"La libertad es el derecho que tiene todo hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía" José Marti, político liberal, pensador, periodista, filósofo y poeta cubano.

LA PANDEMIA DEL SIGLO XXI

Por Aurelio Nicolella

¿Recuerdas cuando tus padres te decían que te comieras todo lo que había en tu plato, porque había muchos chicos pobres en el mundo que no tenían qué comer? Pues recientemente alcanzamos un triste punto de inflexión: según un informe de octubre pasado de la Organización Mundial de la Salud (OMS), actualmente mueren más personas en el mundo debido al sobrepeso y la obesidad que a la desnutrición.

Campaña contra la Obesidad
Ayer, el tabaco preocupaba a los países desarrollados, luego de haber disminuido con leyes eficaces el consumo del cigarrillo, según datos revelados en dichos países se fuma un sesenta  por ciento menos que en 1975 cuando comenzó lo que se llamó la “lucha contra la nicotina” (Fight  against Nicotine). Por cierto, el logro llegó por la implementación de políticas de estado y el gasto que originaba un fumador cuando se enfermaba era superior al ingreso de dinero por impuesto que ingresaba al fisco originado por consumir dicho consumo. Eso, precisamente, hizo comprender a muchos dirigentes que era mejor atacar de cuajo con el mal. Entonces, las ejecuciones de medidas anti-tabaco (como comenzar a prohibir la publicidad en los medios de comunicación, fumar en lugares cerrados, en medios de transportes, en las oficinas públicas, para después seguir adoptando las mismas medidas las empresas privadas), hicieron que lo que parecía imposible y difícil de lograr, se convirtiera en una realidad.   Gran parte de ayuda provino de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que desde un principio respaldó activamente las medidas que adoptaban los distintos gobiernos en contra de la lucha contra el tabaquismo, alentando toda forma de promoción, publicidad y patrocinio en torno al tabaco.
Aunque esa lucha no está concluida definitivamente y erradicada de la Tierra, nadie pone en duda que más de treinta y cinco años después los logros son importantes.
Si ayer la pandemia era el tabaquismo, hoy la obesidad es lo que preocupa a los países desarrollados y occidentales. Nuestro país, la República  Argentina, no escapa a ello. Según cálculos estimativos en los Estados Unidos de América sobre trescientos veinte millones de personas el sesenta y tres por ciento de la población tiene sobrepeso y/u obesidad, o sea que más de doscientos millones de estadounidenses sufren las consecuencias de una mala sobre alimentación. Los números son alarmantes porque la cifra de obesidad alcanza a más de cien millones de habitantes. Evidentemente, el país del norte tiene una guerra declarada en su propio territorio, donde hoy la está perdiendo y las instituciones sanitarias son conscientes de la situación. La obesidad trae enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial,  accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo 2, problemas renales, entre otras muchas enfermedades, incluso el tan temido cáncer. Cada año un millón de estadounidenses  fallecen a causa directa de la obesidad o el sobrepeso que sufren. Las autoridades sanitarias han hecho mano al recurso de la difusión de lo bueno que es una correcta alimentación y de dejar la sedentarización a la que el hombre moderno se ha acostumbrado. Incluso la primera dama, Michelle Obama, se puso al frente de la mayor campaña contra la obesidad.
Pero a nadie escapa que la obesidad tiene en Estados Unidos y en cualquier parte del mundo un gran aliado: las multinacionales de la alimentación o mejor dicho de la mala alimentación, la comida chatarra (Junk  Food).
Dichas empresas han tomado lo que se come como una forma de ganar dinero, rápido, fácil y sencillo. Así, utilizan la excusa de que la humanidad no sufre más hambre porque la industrialización de los alimentos hace  posible que los mismos lleguen a todos y a menor precio.
La realidad es que se aplican conservantes, edulcorantes, colorantes y químicos en la elaboración de esos comestibles, para hacerlos más duraderos, siendo un arma letal, puesto que esos productos, al no ser naturales, perjudican a lo largo a nuestro metabolismo.

