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08 julio 2026

MASAJISTAS MASCULINOS PARA MUJERES: UNA PROFESIÓN EN CRECIMIENTO EN LAS GRANDES CIUDADES DE OCCIDENTE

 

 

Kenji Nakamura (*)


De una profesión impensada a un servicio cada vez más aceptado

Si alguien hubiera imaginado esta situación hace cincuenta o sesenta años, probablemente habría generado sorpresa o incluso rechazo social. En las décadas de 1950, 1960 e incluso buena parte de los años 70, la idea de que un hombre se dedicara profesionalmente a brindar masajes a mujeres fuera de un hospital, una clínica o un consultorio médico habría sido vista con desconfianza en gran parte de Occidente.

Las costumbres sociales de la época eran muy diferentes. El contacto físico entre personas de distinto sexo estaba rodeado de fuertes prejuicios culturales y morales. En muchos países, una mujer difícilmente hubiera acudido sola a un gabinete donde un hombre le realizara un masaje, y un profesional que ofreciera ese servicio habría encontrado importantes barreras para desarrollar su actividad.

Con el paso de las décadas, la sociedad comenzó a transformarse. La incorporación masiva de la mujer al mundo laboral, el crecimiento de la industria del bienestar, la difusión de disciplinas como la fisioterapia, la masoterapia y las técnicas orientales de relajación, junto con una mayor igualdad entre hombres y mujeres, modificaron profundamente la percepción de esta actividad.

Hoy, en ciudades como Buenos Aires, Madrid, Londres, Nueva York o Sídney, resulta cada vez más habitual encontrar hombres que trabajan como masajistas atendiendo a clientas. Para muchas personas, el criterio principal ya no es el sexo del profesional, sino su formación, experiencia, ética y capacidad técnica.

Al mismo tiempo, internet y las redes sociales han dado visibilidad a una amplia variedad de servicios. En ese contexto conviven la masoterapia estrictamente profesional con otras propuestas orientadas al entretenimiento o a experiencias para adultos, lo que hace necesario distinguir claramente entre unas y otras para evitar confusiones.

Más allá de estas diferencias, el crecimiento de hombres dedicados a la masoterapia para mujeres constituye un ejemplo de cómo las profesiones evolucionan junto con la sociedad. Lo que décadas atrás podía parecer impensable, hoy forma parte de una realidad cotidiana en muchas de las grandes ciudades del mundo occidental.

Durante décadas, la imagen tradicional del masajista estuvo asociada, en muchos casos, a mujeres atendiendo tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a consolidarse una tendencia diferente: el crecimiento de hombres que se dedican profesionalmente a brindar masajes exclusivamente a mujeres.

Lejos de tratarse de una curiosidad pasajera, esta actividad se ha expandido en muchas ciudades donde numerosos profesionales ofrecen servicios de masoterapia, relajación muscular, masajes deportivos, terapéuticos y de bienestar orientados al público femenino.

 Un cambio cultural

Especialistas en bienestar sostienen que el fenómeno responde a una transformación social. Muchas mujeres buscan profesionales con sólida formación técnica, sin importar su género, mientras que otras manifiestan sentirse más cómodas con la fuerza física que algunos masajistas pueden aplicar en tratamientos descontracturantes o deportivos.

Al mismo tiempo, cada vez más hombres eligen estudiar carreras vinculadas a la estética, la rehabilitación física y la masoterapia, rompiendo antiguos estereotipos laborales.

 Buenos Aires no es la excepción

En la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense han proliferado centros de estética, spas y consultorios donde trabajan masajistas varones atendiendo principalmente a clientas. Muchos desarrollan además su actividad de manera independiente, ofreciendo atención a domicilio o en gabinetes privados.

 Las redes sociales también han contribuido al crecimiento de la profesión. Instagram, TikTok y otras plataformas permiten a estos profesionales mostrar su trabajo, difundir recomendaciones sobre salud muscular y captar nuevos clientes.

 Profesionalización y ética

Quienes ejercen esta actividad destacan la importancia de la formación académica, la higiene, el respeto por la privacidad de las personas y el cumplimiento de estrictas normas éticas.

En la mayoría de los casos se trata de profesionales certificados en masoterapia, kinesiología, técnicas orientales o tratamientos corporales, cuya finalidad es mejorar el bienestar físico y emocional de quienes los consultan.

 Una ocupación con futuro

El envejecimiento de la población, el aumento del estrés laboral, el sedentarismo y la creciente preocupación por la salud física hacen prever que la demanda de masajes terapéuticos continuará creciendo durante los próximos años.

