"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" MARIANO MORENO

“La libertad de expresión es como la salud: cuando falta se da cuenta uno de lo que perdió. Sin ella, el ser humano pierde la dignidad como tal. Por lo tanto, todos debemos luchar para conservarla y pasarla a nuestros hijos, como la mejor herencia" AURELIO NICOLELLA

Páginas

PROVINCIA DE BUENOS AIRES: CUANDO EL MINISTRO DISCUTE POLITICA MIENTRAS LA INSEGURIDAD GANA LA CALLE

 Por Aurelio Nicolella

En la Provincia de Buenos Aires la inseguridad dejó de ser una estadística para transformarse en una experiencia cotidiana. Robos, entraderas, homicidios y violencia urbana forman parte del paisaje diario de millones de bonaerenses que sienten, cada vez con mayor claridad, que el Estado se ha retirado de su función esencial: garantizar la seguridad de los ciudadanos.

En ese contexto, la gestión del actual ministro de Seguridad provincial, Javier Alonso, aparece marcada por una preocupante ausencia de conducción real. La seguridad pública, lejos de estructurarse como una política integral del Estado, parece haberse reducido a una sucesión de anuncios, operativos esporádicos y estrategias comunicacionales que buscan instalar una sensación de gestión que la realidad se encarga de desmentir todos los días.

El problema ya ni siquiera distingue colores políticos. La inseguridad golpea con la misma crudeza en municipios gobernados por la oposición y también en aquellos administrados por intendentes del propio oficialismo provincial. Esto revela una verdad incómoda: la crisis no responde a disputas partidarias locales, sino a la falta de una política de seguridad seria, coordinada y sostenida desde el ministerio que debería conducirla.

Hoy la provincia funciona como un archipiélago de municipios que intentan resolver el problema del delito por su cuenta. Las secretarías de seguridad comunales operan muchas veces sin articulación efectiva con el ministerio provincial, sin planificación conjunta y sin un sistema de comando estratégico claro. La consecuencia es obvia: desorden institucional, dispersión de recursos y una creciente sensación de desprotección ciudadana.

Además, la provincia de Buenos Aires concentra casi la mitad de los homicidios del país y más del 25% de los robos denunciados a nivel nacional, lo que revela el peso estructural que tiene el territorio bonaerense dentro del mapa del delito argentino.

Mientras tanto, el dinero del erario público bonaerense parece encontrar destino en programas cosméticos, relanzamientos burocráticos y estructuras administrativas que privilegian el impacto político antes que los resultados concretos. Se multiplican las mesas de trabajo, los anuncios rimbombantes y las conferencias de prensa, pero en los barrios la realidad sigue siendo la misma: patrulleros que no alcanzan, zonas liberadas de hecho y vecinos que organizan su propia seguridad ante la ausencia del Estado.

En lugar de asumir la responsabilidad de coordinar y fortalecer el sistema de seguridad provincial, no pocas veces se observa al propio ministro enfrascado en discusiones públicas con autoridades municipales. Así lo vimos recientemente discutiendo con la intendenta de Vicente López, Soledad Martínez, en un intercambio político que poco aporta a la resolución concreta del problema que preocupa a los vecinos. Mientras los ciudadanos reclaman soluciones, planificación y presencia efectiva del Estado, el debate público termina reducido a cruces políticos que no mejoran en absoluto la seguridad en las calles.

Particularmente preocupante es lo que ocurre con los dispositivos de asistencia a las víctimas del delito. Lo que debería ser un sistema profesional, integrado por especialistas capaces de brindar contención psicológica, orientación legal y acompañamiento institucional, parece haber sido colonizado por criterios de acomodo político. Militantes o designaciones sin la capacitación adecuada terminan ocupando espacios que deberían estar reservados a profesionales formados para intervenir en situaciones de extrema vulnerabilidad.

Pero el problema no se limita únicamente a las decisiones de gestión. También interpela directamente a la idoneidad del funcionario que conduce la política de seguridad de la provincia.

De acuerdo con la propia información institucional difundida por el portal oficial del ministerio, el ministro Javier Alonso cursó una Maestría en Ciencias Sociales con orientación en educación, además de una especialización en gestión de políticas educativas en FLACSO. Su trayectoria profesional se ha desarrollado principalmente en el campo académico y en el diseño de políticas públicas vinculadas a la formación y la gestión educativa.

En materia de seguridad pública, los antecedentes consignados indican que se desempeñó como Subsecretario de Formación y Desarrollo Profesional del Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires entre 2019 y 2023, y previamente como Subsecretario de Planeamiento y Formación del Ministerio de Seguridad de la Nación entre 2013 y 2015, además de haber trabajado como consultor en organismos internacionales en temas de políticas públicas.

Más allá del valor académico de esas trayectorias, resulta legítimo preguntarse si un perfil construido fundamentalmente en el ámbito de la formación, la planificación administrativa y la gestión educativa reúne la experiencia operativa necesaria para conducir la política de seguridad de la provincia más grande y compleja del país.

Porque la seguridad pública no es un seminario universitario ni un laboratorio de diseño de políticas. Es un terreno donde se toman decisiones todos los días frente a fenómenos criminales complejos, redes delictivas organizadas y territorios donde el Estado debe ejercer autoridad real.

Quizás por eso la gestión transmite muchas veces la sensación de estar diseñada desde la lógica de la planificación teórica antes que desde la experiencia concreta en la conducción de estructuras de seguridad. No se trata de desmerecer la formación académica, sino de advertir una evidente desproporción entre el perfil del funcionario y la magnitud del problema que debe enfrentar.

En otras palabras: el perfil profesional que exhibe el actual ministro parece estar más vinculado al campo de las políticas sociales o educativas que al comando operativo de un sistema de seguridad pública atravesado por niveles alarmantes de criminalidad.

Y mientras el delito avanza con una lógica cada vez más profesionalizada, la conducción política de la seguridad bonaerense parece seguir atrapada entre diagnósticos académicos, estructuras burocráticas y anuncios que rara vez logran traducirse en resultados concretos.

La seguridad pública no admite improvisaciones ni marketing político. Requiere liderazgo, planificación estratégica, coordinación institucional y una inversión inteligente de recursos. Cuando esas condiciones no existen, el vacío lo ocupa inevitablemente el delito.

Hoy la provincia más grande del país parece transitar exactamente ese escenario: un Estado que comunica gestión mientras la calle revela otra cosa.

Y en materia de seguridad, cuando el Estado llega tarde o llega mal, quienes pagan las consecuencias no son los funcionarios, sino los ciudadanos.