"La libertad es el derecho que tiene todo hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía" José Marti, político liberal, pensador, periodista, filósofo y poeta cubano.

QUE EN PAZ DESCANSE OCCIDENTE

Por Octavio Daniel Curto (*) 

Cuando Occidente haya sucumbido, su lápida (si es que tiene alguna) seguramente dirá: “Aquí yace otra civilización cuyo inconsciente suicidio se debió a la supina ignorancia sobre su propio pasado”. 

Algunos memoriosos, que no se atreverán siquiera a llevarle flores a su tumba, pensarán que se hubiese evitado tan horrenda muerte si hubiese recordado el fatal error del rey Príamo de Troya. En el año 1280 antes de Cristo: los troyanos resistieron durante diez años el asedio de los griegos sin poder traspasar sus enormes murallas. Como toda guerra, ésta tenía una excusa y un motivo verdadero; la excusa era vengar la afrenta que había cometido Paris (hermano menor del príncipe Héctor,  heredero al trono de Troya) contra el rey de Esparta Menelao al raptar a su esposa Helena (que, en realidad, no fue raptada, sino que se fugó de buen gusto con el joven príncipe); pero el verdadero motivo residía en el afán de Agamenón (hermano mayor de Menelao y rey de todos los reyes de Grecia) de, o dominar a Troya y toda la costa noroccidental de la actual Turquía o saquearla y quedarse con todas sus riquezas. Sin embargo, ni cincuenta mil guerreros griegos, ni la ayuda del semidiós Aquiles (completamente invulnerable en todo su cuerpo, salvo en el talón) pudieron hacer mella en las altas murallas de Troya, hasta que la astucia de Odiseo (rebautizado como Ulises por los romanos) engendró un plan digno de la diosa Atenea. 

Los griegos fingieron retirarse hacia su patria alejándose de la costa turca, y dejando en las puertas de sus enemigos un enorme caballo de madera como una ofrenda al dios Poseidón; el rey Príamo,  haciendo gala de una soberbia rayana en la imbecilidad y una actitud demagógica hacia su pueblo, ordenó que entraran el artefacto a la ciudad. Por la noche, cuando los troyanos dormían ebrios por el festejo de su victoria, salieron de dentro del hueco caballo de madera los mejores guerreros griegos que abrieron las puertas de la dormida ciudad al resto de su ejército.


Y Troya cayó. Todos los hombres fueron asesinados, los niños fueron arrojados desde las murallas y las mujeres fueron violadas y hechas esclavas por los invasores, incluso una de las hijas de Príamo (Casandra), que habiendo recibido el don de la profecía del mismísimo dios Apolo había corrido como una loca por la ciudad rogando a los gritos que no entraran el caballo pues, si lo hacían, Troya caería, fue tomada como esclava por el rey Agamenón. El anciano rey Príamo fue asesinado por el hijo de Aquiles y toda la ciudad fue reducida a cenizas, salvo sus altas murallas que, según el mito, habían sido construidas por Poseidón y Apolo.

Durante siglos, los estudiosos creyeron que “Ilíada”, esta obra maestra del legendario y ciego poeta griego Homero, escrita en dialecto jonio antiguo cerca del año 780 antes de Cristo, había sido una invención literaria, hasta que un equipo arqueológico liderado por el millonario erudito alemán Heinrich Schliemann descubrió, a fines del siglo XIX, el emplazamiento de Troya (o Ilión, según su nombre antiguo y del cual deriva el título del poema épico). No hay que hurgar demasiado para hallar la metáfora. 

La civilización occidental y cristiana (especialmente representada por los países más desarrollados) es la nueva Ilión, y la civilización islámica o mahometana es la nueva Grecia; después de siglos de enfrentamiento, los orientales han descubierto el talón de Aquiles de los occidentales: la misma soberbia estupidez del rey Príamo de Troya y su demagógica corrección política.

Ya desde hace algún tiempo, comenzaron a dejar a las puertas de la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda (e incluso de países latinoamericanos) los aparentemente inofensivos caballos de madera de la inmigración indiscriminada desde países de Medio Oriente y África del Norte, las barcas con refugiados y, con ellas, su religión que tiene, en algunos países de la Unión Europea, más prerrogativas y privilegios otorgados por el Estado que otras confesiones. Esos países parecen no comprender que entraron el caballo de Troya a sus ciudades y que ello generará su inevitable caída. 

Lo lógico sería que Occidente cooperara con Oriente para promover sociedades más justas, equitativas y democráticas en vez de querer compensar, culposamente, su inacción admitiendo una inmigración fuera de control y una hipócrita “asistencia humanitaria” a los refugiados sirios mientras sus propios bombarderos contribuyen al caos en esa región de Medio Oriente; la premisa básica debería ser: “en paz y armonía, pero cada uno en su casa”; sin embargo, Occidente elige la opción más barata para después espantarse por los habituales atentados terroristas del extremismo islámico. 

Nuestra civilización está jugando con un arma peligrosa de un modo negligente que puede acabar con su torpe suicidio, a pesar de que los grandes jurisconsultos romanos establecieron hace dos mil años en su Derecho una máxima que aún tiene vigencia: “nadie puede alegar su propia torpeza en juicio”. 

Los memoriosos del futuro que recuerden a la fallecida civilización occidental pensarán que hubiese podido evitar su muerte simplemente recordando las funestas consecuencias que acarreó el fatal error del rey Príamo de Troya.

(*) Octavio Daniel Curto, es abogado, profesor, intelectual y pensador, argentino.

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