En ese contexto, la presencia de hombres dedicados profesionalmente a atender mujeres ya forma parte del paisaje cotidiano en muchas ciudades occidentales. Más que una novedad, representa el reflejo de una sociedad donde las profesiones dejan de estar condicionadas por el género y pasan a valorarse por la capacitación, la experiencia y la confianza que inspiran.

En definitiva, la masoterapia es hoy una actividad en plena evolución. La incorporación de hombres especializados en la atención de mujeres constituye una muestra más de cómo cambian las relaciones laborales y los servicios vinculados al bienestar, en una sociedad que privilegia cada vez más la profesionalidad por encima de los antiguos prejuicios.

Cuando el servicio trasciende el masaje

Aunque la inmensa mayoría de los profesionales ofrece exclusivamente masajes terapéuticos, deportivos o de relajación, también existe un segmento del mercado donde algunos prestadores anuncian experiencias de carácter más íntimo para personas adultas, siempre que exista consentimiento mutuo y dentro del marco legal aplicable en cada jurisdicción.

Las plataformas digitales y las redes sociales han facilitado la difusión de este tipo de ofertas, que suelen diferenciarse claramente de la masoterapia profesional y de los servicios brindados por kinesiólogos, fisioterapeutas o masajistas matriculados. Por ello, quienes buscan un tratamiento con fines terapéuticos o de bienestar deben verificar la formación del profesional y el tipo de servicio que contratan.

Este fenómeno refleja la diversidad de ofertas que hoy conviven en las grandes ciudades occidentales y la importancia de distinguir entre un servicio de salud o bienestar y otros de naturaleza diferente, para evitar confusiones tanto para los profesionales como para los clientes.


(*) Kenji Nakamura es periodista especializado en tendencias sociales, cultura contemporánea y transformaciones urbanas. Formado en Ciencias de la Comunicación en Japón, ha colaborado con diversos medios internacionales analizando los cambios culturales en Asia, Europa y América. Desde 2026 integra el equipo de colaboradores de Magazine Observador, donde escribe sobre fenómenos sociales, nuevas profesiones, innovación y estilos de vida, aportando una visión comparativa e internacional basada en la investigación periodística.

07 julio 2026

DE 1974 A 2026: LA GENERACION QUE VIVIO LA MAYOR REVOLUCION DE LA HISTORIA COTIDIANA

 


Por Aurelio Nicolella

¿Qué pasaría si viajáramos en el tiempo?

Imaginemos por un momento un experimento.

Una persona que vivía en 1974 se duerme una noche y despierta, de pronto, en el año 2026.

Probablemente experimentaría una sensación de desconcierto pocas veces vista. No solo encontraría ciudades más grandes o automóviles más modernos. Descubriría un mundo donde casi toda la vida cotidiana depende de una pequeña computadora que llevamos en el bolsillo: el teléfono celular.

Hoy compramos sin salir de casa, hablamos por videollamada con alguien que está al otro lado del planeta, realizamos operaciones bancarias desde una aplicación, vemos películas a demanda, trabajamos de manera remota y hasta utilizamos inteligencia artificial para resolver problemas, escribir textos o crear imágenes.

Para alguien de 1974, muchas de estas actividades parecerían propias de una novela de ciencia ficción.

Ahora hagamos el ejercicio inverso.

Supongamos que una persona nacida en 1904 fuera trasladada a 1974.

Sin duda también se sorprendería. Encontraría automóviles en todas las calles, televisión en los hogares, vuelos comerciales, antibióticos, electrodomésticos y una sociedad mucho más urbanizada.

Pero la lógica de la vida seguiría siendo, en muchos aspectos, la misma.

Todavía existirían cartas escritas a mano, diarios de papel, teléfonos fijos, dinero en efectivo, oficinas públicas con expedientes en papel, reuniones presenciales y comercios donde las personas debían concurrir físicamente para comprar.

El modo de relacionarse con el mundo no había cambiado de manera radical.

Entre 1974 y 2026 ocurrió algo diferente.

No solo cambiaron las herramientas.

Cambió la forma de trabajar, de estudiar, de informarse, de enamorarse, de hacer negocios, de entretenerse y hasta de recordar.

La revolución digital transformó la vida cotidiana con una velocidad que ninguna generación anterior había experimentado.

La generación bisagra

Quienes nacieron durante las décadas de 1960 y 1970 pertenecen, probablemente, a una de las generaciones más particulares de la historia.

Fueron niños cuando los teléfonos tenían disco para marcar.

