Por Aurelio Nicolella.
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En nuestra sociedad la principal problemática actual es, por mucho, el tema del delito. La delincuencia ha echado raíces profundas, tan profundas que se han insertado en pocas décadas en las instituciones de los países, asentándose mayormente en los países periféricos como el nuestro.
Para poder comprender el delito es necesario saber que la Sociología Criminal, desde sus orígenes en el siglo XIX, se presentó como una ciencia que pretendía ver la problemática de la delincuencia en la sociedad, especialmente del mundo occidental, encontrando en la “causalidad” la política para la prevención de las conductas tipificadas como delictuales.
La nueva ciencia se preguntaba el “por qué” de aquellas conductas dentro de una sociedad, así se desarrollaron respuestas biológicas o psiquiátricas como la del italiano Cesare Lombroso, representante del positivismo criminológico, llamado en su tiempo la nueva escuela (Nuova Scuola), que adhieren también sus connacionales Enrico Ferri y Raffaele Garofalo.
O respuestas pedagógicas, en donde la conducta delictiva es fruto de las vivencias personales de cada individuo. Fundaron y acotaron el foco de análisis de esta disciplina convocando visiones ético-morales, historicistas, penalistas y económico-políticas.
Esas dos grandes escuelas del “novecento”, que se mantuvieron entrado el siglo XX, pretendieron dar solución al problema delictual comenzando un rico debate sobre la materia en miles de textos. Lo cierto es que un debate fructífero no fue la solución al tema delictual, ya que es muy difícil para una sociedad poder incorporar teorías que en las mesas de debate parecieran funcionar pero en lo cotidiano son difíciles de aplicar, dándose así el ejemplo del arquitecto y el albañil: en los planos el arquitecto cree poder hacerlo y en los hechos el albañil sabe lo imposible que es que el proyecto salga idéntico a lo que el profesional pretende.
