder de facto de Argentina, así Perriaux fue Ministro de Justicia durante la presidencia de facto de Roberto Levingston (1970-1971) y continuó en el cargo bajo Alejandro Lanusse. Más allá de su gestión formal, su verdadera influencia radicó en el liderazgo del “Grupo Perriaux”, un núcleo de empresarios, técnicos y pensadores que orientó políticas económicas y sociales, acercándose a militares que compartían su visión, entre ellos Jorge Rafael Videla, quien más tarde se convertiría en presidente durante la dictadura.

Es considerado, aunque pocas personas lo reconozcan como el ideólogo del golpe cívico-militar-eclesiástico de 1976, Perriaux promovió la articulación de sectores civiles y militares para consolidar un cambio de régimen. Entre sus propuestas más controversiales se encuentra la llamada “Cámara del Terror”, un proyecto que planteaba la creación de tribunales especiales para juzgar a militantes políticos y opositores con procedimientos sumarios y penas extremas, incluyendo la muerte. Este proyecto anticipaba muchas de las políticas de terror estatal aplicadas durante la dictadura.

UNA DEMOCRACIA FORJADA EN LA DERROTA Y LA URGENCIA

Por Aurelio Nicolella

A lo largo del siglo XX, Argentina atravesó una serie de rupturas políticas y económicas que marcaron profundamente su desarrollo. Entre los episodios más citados como puntos de inflexión se encuentran el golpe de Estado de 1930, el de 1955, el de 1966 y la crisis económica conocida como el “Rodrigazo” de 1975. Analizar estos hitos permite entender cómo se fue configurando un ciclo de inestabilidad institucional y deterioro económico.

El primer gran quiebre se produjo con el Golpe de Estado en Argentina de 1930, que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen. Este hecho inauguró la intervención sistemática de las Fuerzas Armadas en la política. A partir de allí, se debilitó el orden democrático y se consolidó una lógica de poder basada en la proscripción, el fraude electoral y la tutela militar. Además, coincidió con el impacto de la crisis mundial de 1929, lo que agravó la situación económica del país.

El segundo hito clave fue el Golpe de Estado en Argentina de 1955, que expulsó del poder a Juan Domingo Perón. Este episodio no solo interrumpió un proceso político con fuerte base social, sino que también profundizó la polarización. La proscripción del peronismo durante casi dos décadas generó un sistema político incompleto, incapaz de canalizar plenamente la representación popular, lo que derivó en conflictos recurrentes y falta de estabilidad.

El Golpe de Estado en Argentina de 1966, encabezado por Juan Carlos Onganía, buscó instaurar un modelo autoritario de largo plazo que eliminara la competencia política. Se intervino la universidad (como en la “Noche de los Bastones Largos”) y se reprimió la actividad sindical y estudiantil. Este período deterioró aún más la vida institucional y alimentó la radicalización política, sentando las bases para la violencia de los años siguientes.

23 marzo 2026

HOLLYWOOD COMO APARATO IDEOLOGICO: DISTORSION HISTORICA, ANTICATOLICISMO Y SILENCIOS SELECTIVOS

 Por Aurelio Nicolella

La industria cinematográfica estadounidense, comúnmente identificada como Hollywood, constituye mucho más que un centro de producción de entretenimiento: funciona como un aparato de construcción simbólica con alcance global. Desde una perspectiva crítica, puede analizarse como un dispositivo de poder cultural que no solo narra historias, sino que también produce sentidos, jerarquiza memorias y establece versiones dominantes de la realidad.

En este marco, resulta pertinente sostener que Hollywood ha operado sistemáticamente como un agente de simplificación y, en muchos casos, de tergiversación histórica. Un ejemplo paradigmático es la representación de la Segunda Guerra Mundial. Numerosas producciones han consolidado la idea de que la derrota del nazismo fue fundamentalmente una hazaña estadounidense, invisibilizando o relegando el rol decisivo de otros actores, en particular el frente oriental encabezado por la Unión Soviética. Esta narrativa no es inocente: responde a una lógica de legitimación geopolítica que refuerza el liderazgo moral y militar de Estados Unidos en el orden mundial contemporáneo.