Esperaban una semana para revelar un rollo fotográfico.

Buscaban información en enciclopedias.

Escribían cartas.

Escuchaban música en discos de vinilo, casetes o cintas.

Veían televisión con pocos canales y horarios fijos.

Si alguien no estaba en su casa, simplemente había que esperar.

Después les tocó aprender informática.

Llegó Internet.

Aparecieron los teléfonos móviles.

Más tarde los teléfonos inteligentes.

Las redes sociales.

Las compras digitales.

Las videollamadas.

La banca electrónica.

El teletrabajo.

Y, finalmente, la inteligencia artificial.

Pocas generaciones tuvieron que aprender tantas tecnologías distintas a lo largo de una sola vida.

Una adaptación permanente

Quizás el mayor mérito de esa generación no fue haber nacido en un determinado momento histórico.

Fue haber sabido adaptarse.

Pasaron del papel a la nube digital.

Del cassette al streaming.

Del mapa impreso al GPS.

Del correo postal al correo electrónico.

De la máquina de escribir al procesador de textos.

Del álbum familiar a las fotografías almacenadas en un teléfono.

Cada innovación exigió volver a aprender.

Volver a empezar.

Volver a adaptarse.

El cambio recién comienza

Muchos creen que la revolución tecnológica ya alcanzó su punto máximo.

Sin embargo, todo indica que apenas estamos viendo sus primeros capítulos.

La inteligencia artificial, la robótica, la medicina personalizada, la computación cuántica y nuevas formas de comunicación seguirán modificando nuestra vida cotidiana.

Tal vez dentro de cincuenta años, las personas de 2026 también se sientan tan sorprendidas como hoy imaginamos a alguien llegado desde 1974.

Porque la historia demuestra que ninguna generación vive el mismo mundo que recibió al nacer.

Pero pocas tuvieron que recorrer un puente tan largo entre dos épocas como quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970.

Fueron, en muchos sentidos, la verdadera generación bisagra entre el mundo analógico y la era digital.

Nunca antes una generación tuvo que aprender tanto

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los cambios eran lentos. Un campesino del siglo XVIII utilizaba herramientas muy parecidas a las que habían empleado sus abuelos. Un comerciante de principios del siglo XX trabajaba casi igual que su padre.

Las innovaciones existían, pero tardaban años, e incluso décadas, en llegar a la vida cotidiana.

En cambio, quienes nacieron entre las décadas de 1960 y 1970 debieron reinventarse una y otra vez.

Aprendieron a escribir con máquina de escribir y luego con computadoras.

Conocieron el fax, que parecía revolucionario, y pocos años después quedó obsoleto.

Vieron desaparecer el telegrama, el cassette, el videocasete, el walkman, el discman, los disquetes, los mapas impresos y las cabinas telefónicas.

Pasaron de comprar un boleto de tren en una ventanilla a llevarlo en un teléfono celular.

De esperar el diario de la mañana para informarse a conocer una noticia apenas segundos después de ocurrida.

Hace apenas treinta años parecía imposible que una persona pudiera realizar una videollamada con alguien ubicado en otro continente mientras caminaba por la calle. Hoy eso forma parte de la rutina.

Y probablemente el mayor desafío no haya sido aprender a utilizar nuevas herramientas, sino aceptar que el aprendizaje nunca termina.

Cada pocos años aparece una nueva tecnología que obliga a volver a empezar.

Esa es, quizás, la característica más distintiva de nuestra época: el cambio dejó de ser una excepción para convertirse en una forma permanente de vivir.

Las generaciones nacidas en las décadas de 1960 y 1970 no solo fueron testigos de la mayor transformación tecnológica de la historia; fueron también las primeras que tuvieron que aprender, desaprender y volver a aprender varias veces a lo largo de una misma vida. 

Tal vez ese sea su mayor legado: haber demostrado que la capacidad de adaptarse vale tanto como el conocimiento adquirido.

02 julio 2026

EL NUEVO CISMA: ¿NACEN LOS NUEVOS LUTERANOS DEL SIGLO XXI?


Por Claire Beaumont (*)

La historia de la Iglesia Católica acaba de escribir una nueva página que probablemente será recordada durante siglos. La decisión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de consagrar obispos sin mandato pontificio, desoyendo expresamente el pedido del papa León XIV, provocó la declaración formal de cisma y la excomunión de quienes participaron del acto.

Ya no se trata de una mera discusión litúrgica ni de un desacuerdo sobre el Concilio Vaticano II. Se trata de una ruptura visible de la comunión eclesial.

