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UNA DEMOCRACIA FORJADA EN LA DERROTA Y LA URGENCIA

Por Aurelio Nicolella

A lo largo del siglo XX, Argentina atravesó una serie de rupturas políticas y económicas que marcaron profundamente su desarrollo. Entre los episodios más citados como puntos de inflexión se encuentran el golpe de Estado de 1930, el de 1955, el de 1966 y la crisis económica conocida como el “Rodrigazo” de 1975. Analizar estos hitos permite entender cómo se fue configurando un ciclo de inestabilidad institucional y deterioro económico.

El primer gran quiebre se produjo con el Golpe de Estado en Argentina de 1930, que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen. Este hecho inauguró la intervención sistemática de las Fuerzas Armadas en la política. A partir de allí, se debilitó el orden democrático y se consolidó una lógica de poder basada en la proscripción, el fraude electoral y la tutela militar. Además, coincidió con el impacto de la crisis mundial de 1929, lo que agravó la situación económica del país.

El segundo hito clave fue el Golpe de Estado en Argentina de 1955, que expulsó del poder a Juan Domingo Perón. Este episodio no solo interrumpió un proceso político con fuerte base social, sino que también profundizó la polarización. La proscripción del peronismo durante casi dos décadas generó un sistema político incompleto, incapaz de canalizar plenamente la representación popular, lo que derivó en conflictos recurrentes y falta de estabilidad.

El Golpe de Estado en Argentina de 1966, encabezado por Juan Carlos Onganía, buscó instaurar un modelo autoritario de largo plazo que eliminara la competencia política. Se intervino la universidad (como en la “Noche de los Bastones Largos”) y se reprimió la actividad sindical y estudiantil. Este período deterioró aún más la vida institucional y alimentó la radicalización política, sentando las bases para la violencia de los años siguientes.

Finalmente, el llamado Rodrigazo, impulsado por el ministro de Economía Celestino Rodrigo durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, representó un colapso económico abrupto. La fuerte devaluación, el aumento de tarifas y la caída del salario real desataron una crisis social de gran magnitud. Este episodio marcó el agotamiento del modelo económico vigente y aceleró la descomposición política que desembocaría en el golpe de 1976.

En conjunto, estos acontecimientos no solo interrumpieron procesos democráticos, sino que también erosionaron la confianza en las instituciones y limitaron la capacidad del país para sostener políticas de desarrollo a largo plazo. Más que hechos aislados, forman parte de una secuencia en la que la inestabilidad política y las crisis económicas se retroalimentaron, dificultando la construcción de consensos duraderos.

Comprender estos hitos resulta fundamental para analizar los desafíos actuales de Argentina. La historia muestra que el crecimiento sostenido no depende únicamente de variables económicas, sino también de la solidez institucional, la inclusión política y la capacidad de evitar rupturas que interrumpan el curso democrático.

Asi, el Golpe de Estado en Argentina de 1976 instauró un régimen que aplicó una política sistemática de represión y Terrorismo de Estado en Argentina. A esto se sumaron el desgaste provocado por la Guerra de las Malvinas y una economía marcada por una inflación descontrolada y un fuerte deterioro social.

En ese contexto, el retorno a la democracia no surgió de una transición planificada o consensuada, sino del colapso del régimen militar tras su derrota y pérdida de legitimidad. La apertura democrática fue, en gran medida, consecuencia de esa retirada forzada, lo que dio lugar a un sistema institucional que debió reconstruirse desde una base frágil y con profundas tensiones heredadas.

Por eso, la democracia argentina puede entenderse, en cierto modo, como una democracia condicionada: no por falta de legitimidad en su origen popular, sino por el peso de las crisis, las rupturas institucionales previas y las limitaciones estructurales con las que debió nacer y consolidarse.