GUALEGUAYCHÚ: LA HISTORIA QUE QUISIERON OLVIDAR
Por Aurelio Nicolella
Cuando se menciona Gualeguaychú,
la imagen que inmediatamente viene a la mente es la de sus extensas playas
sobre el río Uruguay, el carnaval más importante de la Argentina o, más
recientemente, la prolongada lucha ambiental emprendida por sus habitantes
contra la instalación de las plantas pasteras en la ciudad uruguaya de Fray
Bentos.
Aquella movilización ciudadana,
que durante años mantuvo en el centro del debate internacional la defensa del
medio ambiente y el reclamo por la preservación del río Uruguay, convirtió a
Gualeguaychú en un símbolo de resistencia cívica.
Sin embargo, existe otra
historia, mucho más antigua y menos conocida, que permanece casi olvidada. Una
historia que no habla de contaminación ambiental, sino de violencia, ocupación
militar, saqueos y sufrimientos padecidos por una población prácticamente
indefensa.
Es una página de la historia
argentina que rara vez ocupa un lugar destacado en los manuales escolares y
que, con el paso del tiempo, quedó eclipsada por la construcción de una figura
heroica de alcance internacional: la de Giuseppe Garibaldi.
El "Héroe de los Dos
Mundos"
Giuseppe Garibaldi ocupa un lugar
privilegiado dentro de la historia italiana. Su participación en el proceso de
unificación de Italia le valió el reconocimiento universal y el título de
"Héroe de los Dos Mundos". Monumentos, plazas y avenidas recuerdan su
nombre tanto en Europa como en América.
En la Argentina también recibió
numerosos homenajes. Su figura fue reivindicada por buena parte de la
historiografía liberal del siglo XIX, que destacó su participación en las
luchas políticas del Río de la Plata.
No obstante, la actuación de
Garibaldi en Sudamérica resulta mucho más compleja de lo que habitualmente se
enseña.
Exiliado de Italia por sus
actividades revolucionarias, llegó primero al Brasil, donde participó en la
Revolución Farroupilha. Posteriormente se trasladó a Montevideo, ciudad que en
aquel entonces constituía el principal bastión político de Fructuoso Rivera
frente al gobierno de Manuel Oribe, aliado de Juan Manuel de Rosas.
Allí organizó y comandó una
flotilla destinada a hostigar las posiciones federales en el litoral argentino
y uruguayo.
La intervención extranjera
Para comprender aquellos
acontecimientos es indispensable recordar el contexto internacional.
En la década de 1840, la
Confederación Argentina enfrentaba el bloqueo anglo-francés. Inglaterra y
Francia buscaban garantizar la libre navegación de los ríos interiores y
debilitar la posición política del gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas.
En ese escenario, Montevideo se
transformó en un verdadero enclave político y militar apoyado por las potencias
europeas.
Garibaldi recibió el mando de una
escuadra integrada por embarcaciones uruguayas y por numerosos voluntarios
italianos que conformaban la denominada Legión Italiana.
Su misión consistía en atacar
poblaciones ribereñas leales a la Confederación Argentina y abrir un nuevo
frente de operaciones sobre el río Uruguay.
El camino hacia Gualeguaychú
Fundada por Tomás de Rocamora en
1783, Gualeguaychú era entonces una pequeña villa dedicada al comercio fluvial
y a la actividad ganadera.
Su población carecía de defensas
importantes.
Gran parte de los hombres se
encontraba incorporada a las fuerzas comandadas por Justo José de Urquiza,
quien por entonces permanecía aliado a Rosas.
Como consecuencia de ello, la
ciudad estaba habitada principalmente por mujeres, ancianos y niños.
Antes del ataque, las fuerzas
garibaldinas impusieron un bloqueo fluvial que dificultó el ingreso de
alimentos y mercaderías, agravando las condiciones de vida de la población.
La ocupación de 1846
El 20 de septiembre de 1846 las
fuerzas comandadas por Giuseppe Garibaldi ocuparon Gualeguaychú.
