Por Aurelio Nicolella
Hubo una época en que la palabra de un periodista era sinónimo de credibilidad. Los grandes diarios, las radios y los noticieros televisivos constituían fuentes de información que, más allá de las diferencias ideológicas, gozaban del respeto de amplios sectores de la sociedad. La noticia era el resultado de una investigación, la verificación de los hechos era una obligación ética y la confianza pública constituía el principal patrimonio de quienes ejercían la profesión.
Hoy la realidad parece muy diferente.
Pocas instituciones han sufrido un deterioro tan profundo en su imagen pública como el periodismo argentino. Basta recorrer las redes sociales, escuchar una conversación de café o leer los comentarios de los lectores para advertir un fenómeno evidente: una parte importante de la sociedad ya no cree en los medios de comunicación.
La crisis no surgió de un día para otro. Se trata de un proceso largo, alimentado por errores, omisiones, intereses económicos, alineamientos políticos y una creciente distancia entre los periodistas y el ciudadano común.
La historia argentina ofrece ejemplos que todavía generan controversia. Durante los gobiernos militares del siglo XX algunos periodistas fueron perseguidos, censurados e incluso desaparecidos. Sin embargo, también existieron medios y comunicadores que mantuvieron relaciones de cercanía con el poder de turno. Aquellas conductas dejaron una marca que aún forma parte del debate histórico nacional.
Con el retorno de la democracia se esperaba una prensa más independiente y plural. Sin embargo, con el paso del tiempo aparecieron nuevas formas de condicionamiento. La concentración de medios, los intereses empresariales y, especialmente, la dependencia de la publicidad oficial comenzaron a generar sospechas sobre la verdadera independencia de numerosos comunicadores.
La llamada "pauta oficial" se transformó en uno de los temas más discutidos de las últimas décadas. Para muchos ciudadanos resulta difícil creer en la absoluta objetividad de un medio cuya subsistencia económica depende, en gran medida, de fondos estatales. La percepción de que algunos periodistas pueden adaptar sus opiniones a los intereses de quienes financian los medios donde trabajan ha contribuido a erosionar la confianza pública.
En ese contexto surgió una expresión que hace algunos años parecía impensable y que hoy forma parte del lenguaje cotidiano: los "periodistas ensobrados". Más allá de que muchas veces la acusación se formule sin pruebas concretas, el solo hecho de que semejante sospecha se encuentre tan extendida revela la magnitud de la crisis de credibilidad.
Cuando la sociedad comienza a desconfiar de quienes tienen la responsabilidad de informar, el problema deja de ser exclusivamente periodístico para convertirse en un problema institucional.
A ello se suma otro fenómeno preocupante: la creciente transformación de periodistas en militantes políticos. Muchos medios han abandonado la búsqueda de la objetividad para convertirse en actores directos de la disputa partidaria. La noticia deja de ser presentada como un hecho para transformarse en una herramienta destinada a respaldar o cuestionar gobiernos, dirigentes o espacios políticos.
La consecuencia es una profunda polarización. Existen medios para oficialistas, medios para opositores y audiencias que consumen únicamente aquellas informaciones que confirman sus propias creencias. La verdad queda atrapada entre relatos enfrentados.
Las redes sociales y el periodismo de streaming profundizaron aún más esta situación. La velocidad parece haber desplazado a la verificación. La primicia vale más que la certeza. Lo importante ya no es informar correctamente sino ser el primero en decir algo.
Un ejemplo reciente generó una fuerte repercusión pública. Durante una transmisión en vivo fue anunciada la supuesta muerte de Jorge Messi, padre de Lionel Messi. La noticia era falsa. Debió ser desmentida por la propia familia del capitán de la selección argentina de fútbol. Posteriormente llegaron las disculpas. Pero el daño ya estaba hecho.
El episodio puso de manifiesto una pregunta inquietante: ¿qué ocurrió con la obligación elemental de verificar una información antes de difundirla?
El caso no constituye un hecho aislado. Es el síntoma de un problema más profundo. Cuando la velocidad reemplaza a la verdad, el periodismo deja de cumplir su función social para convertirse en un simple espectáculo.
Sin embargo, sería injusto afirmar que todo el periodismo argentino atraviesa una crisis moral. Existen periodistas honestos, investigadores rigurosos y medios que continúan realizando una tarea profesional indispensable para la vida democrática. Son ellos quienes mantienen viva la esencia de una profesión que sigue siendo fundamental para el funcionamiento de la República.
La libertad de prensa constituye uno de los pilares de toda sociedad libre. Pero la libertad implica también responsabilidad. Informar exige independencia, honestidad intelectual, rigor profesional y compromiso con la verdad.
La credibilidad no se compra con pauta publicitaria. No se obtiene mediante campañas de marketing. Tampoco se recupera a través de discursos corporativos.
La confianza pública se construye todos los días. Se gana con transparencia, con coherencia y con respeto por los hechos.
Quizás el mayor desafío del periodismo argentino no sea económico ni tecnológico. Quizás sea algo mucho más simple y mucho más difícil al mismo tiempo: volver a merecer la confianza de los ciudadanos.

2 comentarios:
La prensa en nuestro país nunca fue del todo objetiva, prueba de ello son los acontecimientos políticos desde Hipólito Yrigoyen hasta nuestros días, dado que el poder real denostó a todo movimiento popular con prisa y sin pausa. Han colonizado las mentes de los argentinos, con titulares engañosos, dudoso y hasta falsos en algunos. Han llevado personas a la carcel y lo seguirán haciendo.son extorsionadores profesionales en su gran mayoría Respecto del suceso de la falsa noticia que hace referencia al padre del capital de la selección, no muestra otra cosa que la falta de protocolos que tienen las plataformas digitales. La mayoría de ellos ahorran en gerentes de producción y de programación , La mayoría del personal son contratados, pasantes que los negrean y los llenan de tareas . No tienen los filtros de protocolo que son menester para que todo sea chequeado en tiempo y forma , todo va en vivo y al azar. Cuando en una tarea determinada se dejan ítems al azar, el azar se apodera de toda la.actividad.los locutores, los voceros, al artista que en ese momento se.encuentra al aire , en vivo y al "toro" le toca vía auricular "cucaracha", dar la noticia sea falsa, verdadera dudosa o como querramos llamarla. Es decir, los decidiera del momento son fungibles, el verdadero responsable es el dueño de la plataforma , en qué no toma los seguros individuales y dispone de los protocolos necesarios para que las fake no se produzcan
Gracias por su comentario.
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