Muchos sostienen que la historia vuelve a repetirse. En el siglo XVI, Martín Lutero, un fraile agustino, desafió la autoridad de Roma convencido de que defendía la verdadera fe. Aquella protesta terminó convirtiéndose en una nueva confesión cristiana y fracturó para siempre la unidad de Occidente.

La coincidencia histórica resulta llamativa. Hoy, quien ocupa la Cátedra de Pedro es también un papa perteneciente a la Orden de San Agustín. No significa que la historia se repita de manera idéntica, pero sí invita a reflexionar sobre el peso que los grandes conflictos doctrinales han tenido durante siglos.

Los agustinos han desempeñado un papel decisivo en algunos de los momentos más trascendentes de la historia de la Iglesia. De sus filas surgieron grandes santos, teólogos y pastores, pero también Martín Lutero, cuya ruptura dio origen a la Reforma Protestante. Ahora, bajo un pontífice agustino, la Iglesia enfrenta otra fractura de enorme magnitud.

La Fraternidad San Pío X sostiene que permanece fiel a la Tradición de siempre y que la crisis doctrinal justifica sus decisiones. Roma, por el contrario, recuerda que ninguna fidelidad a la tradición puede construirse al margen de la autoridad del Sucesor de Pedro. Ese es el verdadero núcleo del conflicto.

¿Estamos ante los "nuevos luteranos"? La comparación puede resultar incómoda, pero no carece de fundamento histórico. Al igual que en el siglo XVI, quienes protagonizan la ruptura afirman no querer fundar una nueva Iglesia. Sin embargo, los grandes cismas casi nunca comienzan con esa intención. Comienzan convencidos de que ellos representan la auténtica continuidad de la fe.

Solo el paso del tiempo permitirá saber si este episodio quedará como una crisis pasajera o si marcará el nacimiento de una comunidad eclesial separada que recorrerá su propio camino durante los próximos siglos.

Desde una perspectiva histórica, la Iglesia Católica ha atravesado numerosos cismas, pero pocos han tenido consecuencias tan profundas como el Cisma de Oriente de 1054 y la Reforma Protestante iniciada en el siglo XVI. En ambos casos, las diferencias doctrinales, disciplinarias y de autoridad terminaron consolidando comunidades separadas que, con el paso de las décadas, adquirieron identidad propia. La experiencia demuestra que las rupturas eclesiales rara vez se resuelven en poco tiempo; por el contrario, suelen proyectarse durante siglos.

El caso de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X presenta una particularidad. Sus miembros afirman profesar íntegramente la fe católica, reconocer la sucesión apostólica y conservar la liturgia tradicional. Sin embargo, para la eclesiología católica, la unidad de la Iglesia no depende únicamente de la integridad doctrinal o de la validez de los sacramentos, sino también de la comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro. La consagración de obispos sin mandato pontificio constituye, desde los primeros siglos del cristianismo, uno de los actos más graves contra esa comunión.

Como teóloga y vaticanista, considero que el verdadero drama no reside solamente en una cuestión jurídica. El derecho canónico expresa una realidad espiritual más profunda: la Iglesia entiende que la sucesión apostólica encuentra su plenitud en la comunión con el Obispo de Roma. Cuando esa comunión se rompe, la fractura deja de ser un simple desacuerdo disciplinario para convertirse en una herida que afecta la visibilidad misma de la Iglesia.

Queda por ver cuál será el camino que recorrerá la Fraternidad en los próximos años. Si consolida una estructura episcopal propia, forma nuevas generaciones de sacerdotes y continúa administrando sacramentos al margen de Roma, la historia podría estar asistiendo al nacimiento de una comunidad eclesial cada vez más diferenciada. No sería la primera vez que un movimiento nacido con la intención de preservar la tradición termina constituyendo una realidad independiente. La historia del cristianismo ofrece numerosos precedentes de procesos semejantes.

Por ahora, una certeza parece imponerse: la herida abierta entre Roma y la Fraternidad San Pío X es la más profunda desde 1988 y constituye uno de los mayores desafíos para el pontificado de León XIV. La unidad de la Iglesia vuelve a ponerse a prueba, y la historia enseña que las divisiones religiosas rara vez terminan donde comenzaron.

 

¿Quién fue San Pío X?

San Pío X (1835-1914), nacido Giuseppe Melchiorre Sarto, fue Papa entre 1903 y 1914 y es recordado como uno de los grandes defensores de la doctrina católica frente a las corrientes modernistas de comienzos del siglo XX. Promovió la comunión frecuente, permitió que los niños recibieran la Primera Comunión a una edad más temprana y emprendió una profunda reforma de la liturgia y del derecho canónico.

