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25 mayo 2026

CAPITALES INGLESES EN URUGUAY



Por Aurelio Nicolella

 

La inversión británica en el Uruguay, aunque reducida en comparación con el total de capitales imperiales distribuidos por el mundo, resultó sumamente significativa si se la compara con el desarrollo industrial y económico uruguayo de la época. Uruguay ocupó el quinto lugar en cuanto al volumen de capital inglés invertido en América Latina, precedido únicamente por Argentina, México, Brasil y Chile. Sin embargo, si se analiza la inversión extranjera en relación con la cantidad de habitantes del país receptor, Uruguay pasaba a ocupar el segundo lugar, solo detrás de Argentina.

 

Como era lógico, estos inversionistas exigían estabilidad y pacificación interna. Las ganancias de las empresas extranjeras y el cobro de los intereses de la deuda del gobierno uruguayo dependían directamente de un país ordenado y económicamente próspero.

 

A partir de 1860 comenzaron a registrarse las primeras inversiones extranjeras, principalmente británicas. Entre los pioneros se destacaron, entre 1863 y 1865, la instalación de la fábrica Liebig en la industria cárnica, así como el establecimiento del Banco de Londres y Río de la Plata y el primer empréstito contratado por el gobierno uruguayo con inversores de la City londinense.

 

El crecimiento de estas inversiones fue acelerado. En 1884 el capital británico invertido en Uruguay era estimado en 6,5 millones de libras esterlinas; para el año 1900 esa cifra ya alcanzaba los 40 millones. Los ingleses habían desarrollado una importante infraestructura: construyeron los ferrocarriles —cuya primera línea fue inaugurada en 1869 y que hacia 1905 superaban los 2.000 kilómetros de extensión— e invirtieron en servicios públicos esenciales de Montevideo, tales como agua corriente, gas, teléfonos, tranvías y compañías de seguros.

 

El monopolio ejercido sobre los ferrocarriles, los servicios de agua, el gas y el virtual oligopolio de los seguros generó, ya hacia 1890, crecientes dudas en sectores de la clase política uruguaya acerca de los beneficios reales que implicaba la presencia de capitales extranjeros sin un adecuado control estatal.

 

En el caso particular de los ferrocarriles, los inversores ingleses obtuvieron importantes concesiones del gobierno uruguayo, que veía en este medio de transporte una herramienta fundamental para consolidar la autoridad estatal. El ferrocarril permitiría controlar las revueltas rurales, movilizar tropas con rapidez y facilitar el traslado de mercaderías y materias primas hacia el puerto de Montevideo con destino a la metrópoli.

 

La situación alcanzó niveles de privilegio notables. La mayoría de las líneas ferroviarias gozaban de una garantía estatal de interés del 7% sobre un capital ficticio de 5.000 libras por kilómetro construido. Este sistema favoreció, en muchos casos, la construcción de trazados innecesarios, curvas artificiales y kilómetros superfluos que algunos cálculos estiman entre un 5% y un 10% del total de la red. Además, el Estado solo podía intervenir en las tarifas cuando las ganancias empresariales superaban el 12%, porcentaje que, curiosamente, jamás fue alcanzado oficialmente.

 

Sin embargo, más allá de los privilegios otorgados al capital extranjero, el ferrocarril desempeñó un papel decisivo en la consolidación del Estado uruguayo. Fue esencial para la pacificación y la integración territorial del país, permitiendo al gobierno central de Montevideo ejercer un control efectivo sobre el interior.

 

Un hecho simbólico ocurrió en 1886, cuando las vías férreas atravesaron el Río Negro mediante la construcción de un puente ferroviario. Dado que este río divide geográficamente al Uruguay en dos grandes regiones, la obra significó, en términos prácticos y políticos, una verdadera unificación nacional y una reducción sustancial de las distancias.

 

Pese a ello, las compañías británicas instaladas en Uruguay comenzaron a despertar una creciente antipatía popular debido a sus elevadas tarifas y a la percepción de un servicio deficiente.

 

Como consecuencia de ese clima de descontento, y con el propósito de ejercer un mayor control sobre las empresas ferroviarias en manos extranjeras, en 1888 se sancionó una legislación que estableció un estricto régimen de supervisión sobre la contabilidad de las compañías ferroviarias que operaban en territorio oriental.

 

La expansión del capital inglés en Uruguay constituyó así un fenómeno complejo: impulsó el desarrollo de infraestructura, modernizó servicios y facilitó la integración territorial, pero al mismo tiempo abrió un debate sobre soberanía, dependencia económica y el papel que debía asumir el Estado frente al capital extranjero.

 

La influencia británica en el Uruguay no se limitó únicamente a la infraestructura y a los servicios públicos. También alcanzó aspectos financieros, comerciales y hasta culturales. El sistema bancario y crediticio comenzó a girar, en gran medida, alrededor de instituciones vinculadas al capital inglés, lo que generó una fuerte dependencia económica respecto de los mercados europeos.

 

Esta situación provocó que buena parte de la economía uruguaya se integrara al modelo agroexportador diseñado por las grandes potencias industriales de la época. Uruguay se consolidó como productor y exportador de materias primas —principalmente carnes, lanas y productos derivados de la ganadería— mientras importaba productos manufacturados provenientes de Europa. El esquema permitía un crecimiento económico rápido, pero también colocaba al país en una posición vulnerable frente a las fluctuaciones del comercio internacional.

 

La relación económica entre Gran Bretaña y Uruguay presentaba una característica típica del siglo XIX y principios del XX: la metrópoli industrial aportaba capitales, tecnología y transporte, mientras las economías periféricas proveían materias primas y mercados consumidores. Este modelo, que inicialmente fue considerado sinónimo de progreso, comenzó con el tiempo a despertar críticas entre sectores políticos e intelectuales que advertían una creciente dependencia estructural.

No faltaron voces que señalaron que detrás de las inversiones extranjeras también existía una forma indirecta de influencia política. Si bien Uruguay mantuvo plenamente su soberanía formal, el enorme peso económico de las compañías británicas les otorgaba capacidad de presión sobre determinadas decisiones gubernamentales.

 

La discusión sobre el rol del capital extranjero comenzó así a instalarse dentro de la política uruguaya. Algunos sectores sostenían que aquellas inversiones habían sido fundamentales para modernizar un país pequeño con escasos recursos propios. Otros, en cambio, advertían que la ausencia de controles adecuados podía transformar al Estado en un simple administrador de intereses externos.

 

Con el paso del tiempo estas discusiones fueron adquiriendo mayor fuerza y terminarían influyendo en futuras políticas estatales orientadas a un mayor control nacional de servicios estratégicos. El debate entre inversión extranjera y soberanía económica, iniciado a fines del siglo XIX, continuaría presente durante gran parte de la historia uruguaya contemporánea.

 

"La historia de los capitales ingleses en Uruguay demuestra que el progreso económico y la modernización no siempre son procesos neutros. Detrás de los rieles, bancos y servicios públicos también se desarrolló una disputa silenciosa entre desarrollo, dependencia y soberanía nacional."


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