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07 julio 2026

DE 1974 A 2026: LA GENERACION QUE VIVIO LA MAYOR REVOLUCION DE LA HISTORIA COTIDIANA

 


Por Aurelio Nicolella

¿Qué pasaría si viajáramos en el tiempo?

Imaginemos por un momento un experimento.

Una persona que vivía en 1974 se duerme una noche y despierta, de pronto, en el año 2026.

Probablemente experimentaría una sensación de desconcierto pocas veces vista. No solo encontraría ciudades más grandes o automóviles más modernos. Descubriría un mundo donde casi toda la vida cotidiana depende de una pequeña computadora que llevamos en el bolsillo: el teléfono celular.

Hoy compramos sin salir de casa, hablamos por videollamada con alguien que está al otro lado del planeta, realizamos operaciones bancarias desde una aplicación, vemos películas a demanda, trabajamos de manera remota y hasta utilizamos inteligencia artificial para resolver problemas, escribir textos o crear imágenes.

Para alguien de 1974, muchas de estas actividades parecerían propias de una novela de ciencia ficción.

Ahora hagamos el ejercicio inverso.

Supongamos que una persona nacida en 1904 fuera trasladada a 1974.

Sin duda también se sorprendería. Encontraría automóviles en todas las calles, televisión en los hogares, vuelos comerciales, antibióticos, electrodomésticos y una sociedad mucho más urbanizada.

Pero la lógica de la vida seguiría siendo, en muchos aspectos, la misma.

Todavía existirían cartas escritas a mano, diarios de papel, teléfonos fijos, dinero en efectivo, oficinas públicas con expedientes en papel, reuniones presenciales y comercios donde las personas debían concurrir físicamente para comprar.

El modo de relacionarse con el mundo no había cambiado de manera radical.

Entre 1974 y 2026 ocurrió algo diferente.

No solo cambiaron las herramientas.

Cambió la forma de trabajar, de estudiar, de informarse, de enamorarse, de hacer negocios, de entretenerse y hasta de recordar.

La revolución digital transformó la vida cotidiana con una velocidad que ninguna generación anterior había experimentado.

La generación bisagra

Quienes nacieron durante las décadas de 1960 y 1970 pertenecen, probablemente, a una de las generaciones más particulares de la historia.

Fueron niños cuando los teléfonos tenían disco para marcar.

Esperaban una semana para revelar un rollo fotográfico.

Buscaban información en enciclopedias.

Escribían cartas.

Escuchaban música en discos de vinilo, casetes o cintas.

Veían televisión con pocos canales y horarios fijos.

Si alguien no estaba en su casa, simplemente había que esperar.

Después les tocó aprender informática.

Llegó Internet.

Aparecieron los teléfonos móviles.

Más tarde los teléfonos inteligentes.

Las redes sociales.

Las compras digitales.

Las videollamadas.

La banca electrónica.

El teletrabajo.

Y, finalmente, la inteligencia artificial.

Pocas generaciones tuvieron que aprender tantas tecnologías distintas a lo largo de una sola vida.

Una adaptación permanente

Quizás el mayor mérito de esa generación no fue haber nacido en un determinado momento histórico.

Fue haber sabido adaptarse.

Pasaron del papel a la nube digital.

Del cassette al streaming.

Del mapa impreso al GPS.

Del correo postal al correo electrónico.

De la máquina de escribir al procesador de textos.

Del álbum familiar a las fotografías almacenadas en un teléfono.

Cada innovación exigió volver a aprender.

Volver a empezar.

Volver a adaptarse.

El cambio recién comienza

Muchos creen que la revolución tecnológica ya alcanzó su punto máximo.

Sin embargo, todo indica que apenas estamos viendo sus primeros capítulos.

La inteligencia artificial, la robótica, la medicina personalizada, la computación cuántica y nuevas formas de comunicación seguirán modificando nuestra vida cotidiana.

Tal vez dentro de cincuenta años, las personas de 2026 también se sientan tan sorprendidas como hoy imaginamos a alguien llegado desde 1974.

Porque la historia demuestra que ninguna generación vive el mismo mundo que recibió al nacer.

Pero pocas tuvieron que recorrer un puente tan largo entre dos épocas como quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970.

Fueron, en muchos sentidos, la verdadera generación bisagra entre el mundo analógico y la era digital.

Nunca antes una generación tuvo que aprender tanto

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los cambios eran lentos. Un campesino del siglo XVIII utilizaba herramientas muy parecidas a las que habían empleado sus abuelos. Un comerciante de principios del siglo XX trabajaba casi igual que su padre.

Las innovaciones existían, pero tardaban años, e incluso décadas, en llegar a la vida cotidiana.

En cambio, quienes nacieron entre las décadas de 1960 y 1970 debieron reinventarse una y otra vez.

Aprendieron a escribir con máquina de escribir y luego con computadoras.

Conocieron el fax, que parecía revolucionario, y pocos años después quedó obsoleto.

Vieron desaparecer el telegrama, el cassette, el videocasete, el walkman, el discman, los disquetes, los mapas impresos y las cabinas telefónicas.

Pasaron de comprar un boleto de tren en una ventanilla a llevarlo en un teléfono celular.

De esperar el diario de la mañana para informarse a conocer una noticia apenas segundos después de ocurrida.

Hace apenas treinta años parecía imposible que una persona pudiera realizar una videollamada con alguien ubicado en otro continente mientras caminaba por la calle. Hoy eso forma parte de la rutina.

Y probablemente el mayor desafío no haya sido aprender a utilizar nuevas herramientas, sino aceptar que el aprendizaje nunca termina.

Cada pocos años aparece una nueva tecnología que obliga a volver a empezar.

Esa es, quizás, la característica más distintiva de nuestra época: el cambio dejó de ser una excepción para convertirse en una forma permanente de vivir.

Las generaciones nacidas en las décadas de 1960 y 1970 no solo fueron testigos de la mayor transformación tecnológica de la historia; fueron también las primeras que tuvieron que aprender, desaprender y volver a aprender varias veces a lo largo de una misma vida. 

Tal vez ese sea su mayor legado: haber demostrado que la capacidad de adaptarse vale tanto como el conocimiento adquirido.