Por Aurelio Nicolella
Cuando se afirma que los
argentinos leen menos y prefieren los contenidos audiovisuales, suele pensarse
inmediatamente en internet, las redes sociales y las plataformas de streaming.
Sin embargo, el origen de este cambio cultural es mucho más antiguo y comenzó a
gestarse hace más de medio siglo, con la llegada masiva de la televisión a los
hogares del país.
Hasta mediados de la década de
1960, la radio y la prensa escrita eran los principales vehículos de
información y entretenimiento. Argentina mantenía una sólida tradición lectora.
Los diarios tenían grandes tiradas, las revistas ocupaban un lugar destacado en
la vida cotidiana y la industria editorial nacional atravesaba uno de sus
períodos de mayor vitalidad. Leer era una práctica habitual en amplios sectores
de la clase media urbana.
La televisión había iniciado sus
transmisiones regulares en 1951, pero durante sus primeros años fue un lujo
reservado para unos pocos. Los aparatos eran costosos y su presencia se
concentraba en determinados sectores sociales. La situación comenzó a cambiar a
mediados de los años sesenta. El crecimiento económico, la expansión del
consumo y la producción nacional de televisores permitieron que cada vez más
familias accedieran a este nuevo medio.
Durante la década del setenta, la
televisión terminó de consolidarse como el centro del hogar argentino. El
aparato ocupó un lugar privilegiado en el comedor o la sala de estar y
reorganizó los tiempos familiares. Los programas humorísticos, los ciclos musicales,
los noticieros y las telenovelas comenzaron a marcar el ritmo de la vida
cotidiana.
Este cambio tuvo profundas
consecuencias culturales. La imagen pasó a competir directamente con la palabra
escrita. Mientras la lectura exigía dedicación, imaginación y un esfuerzo
activo del lector, la televisión ofrecía relatos completos, inmediatos y accesibles
para todos los miembros de la familia. El entretenimiento dejó de depender
exclusivamente de los libros, las revistas o la radio.
Sin embargo, sería injusto
responsabilizar únicamente a la televisión por una eventual disminución de los
hábitos lectores. Durante aquellos años, la escuela continuó promoviendo la
lectura y el mercado editorial siguió siendo dinámico. Más bien, la televisión
inauguró una nueva lógica cultural: la del predominio de la imagen como forma
principal de acceso al mundo.
Con la llegada del cable en las
décadas siguientes, el proceso se profundizó. Luego aparecieron internet, los
teléfonos inteligentes y las plataformas digitales, que multiplicaron
exponencialmente la oferta audiovisual. El tiempo disponible para la lectura
comenzó a fragmentarse entre múltiples estímulos y pantallas.
A esto se sumaron factores
económicos. En la Argentina contemporánea, el precio de los libros representa
un obstáculo para muchas familias. En contextos de inflación e incertidumbre,
la compra de material de lectura suele postergarse frente a otras prioridades.
Paralelamente, gran parte del contenido audiovisual se encuentra disponible
mediante servicios relativamente accesibles o incluso de forma gratuita en
redes sociales.
No obstante, hablar del "fin
de la lectura" sería un diagnóstico exagerado. Lo que se observa es una
transformación de las prácticas culturales. Muchos jóvenes continúan leyendo,
aunque lo hacen en formatos distintos: libros digitales, narrativas seriadas en
aplicaciones, mangas, novelas gráficas o textos breves distribuidos a través de
internet.
La verdadera cuestión es cómo
preservar el valor de la lectura profunda en una sociedad dominada por la
velocidad y la inmediatez. Leer implica detenerse, interpretar, reflexionar y
construir imágenes propias. Las pantallas, en cambio, suelen ofrecer experiencias
más rápidas y fragmentadas.
Desde la irrupción de la
televisión en los años sesenta hasta el reinado actual de los algoritmos,
Argentina ha atravesado una larga transición cultural. No se trata de una
batalla entre libros y pantallas, sino del desafío de encontrar un equilibrio
que permita aprovechar las posibilidades de la tecnología sin renunciar a una
de las herramientas más poderosas para comprender el mundo: la lectura.
Esta perspectiva histórica
permite comprender que el predominio de lo audiovisual no nació con TikTok ni
con Netflix. Comenzó cuando millones de argentinos se reunieron por primera vez
frente a un televisor y descubrieron una nueva manera de informarse, emocionarse
y pasar el tiempo libre. Desde entonces, cada innovación tecnológica ha
profundizado una tendencia que lleva más de sesenta años redefiniendo nuestros
hábitos culturales.

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