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LANÚS OLVIDADO: COMO EL ABANDONO MUNICIPAL MARCO EL DECLIVE DE UN DISTRITO OBRERO Y MODELO

Por Aurelio Nicolella

 

La situación de decadencia en el partido de Lanús puede comprenderse con mayor claridad si se la contrasta con su pasado. Durante décadas, Lanús fue reconocido como un pueblo dinámico, profundamente ligado al trabajo, a la industria y al esfuerzo cotidiano de sus habitantes.

Sus barrios crecieron al calor de fábricas, talleres y comercios, generando una identidad basada en la cultura del trabajo y en una fuerte expectativa de progreso. Existía una perspectiva de futuro: las familias confiaban en que el desarrollo urbano, la educación y el empleo permitirían a las nuevas generaciones vivir mejor que las anteriores.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esa proyección comenzó a diluirse. La decadencia actual puede entenderse como el resultado de una acumulación de decisiones y omisiones a lo largo de distintas gestiones municipales, atravesadas por un rasgo común: el progresivo abandono de las zonas periféricas en relación con el centro del distrito.

Durante la extensa intendencia de Manuel Quindimil, uno de los aspectos más discutidos fue la urbanización de sectores vinculados a la proyección de la Avenida General Paz. En torno a esas áreas, con el tiempo, se fueron afincando asentamientos precarios que crecieron sin planificación ni acompañamiento estatal. La falta de infraestructura, servicios básicos y políticas de integración derivó en condiciones de hacinamiento, pobreza estructural y exclusión social.

En ese contexto, y como ocurre en muchos territorios atravesados por estas problemáticas, la delincuencia y el narcotráfico comenzaron a incrementarse, alimentados por la marginalidad y la ausencia de oportunidades. 

A esto se suma que, según distintas versiones extendidas, “Don Manolo” mantenía reparos frente a obras estructurales como la expansión de la red cloacal, o a gastos en infrastructuras edilicias educativas, ya que las consideraba de escasa visibilidad política, lo que habría contribuido a postergar mejoras esenciales para estos sectores. Todo ello impactó con mayor fuerza en los barrios alejados del núcleo céntrico, marcando una primera brecha territorial significativa.

En la gestión de Darío Díaz Pérez, lejos de revertirse, esa desigualdad se profundizó. La administración fue señalada por su ineficiencia para atender demandas básicas, especialmente en la periferia. El mantenimiento urbano deficiente, la escasa inversión en obras y la falta de respuesta a reclamos vecinales consolidaron la percepción de un municipio que comenzaba a retirarse de su rol activo en amplias zonas del distrito.

Durante el período de Néstor Grindetti, si bien se impulsaron obras visibles, distintos sectores sostienen que estas se concentraron en áreas estratégicas como Valentín Alsina, favorecidas por su cercanía con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Esta lógica reforzó un modelo desigual: mientras algunos corredores mostraban mejoras, los barrios periféricos continuaban sin recibir atención sostenida, profundizando el contraste dentro del mismo municipio.

En la etapa más reciente, bajo la conducción de Julián Álvarez, las críticas ya no se limitan únicamente a las zonas periféricas, sino que también alcanzan al centro de Lanús y a sus distintas localidades. La inseguridad se percibe como una problemática extendida, sin distinción clara entre áreas, lo que refuerza la sensación general de desprotección.

A su vez, numerosos reclamos apuntan a un enfoque excesivamente recaudatorio en materia de tránsito: la proliferación de cámaras destinadas a labrar infracciones contrasta, según estas críticas, con la escasa efectividad o funcionamiento limitado de los sistemas de videovigilancia orientados a la prevención del delito. Esta aparente desproporción alimenta la percepción de un Estado más presente para sancionar que para proteger.

Asimismo, se cuestiona que los importantes recursos destinados al funcionamiento de los patrulleros de Seguridad Ciudadana no se vean reflejados en una mejora concreta de la tranquilidad pública. Vecinos señalan situaciones en las que móviles se encuentran apostados a escasa distancia de hechos delictivos sin intervenir, lo que profundiza la sensación de desamparo y pone en duda la eficacia del sistema de prevención.

En este recorrido, se hace patente un patrón que atraviesa décadas de gestión: las distintas administraciones, con sus diferencias, privilegiaron sistemáticamente el centro y los sectores de mayor visibilidad, mientras relegaban a la periferia a un abandono casi deliberado. De esta manera, el municipio —como máxima expresión del Estado local— fue retirándose de vastos barrios, dejando a sus habitantes a merced de la falta de servicios, infraestructura y seguridad, y evidenciando una ausencia política que sigue afectando el día a día de los vecinos.

En esos espacios, sus habitantes quedaron, en gran medida, librados a su propia suerte, enfrentando cotidianamente carencias estructurales sin el acompañamiento sostenido de políticas públicas.

Esta dinámica no solo profundizó desigualdades territoriales, sino que también erosionó el vínculo entre la comunidad y sus instituciones, alimentando una sensación persistente de abandono que hoy constituye uno de los ejes centrales para comprender la realidad del distrito.

En definitiva, la historia reciente de Lanús muestra cómo las decisiones políticas, las prioridades desiguales y la ausencia sostenida del Estado en amplias zonas del distrito transformaron un pueblo dinámico y con futuro en un territorio marcado por desigualdad, inseguridad y sensación de abandono. 

Recuperar la confianza de los vecinos, equilibrar la atención entre el centro y la periferia, y garantizar que las políticas públicas respondan a las necesidades reales, no solo a la visibilidad o la recaudación, se presenta como un desafío central para que Lanús recupere su identidad de ciudad trabajadora y con proyección hacia el futuro. 

Porque nuestro querido Lanús, con su historia de trabajo, esfuerzo y progreso, se lo merece.


COLABORACION DE UN CAFECITO


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