Su pontificado estuvo marcado por la encíclica Pascendi Dominici Gregis (1907), en la que condenó el modernismo, al que definió como "la síntesis de todas las herejías". Su firme defensa de la tradición doctrinal hizo que, décadas después de su muerte, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X adoptara su nombre como símbolo de fidelidad a la enseñanza católica anterior al Concilio Vaticano II.

Fue canonizado en 1954 por el papa Pío XII y es venerado por la Iglesia como modelo de pastor comprometido con la preservación de la fe.

¿Quién fue Marcel Lefebvre?

Marcel Lefebvre (1905-1991) fue un arzobispo francés, misionero y ex Superior General de la Congregación del Espíritu Santo. Participó como padre conciliar en el Concilio Vaticano II, aunque posteriormente se convirtió en uno de sus principales críticos, al considerar que algunas de sus reformas se apartaban de la tradición de la Iglesia.

En 1970 fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, con el objetivo de preservar la liturgia tradicional y la formación sacerdotal según las normas anteriores al Concilio. Su enfrentamiento con la Santa Sede alcanzó su punto culminante en 1988, cuando consagró cuatro obispos sin autorización del papa San Juan Pablo II, acto que dio lugar a su excomunión y a la declaración de un cisma.

Para sus seguidores, Lefebvre fue un defensor de la tradición católica; para la Santa Sede, un prelado que rompió la comunión eclesial al desafiar la autoridad del Romano Pontífice. Su figura continúa siendo una de las más controvertidas de la historia reciente de la Iglesia.

 

(*) Claire Beaumont, nacida en Francia, reside en Ticino, Suiza, es especialista en Teología, Historia de la Iglesia y análisis del Vaticano. Investigadora independiente sobre doctrina católica, derecho canónico y relaciones entre la Santa Sede y los movimientos eclesiales tradicionales. Colaboradora exclusiva de Magazine Observador.

01 julio 2026

LA ACUMULACIÓN DE PODER EN LOS ESTADOS POR PARTE DE LOS NARCOS


 

Por  José Gabriel Díaz (*)

El proceso gradual mediante el cual los carteles acumulan tal poder económico es el factor principal, ya que en el nuevo Orden Mundial se avizora que ya está en la etapa financiera. Es decir, las acciones militares y la acumulación de poder militar si bien es importante, no es una amenaza, salvo que hayan logrado capacidad nuclear. Eso mismo pasa con los estados.

La concentración económica, las cripto monedas son un factor fundamental para ocultar el origen de los capitales. La lucha contra el lavado del dinero, no es otra cosa que la lucha de las grandes potencias que quieren que lo laven en sus bancos, es decir “en casa”. 

A propósito, el término “lavado” proviene de las lavanderías automáticas montadas por Al Capone, donde con una moneda americana en efectivo, accedían a los servicios. Mediante esos lavaderos Capone “lavaba” también, dinero proveniente de actividades ilícitas como el juego clandestino y la prostitución.  Con el devenir de los años tuvieron que lavar también el dinero proveniente de la droga ilícita.

La especulación y la usura, inicialmente condenada por la Iglesia católica, se ha hecho moneda corriente. El juego clandestino ya no es tal, los mismos grupos económicos mafiosos y no mafiosos, lo hacen a plena luz del día lo que resulta  mucho más redituable y con mínimos riesgos.  

Todo ha evolucionado o involucionado, según sea el cristal con que se lo observe.

La prostitución es vip en cualquier parte del mundo, las plataformas son una muestra de ello dado que existen de todo nivel y tipo.

Vamos encaminados a un feudalismo tecnológico donde los que tienen el capital crecen súbitamente en una progresión geométrica y las masas se van degradando económicamente a pasos agigantados.

Con la esclavitud el señor dueño del feudo, tenía que alimentar los esclavos, darle un lugar de vivienda, vestimenta y proveerle de las herramientas.

Si bien las condiciones actuales de los trabajadores no son las de un esclavo, ahora por un salario cada vez más exiguo el trabajador tiene que procurarse vivienda, vestimenta herramientas y medios.

Con el Trabajo a distancia, que cada vez es mayor el patrono se exime de mantener una unidad de explotación, llámese oficina fabrica etc.

Los márgenes de ganancia de los empresarios en cierto tipo de actividades aumentan y las cargas de los trabajadores aumentan. Como asi también aumenta el trabajo informal, llámese  monotributistas, par time, eventuales o como se quieran denominar.

