LA PATRIA GRANDE: LA QUIMERA QUE LA HISTORIA NUNCA PUDO CONSTRUIR
Por Aurelio Nicolella
Existen ideas que resisten el paso del tiempo porque fueron exitosas. Otras sobreviven porque determinados sectores políticos se empeñan en mantenerlas vivas. La llamada Patria Grande pertenece a este último grupo.
Cada tanto reaparece en discursos, actos oficiales y declaraciones de dirigentes. Se la presenta como el verdadero destino de los pueblos latinoamericanos, como una nación frustrada por conspiraciones extranjeras o por las ambiciones de algunos gobernantes. Sin embargo, cuando se dejan de lado los relatos y se observan los hechos, la conclusión es inevitable: la Patria Grande nunca existió.
No existió un Estado continental. No hubo una Constitución común. No hubo un gobierno único. No existió una ciudadanía americana ni un sistema jurídico compartido. Nunca hubo una bandera que representara a todos los pueblos hispanoamericanos ni un poder político capaz de gobernarlos como una sola nación.
Lo que sí existieron fueron pueblos diferentes, con economías distintas, intereses muchas veces contrapuestos y dirigentes que, apenas alcanzada la independencia, comenzaron a construir sus propios Estados nacionales.
La Argentina declaró su independencia el 9 de julio de 1816 para convertirse en una nación soberana. No lo hizo para integrarse a un Estado continental inexistente. Lo hizo para decidir por sí misma su destino.
Los hechos posteriores hablan por sí solos. Hubo guerras entre países hermanos. Hubo conflictos limítrofes. Hubo disputas comerciales. Hubo alianzas y rupturas. Cada nación dictó su propia Constitución, creó sus instituciones, organizó sus fuerzas armadas y desarrolló una identidad nacional propia.
Si la Patria Grande hubiera sido una realidad histórica, nada de eso habría ocurrido.
Con frecuencia se responsabiliza a potencias extranjeras por el fracaso del proyecto integrador. Sin negar la influencia que pudieron ejercer en distintos momentos, esa explicación resulta insuficiente. La verdadera razón fue mucho más simple: los propios pueblos americanos eligieron construir Estados nacionales independientes.
La historia no puede escribirse a partir de deseos. Los historiadores analizan hechos, documentos y procesos, no aspiraciones.
Otra cuestión distinta es la integración regional. Nadie discute la utilidad de celebrar tratados comerciales, coordinar políticas de infraestructura, promover el intercambio científico o fortalecer mecanismos de cooperación. Eso ocurre en todas las regiones del mundo y no implica renunciar a la soberanía nacional.
La integración es un instrumento.
La Patria Grande pretende ser una identidad política.
Y ambas cosas no son equivalentes.
Europa ofrece un ejemplo elocuente. La Unión Europea constituye uno de los procesos de integración más avanzados del planeta. Sin embargo, Francia sigue siendo Francia. Italia continúa siendo Italia. España mantiene su identidad. Alemania conserva su soberanía. Ninguno de esos países dejó de existir por cooperar con sus vecinos.
En América del Sur sucede exactamente lo mismo. Argentina puede cooperar con Brasil, Chile, Uruguay o Paraguay sin dejar de ser Argentina.
Por eso resulta llamativo que algunos pretendan presentar la defensa de la Nación como un obstáculo para la integración. La soberanía nacional no es incompatible con la cooperación internacional. Lo incompatible es pretender reemplazar la realidad histórica por un relato político.
La Patria Grande pertenece al universo de las ideas, no al de los hechos. Es un ideal respetable para quienes adhieren a él, pero carece de existencia histórica e institucional.
Las naciones, en cambio, sí existen.
Existen porque tienen territorio, población, instituciones, leyes, historia, símbolos y una conciencia colectiva que las identifica.
La Argentina no es una provincia de una patria continental imaginaria. Es una República independiente que lleva más de dos siglos construyendo su propio destino.
Quizá esa sea la mayor diferencia entre la historia y la política.
La política puede sostener una ilusión durante generaciones. La historia, tarde o temprano, termina sometiéndola al juicio de los hechos.
Y el veredicto parece definitivo.
La Patria Grande fue un sueño. La Nación Argentina es una realidad.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario