Por Aurelio Nicolella
En las últimas dos décadas,
Paraguay ha dejado de ser un simple país de tránsito para el narcotráfico y se
ha transformado en una pieza estratégica dentro del mapa del crimen organizado
en América del Sur. Su ubicación geográfica, la porosidad de sus fronteras, la
fortaleza de su economía informal que permite el lavado de activos de dudosa procedencia sumado a las debilidades estructurales de sus
instituciones han convertido al país en un escenario especialmente atractivo
para las organizaciones criminales transnacionales.
La preocupación ya no radica
únicamente en el volumen de drogas que atraviesa su territorio. El verdadero
desafío consiste en determinar hasta qué punto el poder económico del
narcotráfico ha comenzado a influir sobre las instituciones públicas, el sistema
político y la administración de justicia.
El concepto de narcoestado suele
utilizarse con prudencia por los especialistas. No basta con que exista
producción o tráfico de estupefacientes. Un narcoestado es aquel en el que las
organizaciones criminales logran capturar parcial o totalmente las estructuras
del poder público, condicionando decisiones políticas, financiando campañas
electorales, infiltrando organismos de seguridad y obteniendo niveles
significativos de impunidad.
Paraguay aún conserva
instituciones democráticas plenamente operativas. Sin embargo, numerosos
episodios ocurridos durante los últimos años muestran señales que resultan
difíciles de ignorar.
El asesinato del fiscal Marcelo
Pecci en Colombia en 2022 marcó un punto de inflexión. Pecci investigaba
complejas redes de narcotráfico, lavado de dinero y crimen organizado que
operaban en Paraguay y mantenían conexiones internacionales. Su ejecución reveló
la capacidad logística y financiera de organizaciones criminales que ya no
actuaban únicamente dentro de las fronteras paraguayas.
A ello se suma la creciente
presencia del Primer Comando de la Capital (PCC), la mayor organización
criminal de Brasil, que desde hace años desarrolla actividades en territorio
paraguayo vinculadas al tráfico internacional de cocaína, marihuana, armas y lavado
de activos. Su expansión demuestra que el crimen organizado moderno ya no
reconoce límites nacionales y opera mediante estructuras empresariales
altamente sofisticadas.
El narcotráfico necesita mucho
más que rutas para transportar drogas. Requiere funcionarios corruptos,
mecanismos financieros para blanquear ganancias, protección política y redes de
complicidad que le permitan actuar con relativa impunidad. Cuando esos factores
comienzan a consolidarse simultáneamente, el problema deja de ser
exclusivamente policial para convertirse en una amenaza institucional.
En ese punto aparece una
expresión cada vez más utilizada por analistas de seguridad: la mexicanización.
La mexicanización no implica
simplemente un incremento de homicidios. Describe un proceso gradual mediante
el cual los carteles acumulan tal poder económico y militar que comienzan a
disputar al propio Estado el control efectivo de determinadas regiones. Surgen
asesinatos por encargo, extorsiones, desapariciones, corrupción sistemática y
una creciente incapacidad estatal para garantizar el monopolio de la fuerza.
México constituye el ejemplo más
conocido, pero no el único. Durante décadas, el problema fue subestimado hasta
que las organizaciones criminales alcanzaron un poder difícil de revertir. Una
vez consolidada esa estructura paralela, la recuperación institucional se
volvió extraordinariamente compleja.
Paraguay enfrenta hoy un riesgo
similar, aunque todavía reversible.
El país continúa siendo uno de
los principales productores de marihuana de Sudamérica y un corredor
estratégico para la cocaína destinada a Brasil, Argentina y Europa. La hidrovía
Paraguay-Paraná, la extensa frontera seca con Brasil y Bolivia y la intensa
actividad comercial de la Triple Frontera ofrecen oportunidades que las
organizaciones criminales han sabido aprovechar.
La amenaza trasciende ampliamente
las fronteras paraguayas.
Argentina ya observa un
incremento sostenido de la violencia vinculada al narcotráfico, especialmente
en Rosario y en auge en el conurbano bonaerense, mientras Brasil enfrenta desde hace años la consolidación de
grandes organizaciones criminales con enorme capacidad operativa. Ningún país de
la región puede considerarse aislado de esta realidad.
Por ello, el fortalecimiento
institucional de Paraguay constituye un interés estratégico para toda
Sudamérica.
Combatir el narcotráfico exige
mucho más que aumentar penas o realizar operativos espectaculares. Requiere
profesionalizar las fuerzas de seguridad, fortalecer la independencia judicial,
proteger a fiscales y magistrados, mejorar los sistemas de inteligencia
criminal, controlar el lavado de activos y garantizar una cooperación
internacional permanente.
La experiencia latinoamericana
demuestra que las democracias no suelen derrumbarse únicamente por golpes de
Estado. También pueden erosionarse lentamente cuando el crimen organizado
comienza a capturar espacios de poder, corromper instituciones y sustituir la
autoridad legítima por el miedo.
Todavía resulta prematuro afirmar
que Paraguay sea un narcoestado en sentido estricto. Sin embargo, negar los
síntomas sería un grave error. La evidencia acumulada obliga a reconocer que
enfrenta uno de los mayores desafíos institucionales de su historia reciente.
La pregunta ya no es si el
narcotráfico representa una amenaza para Paraguay. La verdadera incógnita es si
el Estado tendrá la fortaleza suficiente para impedir que esa amenaza termine
condicionando su futuro democrático.
La historia de América Latina
enseña una lección ineludible: cuando el crimen organizado logra infiltrarse en
las instituciones, recuperarlas demanda generaciones. La prevención siempre
resulta menos costosa que la reconstrucción.

3 comentarios:
Comenta GABRIEL DIAZ . El proceso proceso gradual mediante el cual los carteles acumulan tal poder económico, es el factor principal, ya que en el nuevo Orden Mundial se avizora que ya estan en la etapa financiera. Es decir, las acciones militares y la acumulación de poder militar si bien es importante, no es una amenaza, salvo que
Los paraguayos si ni fuera opor los argentinos no esisten
Muy buena información felicitaciones AURELIO abrazo
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