Que “narco”, va a querer tener una estructura militar en un Estado si puede limpiamente “lavar” su dinero en un Estado que le garantiza protección y menos costos que los bancos oficiales, que para lavar con ellos cobran comisiones exorbitantes.

Los armamentos de los narcos son parte de la logística para defender su patrimonio de la competencia de otros y de los agentes de narcóticos que los “mexicanean” (término del lunfardo utilizado en Argentina para describir, cuando un cómplice roba al otro, o cuando los agentes infiltrados se llevan el botín).

Obviamente que la cantidad de armas y logística a veces llega a tal punto que se han detectado narcos poseedores de submarinos para trasporte de la droga, tanques, aviones, camiones de guerra y todo cuanto se pueda imaginar. El fin no es bélico, es logístico.

Los bancos oficiales para transporte del dinero y valores utilizan camiones especialmente blindados con vehículos de apoyo, personal policial, personal de seguridad especializado, seguimiento satelital y nadie dice que acumulan poder militar. Lo que si acumulan es dinero y practican la usura y la especulación. El sistema bancario al que nos han llevado es carísimo y todos contribuimos con nuestras compras y consumos. En la Película “El robo del siglo”, se plantea el dilema de que resulta más delito: “robar un banco o fundarlo”

Esto no es una defensa del narcotráfico, pero tenemos la experiencia de la “ley seca” que después de hacer rico a los que comercializaban clandestinamente el alcohol termino regulándose y se acabó con la “guerra” a los traficantes.

Será cuestión de analizar fríamente que acciones. los Estados en conjunto, se deberían tomar evaluando el bien común y por el bien mismo, que resulte a futuro más propicio para que la humanidad prosiga su derrotero hacia la realización de las Naciones y no en beneficio de grupos concentrados de poder.


(*) José Gabriel Díaz es abogado argentino y reside en la ciudad de Lanús, provincia de Buenos Aires. Desarrolla su actividad profesional en el ejercicio del Derecho en forma particular. Durante varios años se desempeñó en el área legal de la Municipalidad de Lanús. Ejerció la docencia en el ámbito académico, participando en actividades de formación y capacitación de profesionales. Asimismo, fue integrante del Tribunal de disciplina del Colegio de Abogados de Avellaneda – Lanús.


30 junio 2026

¿PARAGUAY ANTE EL RIESGO DE CONVERTIRSE EN UN NARCOESTADO? LA AMENAZA DE UNA MEXICANIZACION DEL CORAZON DE SUDAMERICA

 

Por Aurelio Nicolella

En las últimas dos décadas, Paraguay ha dejado de ser un simple país de tránsito para el narcotráfico y se ha transformado en una pieza estratégica dentro del mapa del crimen organizado en América del Sur. Su ubicación geográfica, la porosidad de sus fronteras, la fortaleza de su economía informal que permite el lavado de activos de dudosa procedencia sumado a las debilidades estructurales de sus instituciones han convertido al país en un escenario especialmente atractivo para las organizaciones criminales transnacionales.

La preocupación ya no radica únicamente en el volumen de drogas que atraviesa su territorio. El verdadero desafío consiste en determinar hasta qué punto el poder económico del narcotráfico ha comenzado a influir sobre las instituciones públicas, el sistema político y la administración de justicia.

El concepto de narcoestado suele utilizarse con prudencia por los especialistas. No basta con que exista producción o tráfico de estupefacientes. Un narcoestado es aquel en el que las organizaciones criminales logran capturar parcial o totalmente las estructuras del poder público, condicionando decisiones políticas, financiando campañas electorales, infiltrando organismos de seguridad y obteniendo niveles significativos de impunidad.

Paraguay aún conserva instituciones democráticas plenamente operativas. Sin embargo, numerosos episodios ocurridos durante los últimos años muestran señales que resultan difíciles de ignorar.

El asesinato del fiscal Marcelo Pecci en Colombia en 2022 marcó un punto de inflexión. Pecci investigaba complejas redes de narcotráfico, lavado de dinero y crimen organizado que operaban en Paraguay y mantenían conexiones internacionales. Su ejecución reveló la capacidad logística y financiera de organizaciones criminales que ya no actuaban únicamente dentro de las fronteras paraguayas.

A ello se suma la creciente presencia del Primer Comando de la Capital (PCC), la mayor organización criminal de Brasil, que desde hace años desarrolla actividades en territorio paraguayo vinculadas al tráfico internacional de cocaína, marihuana, armas y lavado de activos. Su expansión demuestra que el crimen organizado moderno ya no reconoce límites nacionales y opera mediante estructuras empresariales altamente sofisticadas.