Asimismo, el cine hollywoodense ha contribuido a la difusión de interpretaciones erróneas o simplificadas de símbolos históricos. La insistencia en vincular el llamado “saludo nazi” con una supuesta herencia directa del mundo romano constituye un ejemplo de cómo la industria cultural puede construir continuidades ficticias que, aunque eficaces en términos narrativos, carecen de rigor historiográfico.

La representación de la religión, especialmente del cristianismo en su vertiente católica, ofrece otro campo de análisis central. Lejos de ser neutral, Hollywood ha desarrollado una relación ambivalente con el catolicismo. Como señala el sacerdote jesuita James Martin, la industria manifiesta una marcada fascinación por la riqueza visual de la iconografía católica —crucifijos, imágenes de santos, hábitos religiosos, templos y rituales—, pero esa misma estética es frecuentemente utilizada para construir narrativas negativas. En géneros como el terror o el thriller, estos elementos aparecen asociados a lo siniestro, lo opresivo o lo demoníaco.

Películas como El Exorcista, El conjuro o El Código Da Vinci constituyen ejemplos paradigmáticos de esta tendencia. En ellas, la Iglesia y sus símbolos son presentados como escenarios de posesiones demoníacas, conspiraciones o fuerzas oscuras, reforzando una percepción cultural donde la fe queda reducida a superstición, misterio o amenaza. Incluso cuando estas obras alcanzan reconocimiento artístico, el efecto acumulativo de estas representaciones contribuye a consolidar una imagen parcial y distorsionada del catolicismo en el imaginario colectivo global.

21 marzo 2026

DE HAIFA A TEL AVIV: LOS BOMBARDEOS ITALIANOS QUE IMPULSARON LAS PRIMERAS FUERZAS ARMADAS ISRAELIES

Por Aurelio Nicolella

En un contexto actual en el que Medio Oriente está nuevamente en guerra, con ciudades israelíes bombardeadas y alcanzadas por misiles y drones lanzados desde Irán y sus aliados, resulta inevitable recordar antecedentes históricos similares. 

Entre ellos, los bombardeos italianos sobre Tel Aviv y Haifa durante la Segunda Guerra Mundial ocupan un lugar significativo. Para el movimiento sionista, estos ataques son vistos retrospectivamente como un punto de inflexión: ante la percepción de abandono por parte de las autoridades británicas, las comunidades judías comenzaron a organizar sus propios escuadrones de defensa frente a la posible amenaza de un desembarco de fuerzas del Eje. Estos primeros grupos de autodefensa se convirtieron en la base de las futuras Fuerzas de Defensa de Israel, las primeras fuerzas armadas del naciente Estado, que luego se consolidarían en el ejército moderno israelí.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Italia llevó adelante una campaña de bombardeos sobre el Mandato Británico de Palestina entre 1940 y 1941 como parte de su estrategia para desafiar el dominio del Reino Unido en Medio Oriente. A través de la “Regia Aeronautica”, buscó atacar infraestructuras clave como el puerto y las refinerías de Haifa, fundamentales para el abastecimiento energético británico, así como otros centros urbanos como Tel Aviv.

El primer ataque importante tuvo lugar en julio de 1940, logrando incendiar depósitos de combustible y afectar temporalmente la producción petrolera, las bombas italianas provocaron la muerte de 130 civiles, entre hombres, mujeres y niños e hirieron a otros 83. Lo  que demuestra que, a pesar de las limitaciones logísticas y la distancia desde sus bases en el Mediterráneo, Italia fue capaz de proyectar poder aéreo de manera efectiva. En septiembre de ese año, el bombardeo sobre Tel Aviv, aunque trágico por el alto número de víctimas civiles hasta el día de hoy desconocido la cantidad de muertos y heridos, evidenció también la capacidad operativa de alcanzar objetivos lejanos en un teatro de guerra complejo.

