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22 junio 2026

¿HAY QUE IR AL MÉDICO POR CUALQUIER COSA? La advertencia de Joan-Ramon Laporte y Antonio Sitges-Serra

 

Por Aurelio Nicolella

Durante gran parte del siglo XX, ir al médico era una decisión importante. Las personas consultaban cuando aparecía una enfermedad evidente, un dolor persistente o una situación que realmente afectaba su salud. Hoy ocurre algo diferente: millones de personas viven pendientes de estudios, controles, análisis y consultas, aun cuando se sienten perfectamente bien.

Esta transformación ha generado un debate dentro de la propia medicina. Dos reconocidos médicos españoles, Joan-Ramon Laporte y Antonio Sitges-Serra, vienen advirtiendo sobre los riesgos de una sociedad excesivamente medicalizada, donde cada síntoma parece requerir una consulta, cada análisis una nueva prueba y cada hallazgo una medicación.

La cuestión no es menor. Ambos profesionales no son enemigos de la medicina. Por el contrario, han dedicado toda su vida al ejercicio y al estudio de la salud. Precisamente por conocer el sistema desde adentro, alertan sobre sus excesos.

La medicina moderna ha logrado conquistas extraordinarias. Ha reducido la mortalidad infantil, ha prolongado la esperanza de vida, ha desarrollado tratamientos para enfermedades antes mortales y ha mejorado la calidad de vida de millones de personas. Sin embargo, estos mismos avances han generado una paradoja: nunca hubo tanta medicina disponible y, sin embargo, muchas personas viven más preocupadas por su salud que nunca.

Uno de los ejemplos más comunes es el resfrío común.

Hace algunas décadas, una persona con congestión nasal, dolor de garganta y algunas líneas de fiebre simplemente descansaba, tomaba líquidos y esperaba unos días. Hoy muchas personas corren a la guardia apenas aparecen los primeros síntomas. Con frecuencia regresan a sus hogares con la misma recomendación que habrían seguido sin consultar: reposo, hidratación y paciencia.

Otro ejemplo es el dolor lumbar.

Se estima que la enorme mayoría de los dolores de espalda mejora espontáneamente en pocas semanas. Sin embargo, muchas personas exigen radiografías, resonancias magnéticas o tomografías desde el primer día. Los estudios suelen mostrar pequeñas alteraciones normales para la edad que generan más preocupación que beneficios. El paciente termina convencido de que tiene una lesión grave cuando, en realidad, padece una molestia habitual que podría resolverse con ejercicio adecuado y tiempo.

Algo similar ocurre con los análisis de laboratorio.

Una persona sana decide realizarse un chequeo completo. Entre decenas de parámetros medidos, uno aparece apenas por encima o por debajo del valor de referencia. Comienza entonces una cadena de nuevos estudios, consultas y preocupaciones. Muchas veces el supuesto problema desaparece en el siguiente control o nunca tuvo relevancia clínica. Sin embargo, el paciente pasó semanas o meses angustiado por una enfermedad que jamás existió.

Antonio Sitges-Serra ha señalado repetidamente este fenómeno conocido como sobrediagnóstico. Es decir, detectar condiciones que nunca habrían causado síntomas ni afectado la vida del paciente, pero que terminan convirtiéndolo en enfermo a los ojos del sistema sanitario.

Laporte, por su parte, ha sido especialmente crítico respecto de la expansión constante de diagnósticos y tratamientos. Según sostiene, existe una tendencia creciente a ampliar los límites de lo que se considera enfermedad. De este modo, cada vez más personas pasan a integrar categorías de riesgo que justifican controles, estudios o medicamentos.

Un ejemplo sencillo es el colesterol.

Nadie discute que valores muy elevados pueden aumentar el riesgo cardiovascular. Sin embargo, durante años los parámetros considerados normales fueron modificándose, incorporando a millones de personas sanas a grupos que requieren seguimiento o tratamiento. Algo similar ocurrió con la hipertensión arterial, la osteoporosis y otros factores de riesgo.

El problema aparece cuando el riesgo se confunde con la enfermedad.

Tener riesgo de desarrollar una patología no significa padecerla. Sin embargo, muchas personas viven como enfermos crónicos simplemente porque podrían llegar a enfermarse en el futuro.

Otro fenómeno llamativo es la búsqueda obsesiva de síntomas en Internet.

Un dolor de cabeza ocasional puede convertirse, tras algunas búsquedas en línea, en un supuesto tumor cerebral. Un simple hormigueo puede transformarse en una enfermedad neurológica devastadora. El resultado es una creciente ansiedad sanitaria que termina llevando a consultas innecesarias.

Paradójicamente, esta situación también afecta a quienes realmente necesitan atención médica. Las guardias saturadas por cuadros leves dificultan la asistencia rápida de pacientes con emergencias reales. El tiempo de los profesionales y los recursos del sistema son limitados.

Por supuesto, nadie propone abandonar la medicina ni ignorar síntomas importantes. Sería una irresponsabilidad. Los controles preventivos recomendados por la evidencia científica son fundamentales. También lo es consultar ante dolores intensos, dificultades respiratorias, pérdida de peso inexplicable, sangrados, fiebre persistente o cualquier signo que sugiera una enfermedad seria.

La cuestión es otra.

¿Es razonable vivir pendiente de cada sensación corporal? ¿Necesitamos un estudio para cada molestia? ¿Toda variación en un análisis constituye una enfermedad?

Laporte y Sitges-Serra responden que no.

La salud no consiste en realizarse estudios permanentemente ni en acumular diagnósticos. Tampoco en consumir medicamentos por precaución ante cualquier eventualidad. La salud implica llevar una vida equilibrada, alimentarse adecuadamente, realizar actividad física, descansar, mantener vínculos sociales y aceptar que el cuerpo humano no es una máquina perfecta.

En algún momento hemos comenzado a considerar anormal aquello que forma parte de la experiencia humana: cansarse, envejecer, tener dolores ocasionales, sentirse triste ante una pérdida o atravesar períodos de estrés.

La medicina es una de las mayores conquistas de la civilización. Pero precisamente por su enorme valor, debe utilizarse con prudencia.

Porque no todo malestar es una enfermedad.

Porque no todo riesgo requiere un tratamiento.

Y porque, como recuerdan estos prestigiosos médicos españoles, a veces el mejor acto médico consiste simplemente en esperar, observar y confiar en la extraordinaria capacidad del organismo para recuperarse por sí mismo.