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15 junio 2026

DE LOS LIBROS A LAS PANTALLAS: UNA HISTORIA DEL CAMBIO CULTURAL EN ARGENTINA

 


Por Aurelio Nicolella

 

Cuando se afirma que los argentinos leen menos y prefieren los contenidos audiovisuales, suele pensarse inmediatamente en internet, las redes sociales y las plataformas de streaming. Sin embargo, el origen de este cambio cultural es mucho más antiguo y comenzó a gestarse hace más de medio siglo, con la llegada masiva de la televisión a los hogares del país.

 

Hasta mediados de la década de 1960, la radio y la prensa escrita eran los principales vehículos de información y entretenimiento. Argentina mantenía una sólida tradición lectora. Los diarios tenían grandes tiradas, las revistas ocupaban un lugar destacado en la vida cotidiana y la industria editorial nacional atravesaba uno de sus períodos de mayor vitalidad. Leer era una práctica habitual en amplios sectores de la clase media urbana.

 

La televisión había iniciado sus transmisiones regulares en 1951, pero durante sus primeros años fue un lujo reservado para unos pocos. Los aparatos eran costosos y su presencia se concentraba en determinados sectores sociales. La situación comenzó a cambiar a mediados de los años sesenta. El crecimiento económico, la expansión del consumo y la producción nacional de televisores permitieron que cada vez más familias accedieran a este nuevo medio.

 

Durante la década del setenta, la televisión terminó de consolidarse como el centro del hogar argentino. El aparato ocupó un lugar privilegiado en el comedor o la sala de estar y reorganizó los tiempos familiares. Los programas humorísticos, los ciclos musicales, los noticieros y las telenovelas comenzaron a marcar el ritmo de la vida cotidiana.

 

Este cambio tuvo profundas consecuencias culturales. La imagen pasó a competir directamente con la palabra escrita. Mientras la lectura exigía dedicación, imaginación y un esfuerzo activo del lector, la televisión ofrecía relatos completos, inmediatos y accesibles para todos los miembros de la familia. El entretenimiento dejó de depender exclusivamente de los libros, las revistas o la radio.

 

Sin embargo, sería injusto responsabilizar únicamente a la televisión por una eventual disminución de los hábitos lectores. Durante aquellos años, la escuela continuó promoviendo la lectura y el mercado editorial siguió siendo dinámico. Más bien, la televisión inauguró una nueva lógica cultural: la del predominio de la imagen como forma principal de acceso al mundo.

 

Con la llegada del cable en las décadas siguientes, el proceso se profundizó. Luego aparecieron internet, los teléfonos inteligentes y las plataformas digitales, que multiplicaron exponencialmente la oferta audiovisual. El tiempo disponible para la lectura comenzó a fragmentarse entre múltiples estímulos y pantallas.

 

A esto se sumaron factores económicos. En la Argentina contemporánea, el precio de los libros representa un obstáculo para muchas familias. En contextos de inflación e incertidumbre, la compra de material de lectura suele postergarse frente a otras prioridades. Paralelamente, gran parte del contenido audiovisual se encuentra disponible mediante servicios relativamente accesibles o incluso de forma gratuita en redes sociales.

 

No obstante, hablar del "fin de la lectura" sería un diagnóstico exagerado. Lo que se observa es una transformación de las prácticas culturales. Muchos jóvenes continúan leyendo, aunque lo hacen en formatos distintos: libros digitales, narrativas seriadas en aplicaciones, mangas, novelas gráficas o textos breves distribuidos a través de internet.

 

La verdadera cuestión es cómo preservar el valor de la lectura profunda en una sociedad dominada por la velocidad y la inmediatez. Leer implica detenerse, interpretar, reflexionar y construir imágenes propias. Las pantallas, en cambio, suelen ofrecer experiencias más rápidas y fragmentadas.

 

Desde la irrupción de la televisión en los años sesenta hasta el reinado actual de los algoritmos, Argentina ha atravesado una larga transición cultural. No se trata de una batalla entre libros y pantallas, sino del desafío de encontrar un equilibrio que permita aprovechar las posibilidades de la tecnología sin renunciar a una de las herramientas más poderosas para comprender el mundo: la lectura.

 

Esta perspectiva histórica permite comprender que el predominio de lo audiovisual no nació con TikTok ni con Netflix. Comenzó cuando millones de argentinos se reunieron por primera vez frente a un televisor y descubrieron una nueva manera de informarse, emocionarse y pasar el tiempo libre. Desde entonces, cada innovación tecnológica ha profundizado una tendencia que lleva más de sesenta años redefiniendo nuestros hábitos culturales.


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