El narcotráfico necesita mucho más que rutas para transportar drogas. Requiere funcionarios corruptos, mecanismos financieros para blanquear ganancias, protección política y redes de complicidad que le permitan actuar con relativa impunidad. Cuando esos factores comienzan a consolidarse simultáneamente, el problema deja de ser exclusivamente policial para convertirse en una amenaza institucional.

En ese punto aparece una expresión cada vez más utilizada por analistas de seguridad: la mexicanización.

La mexicanización no implica simplemente un incremento de homicidios. Describe un proceso gradual mediante el cual los carteles acumulan tal poder económico y militar que comienzan a disputar al propio Estado el control efectivo de determinadas regiones. Surgen asesinatos por encargo, extorsiones, desapariciones, corrupción sistemática y una creciente incapacidad estatal para garantizar el monopolio de la fuerza.

México constituye el ejemplo más conocido, pero no el único. Durante décadas, el problema fue subestimado hasta que las organizaciones criminales alcanzaron un poder difícil de revertir. Una vez consolidada esa estructura paralela, la recuperación institucional se volvió extraordinariamente compleja.

Paraguay enfrenta hoy un riesgo similar, aunque todavía reversible.

El país continúa siendo uno de los principales productores de marihuana de Sudamérica y un corredor estratégico para la cocaína destinada a Brasil, Argentina y Europa. La hidrovía Paraguay-Paraná, la extensa frontera seca con Brasil y Bolivia y la intensa actividad comercial de la Triple Frontera ofrecen oportunidades que las organizaciones criminales han sabido aprovechar.

La amenaza trasciende ampliamente las fronteras paraguayas.

Argentina ya observa un incremento sostenido de la violencia vinculada al narcotráfico, especialmente en Rosario y en auge en el conurbano bonaerense, mientras Brasil enfrenta desde hace años la consolidación de grandes organizaciones criminales con enorme capacidad operativa. Ningún país de la región puede considerarse aislado de esta realidad.

Por ello, el fortalecimiento institucional de Paraguay constituye un interés estratégico para toda Sudamérica.

Combatir el narcotráfico exige mucho más que aumentar penas o realizar operativos espectaculares. Requiere profesionalizar las fuerzas de seguridad, fortalecer la independencia judicial, proteger a fiscales y magistrados, mejorar los sistemas de inteligencia criminal, controlar el lavado de activos y garantizar una cooperación internacional permanente.

La experiencia latinoamericana demuestra que las democracias no suelen derrumbarse únicamente por golpes de Estado. También pueden erosionarse lentamente cuando el crimen organizado comienza a capturar espacios de poder, corromper instituciones y sustituir la autoridad legítima por el miedo.

Todavía resulta prematuro afirmar que Paraguay sea un narcoestado en sentido estricto. Sin embargo, negar los síntomas sería un grave error. La evidencia acumulada obliga a reconocer que enfrenta uno de los mayores desafíos institucionales de su historia reciente.

La pregunta ya no es si el narcotráfico representa una amenaza para Paraguay. La verdadera incógnita es si el Estado tendrá la fortaleza suficiente para impedir que esa amenaza termine condicionando su futuro democrático.

La historia de América Latina enseña una lección ineludible: cuando el crimen organizado logra infiltrarse en las instituciones, recuperarlas demanda generaciones. La prevención siempre resulta menos costosa que la reconstrucción.

29 junio 2026

¿POR QUE NOS ENSEÑAN A ODIAR AL RICO?



 Por Lorenzo Salvieri (*)


Desde hace décadas se ha instalado en buena parte del debate público una idea tan difundida como pocas veces cuestionada: el rico es, por definición, sospechoso. Si una persona posee una empresa, una fortuna o un patrimonio importante, inmediatamente aparecen preguntas que rara vez se formulan respecto de quien carece de bienes: "¿De dónde sacó el dinero?", "Algo habrá hecho", "Seguro explotó a alguien".

No se trata de negar que existan empresarios corruptos, evasores o personas que se enriquecieron mediante actividades ilícitas. Los hay, como también existen funcionarios corruptos, sindicalistas corruptos, profesionales corruptos y delincuentes de cualquier condición social. El problema comienza cuando la riqueza, por sí sola, se convierte en un motivo de condena moral.