Diversas crónicas de la época y
posteriores trabajos de historiadores sostienen que, durante la ocupación, se
produjeron saqueos de viviendas y comercios, destrucción de bienes
particulares, requisas forzosas y numerosos abusos contra la población civil.
La dimensión exacta de aquellos
hechos continúa siendo motivo de debate entre historiadores debido a la escasez
de documentación conservada y a las diferencias existentes entre las diversas
corrientes historiográficas.
No obstante, existe coincidencia
en que la ciudad sufrió importantes daños materiales y que la ocupación
significó un profundo trauma para sus habitantes.
Los relatos transmitidos por
generaciones de entrerrianos describen una población sometida durante varios
meses a una estricta ocupación militar, privada de buena parte de sus recursos
y obligada a soportar los rigores propios de un territorio conquistado.
Como ocurre en la mayoría de las
guerras civiles, fueron los sectores más vulnerables quienes soportaron las
peores consecuencias.
Una memoria relegada
Tras la derrota de Rosas en
Caseros, en 1852, comenzó una profunda reorganización política del país.
La historiografía liberal
construyó un relato nacional que destacó la figura de Garibaldi como un
luchador por la libertad, resaltando especialmente su posterior participación
en la unificación italiana.
Ese reconocimiento internacional
terminó proyectándose también sobre su actuación en el Río de la Plata.
Los episodios ocurridos en
Gualeguaychú quedaron relegados a un segundo plano.
Mientras crecían los monumentos
dedicados al revolucionario italiano, el recuerdo del sufrimiento experimentado
por la población entrerriana fue desapareciendo lentamente de la memoria
colectiva.
La construcción del mito
La gran inmigración italiana que
comenzó décadas después encontró en Garibaldi un símbolo de patriotismo.
Miles de inmigrantes llegaron a
la Argentina admirando al héroe que había contribuido a la unidad italiana.
Pocos conocían su actuación
militar en Sudamérica.
La mayor parte de la bibliografía
difundía la imagen del libertador europeo, mientras que las campañas
desarrolladas en el litoral argentino apenas ocupaban algunas páginas.
No se trata de negar la
importancia histórica de Garibaldi en la construcción del Estado italiano.
Tampoco de desconocer su
influencia política en el siglo XIX.
Pero sí de recordar que los
grandes personajes históricos deben ser analizados en toda su dimensión,
incluyendo aquellos episodios que resultan incómodos para la memoria oficial.
Historia y memoria
Toda sociedad selecciona qué
acontecimientos recordar y cuáles olvidar.
La memoria colectiva suele
privilegiar las victorias, los héroes y las gestas gloriosas.
Las derrotas, los sufrimientos de
la población civil y los episodios controvertidos suelen quedar relegados o ser
objeto de interpretaciones contrapuestas.
Gualeguaychú constituye un
ejemplo de ese fenómeno.
Su historia no comenzó con el
carnaval ni con el conflicto de las pasteras.
Mucho antes, en pleno siglo XIX,
sus habitantes padecieron los efectos de una guerra que excedía largamente sus
posibilidades de defensa y que respondía a intereses políticos y estratégicos
mucho más amplios que los de aquella pequeña villa entrerriana.
Reflexión final
La historia no debe convertirse
en un instrumento de exaltación ni de condena automática.
Debe ser, ante todo, un ejercicio
permanente de búsqueda de la verdad.
Recuperar episodios poco
conocidos no implica destruir héroes ni reemplazar unos mitos por otros;
significa reconocer que los procesos históricos son complejos y que incluso las
figuras más admiradas pueden haber protagonizado acciones cuya valoración merece
ser revisada a la luz de la documentación disponible.
Quizá haya llegado el momento de
que Gualeguaychú recuerde también esta parte de su pasado.
No para alimentar resentimientos
ni reabrir viejas heridas, sino para completar una historia que durante
demasiado tiempo permaneció incompleta.
Porque los pueblos que conocen
íntegramente su pasado —con sus luces y sus sombras— están mejor preparados
para comprender su presente y construir su futuro.

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