Por Aurelio Nicolella.
Los estudiosos de las
ciencias económicas en las facultades la suelen mencionar como de paso, digamos.
Lo cierto que dicha teoría
sostiene y como lo pregonaba su creador, él cual sostenía que para el
desarrollo de un país y una sociedad el Estado debe controlar aspectos básicos
de la economía por medio de monopolios estatales, así como crear un amplio
cuerpo de leyes sociales; que como resultado forjaría una sociedad de clases
medias bajo el amparo de una economía pujante y de un Estado benefactor,
intervencionista y redistribuidor de ganancias.
En 1913 Batlle y Ordóñez
publicó unos “Apuntes” en los que expresaba sus ideas, para plasmarla para la
posterioridad y para la creación de lo que él consideraba como lo que debería
ser un “país modelo”.
Desde su implementación en
1903 se propugnaba un país de clases medias, ya que este extracto de la
sociedad es la que mueve los engranajes de toda una nación, permitiendo que
aflore la industria, el comercio y todas actividades sociales y económicas que
requiere una comunidad civilizada.
La famosa ecuación del
“batllismo” es la que pregonaba para que “los ricos fueran menos ricos y para
que los pobres fueran menos pobres” y su
fundador consideraba que ese ideal solo podía lograrse por medio de la acción
de un Estado intervencionista y redistribuidor. Un Estado que contribuya a
las necesidades de los que menos tienen a fin de que puedan lograr
autosatisfacerse, para luego el Estado retirarse para que el pobre que ya convertido
en clase media transite sin obstáculo el logro como ser humano pleno. Todo ello, basado en mantener un déficit fiscal equilibrado entre la balanza de pagos y los ingresos, con tasas de préstamo baja a fin de poder acceder a créditos baratos para todos los estratos de la sociedad.
También así debería actuar lo
mismo en cuanto los emprendimientos que necesitaría una nación o una región del
país, el Estado sería el promotor de llevar esa industria o esa transformación
o esa necesidad, una vez que la misma sea rentable transferírsela a la
iniciativa privada, pero bajo el control del Estado como árbitro regulador a
fin de que lo privado no avasalle el bien común de la sociedad y no sea solo
negocio cuando es rentable.
Así el “batllismo”, en
Uruguay donde se aplicó hasta entrado los años sesenta con su política
nacionalizadora, su legislación social avanzada, su economía dirigida con un
puntilloso cuidado por los equilibrios macroeconómicos, logró forjar una
sociedad mesocrática excepcional en América Latina, a Uruguay la convirtió en
la “Suiza de América” a cuyo recuerdo muchos políticos latinoamericanos aún se
aferran como nostálgicos.
Las ideas del batllismo
nacen del fin de una época en Sudamérica donde finalizan las épocas del
caudillismo y las guerras civiles en que se desangraron las distintas naciones.
Países como Argentina, Brasil eligen el conservadorismo, otros como Colombia o
Venezuela el liberalismo clásico, en cambio en Uruguay a partir de ese momento
encara por un camino diverso, Batlle vio un campo fértil para aplicar sus
teorías y así el batllismo inició una serie de acciones que se conocen como “el
reformismo batllista”. Garantizando
tanto la libertad y la justicia social; sería para Batlle inevitable para una
total democracia en el Uruguay.
Las reformas fueron
impulsadas y legisladas desde el gobierno, en ese proceso participaron otros
grupos políticos del país, como el opositor Partido Nacional, que muchas veces
contribuyeron con sus propios proyectos a la reforma. Las principales transformaciones
en materia económica se relacionaron con la nacionalización, la estatización y
el fomento de la industria. Con estas medidas se buscaba crear trabajo y tener
una mayor independencia económica.