Por Aurelio Nicolella
¿Qué pasaría si viajáramos en el
tiempo?
Imaginemos por un momento un
experimento.
Una persona que vivía en 1974 se
duerme una noche y despierta, de pronto, en el año 2026.
Probablemente experimentaría una
sensación de desconcierto pocas veces vista. No solo encontraría ciudades más
grandes o automóviles más modernos. Descubriría un mundo donde casi toda la
vida cotidiana depende de una pequeña computadora que llevamos en el bolsillo:
el teléfono celular.
Hoy compramos sin salir de casa,
hablamos por videollamada con alguien que está al otro lado del planeta,
realizamos operaciones bancarias desde una aplicación, vemos películas a
demanda, trabajamos de manera remota y hasta utilizamos inteligencia artificial
para resolver problemas, escribir textos o crear imágenes.
Para alguien de 1974, muchas de
estas actividades parecerían propias de una novela de ciencia ficción.
Ahora hagamos el ejercicio
inverso.
Supongamos que una persona nacida
en 1904 fuera trasladada a 1974.
Sin duda también se sorprendería.
Encontraría automóviles en todas las calles, televisión en los hogares, vuelos
comerciales, antibióticos, electrodomésticos y una sociedad mucho más
urbanizada.
Pero la lógica de la vida
seguiría siendo, en muchos aspectos, la misma.
Todavía existirían cartas
escritas a mano, diarios de papel, teléfonos fijos, dinero en efectivo,
oficinas públicas con expedientes en papel, reuniones presenciales y comercios
donde las personas debían concurrir físicamente para comprar.
El modo de relacionarse con el
mundo no había cambiado de manera radical.
Entre 1974 y 2026 ocurrió algo
diferente.
No solo cambiaron las
herramientas.
Cambió la forma de trabajar, de
estudiar, de informarse, de enamorarse, de hacer negocios, de entretenerse y
hasta de recordar.
La revolución digital transformó
la vida cotidiana con una velocidad que ninguna generación anterior había
experimentado.
La generación bisagra
Quienes nacieron durante las
décadas de 1960 y 1970 pertenecen, probablemente, a una de las generaciones más
particulares de la historia.
Fueron niños cuando los teléfonos
tenían disco para marcar.
Esperaban una semana para revelar
un rollo fotográfico.
Buscaban información en
enciclopedias.
Escribían cartas.
Escuchaban música en discos de
vinilo, casetes o cintas.
Veían televisión con pocos
canales y horarios fijos.
Si alguien no estaba en su casa,
simplemente había que esperar.
Después les tocó aprender
informática.
Llegó Internet.
Aparecieron los teléfonos
móviles.
Más tarde los teléfonos
inteligentes.
Las redes sociales.
Las compras digitales.
Las videollamadas.
La banca electrónica.
El teletrabajo.
Y, finalmente, la inteligencia
artificial.
Pocas generaciones tuvieron que
aprender tantas tecnologías distintas a lo largo de una sola vida.
Una adaptación permanente
Quizás el mayor mérito de esa
generación no fue haber nacido en un determinado momento histórico.
Fue haber sabido adaptarse.
Pasaron del papel a la nube
digital.
Del cassette al streaming.
Del mapa impreso al GPS.
Del correo postal al correo
electrónico.
De la máquina de escribir al
procesador de textos.
Del álbum familiar a las
fotografías almacenadas en un teléfono.
Cada innovación exigió volver a
aprender.
Volver a empezar.
Volver a adaptarse.
El cambio recién comienza
Muchos creen que la revolución
tecnológica ya alcanzó su punto máximo.
Sin embargo, todo indica que
apenas estamos viendo sus primeros capítulos.
La inteligencia artificial, la
robótica, la medicina personalizada, la computación cuántica y nuevas formas de
comunicación seguirán modificando nuestra vida cotidiana.
Tal vez dentro de cincuenta años,
las personas de 2026 también se sientan tan sorprendidas como hoy imaginamos a
alguien llegado desde 1974.
Porque la historia demuestra que
ninguna generación vive el mismo mundo que recibió al nacer.
Pero pocas tuvieron que recorrer
un puente tan largo entre dos épocas como quienes crecieron en las décadas de
1960 y 1970.
Fueron, en muchos sentidos, la
verdadera generación bisagra entre el mundo analógico y la era digital.
Nunca antes una generación tuvo
que aprender tanto
Durante la mayor parte de la
historia de la humanidad, los cambios eran lentos. Un campesino del siglo XVIII
utilizaba herramientas muy parecidas a las que habían empleado sus abuelos. Un
comerciante de principios del siglo XX trabajaba casi igual que su padre.
Las innovaciones existían, pero
tardaban años, e incluso décadas, en llegar a la vida cotidiana.
En cambio, quienes nacieron entre
las décadas de 1960 y 1970 debieron reinventarse una y otra vez.
Aprendieron a escribir con
máquina de escribir y luego con computadoras.
Conocieron el fax, que parecía
revolucionario, y pocos años después quedó obsoleto.
Vieron desaparecer el telegrama,
el cassette, el videocasete, el walkman, el discman, los disquetes, los mapas
impresos y las cabinas telefónicas.
Pasaron de comprar un boleto de
tren en una ventanilla a llevarlo en un teléfono celular.
De esperar el diario de la mañana
para informarse a conocer una noticia apenas segundos después de ocurrida.
Hace apenas treinta años parecía
imposible que una persona pudiera realizar una videollamada con alguien ubicado
en otro continente mientras caminaba por la calle. Hoy eso forma parte de la
rutina.
Y probablemente el mayor desafío
no haya sido aprender a utilizar nuevas herramientas, sino aceptar que el
aprendizaje nunca termina.
Cada pocos años aparece una nueva
tecnología que obliga a volver a empezar.
Esa es, quizás, la característica
más distintiva de nuestra época: el cambio dejó de ser una excepción para
convertirse en una forma permanente de vivir.
Las generaciones nacidas en las décadas de 1960 y 1970 no solo fueron testigos de la mayor transformación tecnológica de la historia; fueron también las primeras que tuvieron que aprender, desaprender y volver a aprender varias veces a lo largo de una misma vida.
Tal vez ese sea su mayor legado: haber demostrado que la capacidad de
adaptarse vale tanto como el conocimiento adquirido.

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