Estos bombardeos han sido considerados por algunos como parte de los primeros ataques aéreos modernos sobre Medio Oriente dentro del contexto de la guerra global. Además, obligaron a las autoridades británicas a reforzar las defensas, reorganizar recursos y desplegar nuevas unidades antiaéreas, lo que indica que la amenaza italiana fue tomada seriamente.

Si bien la campaña no logró un impacto estratégico decisivo, sí tuvo efectos tácticos concretos, como interrupciones en instalaciones petroleras y presión constante sobre posiciones británicas. Las críticas de Winston Churchill, quien despectivamente habló de “aviones de cartón” y pilotos  “que son niños remontando barriletes” deben entenderse también en el contexto de la propaganda de guerra, destinada a desacreditar al enemigo.

En Israel, el recuerdo de aquellos ataques aún persiste en la memoria histórica, evocando tanto entre los mayores que vivieron los bombardeos y aún siguen vivos para recordarlo, como entre los jóvenes actuales, quienes conocen la historia. Ellos fueron los primeros en correr a los refugios antiaéreos al escuchar el sonido de las sirenas que alertaban a la población civil ante los ataques.

Para los sionistas, estos ataques también marcaron el nacimiento de sus primeras fuerzas armadas, motivando la organización de escuadrones de defensa que luego se consolidaron en el Ejército y las Fuerzas de Defensa de Israel. En contraste, en Italia este episodio, a pesar de haber sido uno de los logros operativos más destacados de su aviación durante la guerra,
ha tendido a ser relegado u olvidado con el paso del tiempo.

21 mayo 2020

LA BREVE EXPERIENCIA DEL GOBIERNO PARLAMENTARIO EN BRASIL

Por Aurelio Nicolella

Aunque muchos no sepan, el Brasil, vivió en la década del sesenta una breve experiencia de régimen parlamentario, es cierto que ya en la vida brasileña existió con anterioridad un sistema de gobierno en siglo XIX (durante el periodo del Imperio, en que se elaboró una constitución que concedió poderes moderados al soberano.

Pero es necesario hacer una breve referencia a la historia republicana brasileña, para poder entender los movimientos y principales sucesos que llevaron a la breve implementación del sistema parlamentario de gobierno en la citada década.

Al triunfar el golpe militar de 1889 en que se derroca al emperador Pedro II, se proclama la República, las antiguas provincias pasaron a denominarse estados y, con base en un régimen federal, según el modelo estadounidense, se adoptó asimismo el nombre de Estados Unidos del Brasil, desde dicha fecha hasta 1930 durante 40 años duró lo que se denomina “La Primera República” que fue gobernada por 13 presidentes, desde 1930 a través de un golpe de estado denominado “Revolución Nacional” en que comienza para los historiadores la “Segunda República”. 

Los cabecillas del alzamiento eligieron al gobernador de Río Grande do Sul, Getulio Vargas, quién mantuvo el poder durante 15 años. En 1937 establece lo que se conoce como “O Estado Nôvo”, que se caracteriza por un poder centralista y corporativista. En 1945 comienza la “Tercera República” con el dictado en 1946 de una constitución de signo liberal y democrática, lo que permitió al Brasil en cierta parte retomar la legalidad constitucional y avanzar hacia considerables progresos sociales. En 1950 comienza paulatinamente la caída del poder de Getulio Vargas, se verifican en dicho período una creciente corrupción administrativa, en 1954 Getulio Vargas se suicida, dejando un testamento político acusando a Estados Unidos y su política para la América Latina como responsable de los males que debe padecer el Brasil.

Durante el período que sigue desde 1954 a 1961, el Brasil experimenta el abultado crecimiento de su deuda externa, una expansión productiva en lo industrial y comercial pobre en todos los aspectos; caracterizándose únicamente como un logro sobresaliente la construcción de Brasilia como la nueva capital del Brasil, también durante dicho periodo no se realizaron las reformas agrarias, fiscales y financieras que el Brasil necesitaba.