Por Aurelio Nicolella
Cuando se habla de que el golpe de estado que sufrió la Republica Argentina en 1976 no fue un golpe cuartelero, sino que intervinieron muchos personales ajenos a lo castrense como el caso de Jaime Luis Enrique Perriaux nacido en 1920, fue un abogado y pensador argentino cuya influencia combinó lo intelectual con lo político, dejando una marca profunda y polémica en la historia del país. Discípulo del filósofo español José Ortega y Gasset, Perriaux desarrolló un pensamiento político conservador y de derecha, centrado en la idea de ordenar la sociedad argentina según líneas que él consideraba “racionales y modernas”.
Aunque sus cargos públicos se concentraron entre 1970 y
1971, Perriaux mantuvo influencia decisiva en la planificación y orientación
del golpe de 1976 y en los primeros años del Proceso de Reorganización
Nacional.
Su obra más conocida, “Las Generaciones Argentinas”, analiza
la historia y evolución de la sociedad argentina a través del concepto de
generaciones. Perriaux sostiene que los grupos de individuos nacidos en
distintas épocas poseen valores, hábitos y visiones del mundo particulares, y
que estas diferencias determinan el rumbo político, económico y cultural del
país. Desde su perspectiva conservadora, critica lo que él consideraba
decadencia de ciertas generaciones y propone un orden social basado en
autoridad, disciplina y liderazgo intelectual, reflejando su intento de
conectar pensamiento filosófico con planificación política y social.
En 1949, en Madrid, conoció al filósofo Julián Marías, con
quien mantuvo una profunda amistad, consolidando su formación filosófica y su
capacidad de articular ideas en torno a la política y la economía.
Tuvo u rol en el poder de facto de Argentina, así Perriaux
fue Ministro de Justicia durante la presidencia de facto de Roberto Levingston
(1970-1971) y continuó en el cargo bajo Alejandro Lanusse. Más allá de su
gestión formal, su verdadera influencia radicó en el liderazgo del “Grupo
Perriaux”, un núcleo de empresarios, técnicos y pensadores que orientó
políticas económicas y sociales, acercándose a militares que compartían su
visión, entre ellos Jorge Rafael Videla, quien más tarde se convertiría en
presidente durante la dictadura.
Es considerado, aunque pocas personas lo reconozcan como el
ideólogo del golpe cívico-militar-eclesiástico de 1976, Perriaux promovió la
articulación de sectores civiles y militares para consolidar un cambio de
régimen. Entre sus propuestas más controversiales se encuentra la llamada
“Cámara del Terror”, un proyecto que planteaba la creación de tribunales
especiales para juzgar a militantes políticos y opositores con procedimientos
sumarios y penas extremas, incluyendo la muerte. Este proyecto anticipaba
muchas de las políticas de terror estatal aplicadas durante la dictadura.
Perriaux también apoyó la legitimación de la pena de muerte y propuso que los uniformados no regresaran a los cuarteles tras operaciones represivas, esto es un punto clave para entender la lógica de Perriaux y de muchos de los ideólogos civiles del golpe de 1976. La propuesta de que los uniformados no regresaran a los cuarteles tras operaciones represivas no era un capricho: tenía un fin político y estratégico muy claro.
La idea era que la fuerza militar permaneciera en “acción
permanente” sobre la sociedad civil, es decir, como un actor de control y
represión constante, en lugar de volver a un rol tradicional de defensa del
territorio o de subordinación al poder civil. Esto buscaba:
Consolidar el control político y social: Mantener a los
militares fuera de los cuarteles significaba que podían intervenir
continuamente para “mantener el orden”, lo que en la práctica habilitaba
operaciones represivas sistemáticas contra opositores políticos, sindicalistas,
estudiantes, militantes de izquierda y cualquier persona considerada
“subversiva”.
Desplazar la política civil: Perriaux y otros ideólogos del
golpe querían que la sociedad civil dependiera de la fuerza militar para la
seguridad y el orden, reduciendo el rol de los gobiernos democráticos o
instituciones tradicionales.
Garantizar la continuidad del proyecto del Proceso: La
permanencia de los uniformados en la sociedad era clave para imponer la agenda
económica y social que planificaban, como reformas de apertura económica,
control de sindicatos y represión de movimientos sociales.
En otras palabras, la propuesta buscaba que el Ejército no
fuera solo un actor de defensa nacional, sino el garante del proyecto político
y económico del régimen, capaz de actuar como autoridad directa sobre la
población, sin restricciones legales ni institucionales. Era una manera de
institucionalizar el terrorismo de Estado.
Ello fue el matiz que sentó las bases conceptuales de la
represión sistemática que seguiría. Su influencia se extendió a los equipos que
ocuparon cargos estratégicos durante el Proceso de Reorganización Nacional,
incluyendo figuras como José Alfredo Martínez de Hoz.
El vínculo y legado de Perriaux es que también mantuvo
relaciones con la empresa Staudt & Cía, vinculada a sectores nazis, lo que
añade un matiz controvertido a su perfil. Su rol como “animador de pensadores”
y mentor de equipos técnicos que apoyaron la dictadura convierte su legado en
complejo: un intelectual de derecha que transformó sus ideas en políticas de
Estado con consecuencias profundas y duraderas.
Falleció en Buenos Aires el 5 de septiembre de 1981, sin
llegar a presenciar el desastre que el Proceso de Reorganización Nacional se
convertiría en la vida cotidiana de Argentina, dejando un legado polémico
marcado por la influencia intelectual en un período de represión y violencia
estatal.