Los que comienzan a ser perjudicados son los menores. Es importante la cantidad de niños en edad escolar que son obesos o con un sobrepeso considerable. Todo ello producto de la comida chatarra, y, de los dulces que comen. Muchos estados del país han cambiado sus dietas escolares por aquellas más sanas, incluyendo frutas y verduras en sus menúes. El lema en muchos lugares de Estados Unidos es “más zapatillas y menos pastillas”, una invitación a moverse más en esta época de tecnología.
El problema de la obesidad infantil  ha traído aparejado un gran porcentaje de infantes con diabetes. Es común que muchos médicos y nutricionistas aleguen que los niños nacidos en este siglo tendrán una expectativa de vida mucho menor que sus propios padres.

La obesidad en la pintura
La situación en nuestro país no dista mucho de la que se ve en el país del norte. En Argentina, sobre una población de cuarenta y dos millones cerca de once millones quinientos mil habitantes sufren sobrepeso u obesidad, y ello debido al cambio de hábitos alimentarios y sedentarización: se come rápido, mal y encima, cada vez se mueve menos el cuerpo. El argentino medio incluso ha dejado de cenar  en los horarios habituales de antaño. Hoy es común que después de las diez de la noche se comience a cenar, lo que conlleva a que no se haga la digestión requerida antes de ir a dormir, y si a eso se le suma que muy pocos desayunan bien en la mañana antes de comenzar sus labores de acorde a lo recomendado. Las reuniones de amigos o familiares son puras comilonas, donde se ingieren miles de calorías que hacen crecer la panza.
La educación infantil al respecto es casi nula, en las escuelas tanto públicas como privadas no existe una dieta acorde a la real necesidad de los pequeños, así comiendo chocolatines o productos procesados se está creando una bomba de tiempo que estallará en poco tiempo. Últimamente los profesores de educación física de las escuelas argentinas solicitan un certificado médico que acredite por un profesional que el menor o alumno está capacitado para realizar actividades físicas, cosa impensada hace un par de décadas, en donde los niños eran muchos más esbeltos, aunque fueran de contextura grande. Una de las razones es que los menores no juegan al aire libre tanto como antes, los juegos de las computadores, las redes sociales y las video consolas de sobremesa han remplazado los juegos en lo que se consumían miles de calorías.
Las frutas, verduras y la comida elaborada han sido reemplazadas de las mesas argentinas por comida chatarra que puesta cinco minutos en el horno microondas está lista para ser consumida.
Para nuestro país, la obesidad y el sobrepeso deben ser una cuestión de estado. Políticas de salud urgentes deben ser instrumentadas. No alcanza solamente con la ley 26.396, aunque cabe reconocer que su artículo 16 obligó a las obras sociales y medicinas prepagas a brindar coberturas sobre este rubro a las personas enfermas por trastornos alimentarios. Se ha calculado que dichas instituciones se han ahorrado millones de pesos en gastos de enfermedades colaterales que produce la obesidad, y pensar que hacían “lobby”  contra la sanción de dicha ley.
El Ministerio de Salud de la Nación poco y nada hace para difundir por los medios de comunicación masivos los beneficios de una buena alimentación y la práctica de ejercicios físicos.
Corresponde al estado y a la población en general encarar la lucha
La familia argentina en crisis
contra esta pandemia. Se pudo contra el tabaquismo y las multinacionales que apañaban su consumo, se estabilizó el riesgo de muerte ante el V.I.H. dándoles a los enfermos una mejor calidad de vida, ¿por qué no puede suceder lo mismo con la lucha contra la obesidad?, ¿desidia de nuestros gobernantes?, ¿temor a las empresas de alimentación chatarra?, o ¿negligencia e inoperancia?
Más que nunca un consejo familiar que solía repetir mi padre “nunca arrepentirse de haber comido menos y de haber caminado más”, hoy puedo decir que mi padre era sabio, por algo siempre mantuvo su peso, era flaco y esbelto.   

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