Esta mirada ha penetrado en la educación, en determinados discursos políticos, en parte de los medios de comunicación y hasta en numerosas producciones culturales. Muchas veces el empresario aparece representado como el villano de la historia, mientras que el pobre es presentado automáticamente como una víctima moralmente superior. La realidad, sin embargo, es bastante más compleja.

 La riqueza no constituye un delito ni una falta ética. En una economía sana, el empresario que invierte, produce, asume riesgos y genera empleo cumple una función esencial para el desarrollo de un país. Cada fábrica que abre sus puertas, cada comercio que incorpora personal y cada emprendedor que apuesta por una idea contribuyen al crecimiento económico y a la creación de oportunidades.

 Confundir éxito económico con explotación termina generando una cultura donde el mérito, el esfuerzo y la iniciativa privada dejan de ser valores admirados para convertirse en motivos de sospecha. Esa lógica desalienta la inversión y alimenta el resentimiento social.

Ello no significa que el mercado deba actuar sin controles. El Estado tiene el deber de perseguir el fraude, la corrupción, la evasión fiscal y los abusos de posición dominante. Pero una cosa es combatir conductas ilegales y otra muy distinta es instalar la idea de que toda persona con recursos económicos merece ser objeto de desconfianza.

 La verdadera igualdad no consiste en que todos tengan el mismo patrimonio, sino en que todos tengan las mismas oportunidades para progresar mediante el trabajo, el estudio, el esfuerzo y la creatividad. Una sociedad que castiga simbólicamente el éxito difícilmente incentive a sus ciudadanos a emprender o innovar.

 Quizá haya llegado el momento de abandonar las simplificaciones. No todo rico es un explotador, del mismo modo que no todo pobre es virtuoso. La honestidad, la solidaridad y la corrupción no dependen del patrimonio de una persona, sino de sus valores y de sus actos.

 En los últimos años, la meritocracia ha pasado de ser un ideal asociado al esfuerzo personal a convertirse, para algunos sectores, en un concepto cuestionado. Sus críticos sostienen que las condiciones de origen limitan las posibilidades reales de progreso. Sus defensores responden que, sin reconocer el mérito, el esfuerzo pierde sentido y la sociedad deja de premiar la iniciativa, el estudio y el trabajo.

Reconocer el valor del mérito no implica desconocer las desigualdades ni ignorar que muchas personas parten desde situaciones diferentes. Significa, en cambio, sostener que una sociedad debe ofrecer igualdad de oportunidades para que cada individuo pueda desarrollar sus capacidades y progresar mediante su propio esfuerzo.

Cuando el éxito deja de ser un motivo de inspiración para convertirse en objeto de sospecha, el mérito también pierde prestigio. En ese escenario, el resentimiento reemplaza al incentivo y la envidia termina ocupando el lugar que deberían tener la superación personal, la innovación y la cultura del trabajo.

Una sociedad que valora el mérito no garantiza que todos alcancen los mismos resultados, pero sí transmite una idea fundamental: el esfuerzo honesto merece reconocimiento y constituye uno de los pilares sobre los cuales se construyen el progreso individual y el desarrollo colectivo.

Una sociedad madura no debería enseñar a odiar al rico ni a despreciar al pobre. Debería enseñar a respetar la ley, valorar el trabajo honesto y reconocer que el progreso colectivo se construye cuando existen libertad, responsabilidad y oportunidades para todos.

 

(*) Lorenzo Salvieri, argentino de nacimiento con residencia en España, es ensayista, analista político y columnista de opinión especializado en temas de actualidad, instituciones, historia contemporánea y pensamiento político.

Su trabajo se centra en el análisis de los procesos culturales, económicos y sociales que influyen en las democracias occidentales, abordando cuestiones relacionadas con la libertad individual, la educación, el Estado de Derecho, la economía de mercado y los desafíos de la sociedad contemporánea.

Como columnista, privilegia el análisis de las ideas por sobre la confrontación personal, promoviendo el debate público desde una perspectiva crítica, sustentada en el estudio histórico y el respeto por el pluralismo democrático. Sus artículos buscan ofrecer al lector elementos de reflexión, evitando las simplificaciones y alentando una mirada independiente sobre los acontecimientos nacionales e internacionales.

Es colaborador habitual del Magazine Observador, donde publica columnas de opinión sobre política, economía, justicia, cultura, relaciones internacionales y los cambios que atraviesan las sociedades del siglo XXI.

26 junio 2026

AVENTURAS EN EL PARAISO: LA SERIE QUE HIZO SOÑAR A TODA UNA GENERACION DE RIOPLATENSES


🎵 Escuche el tema original de Aventuras en el Paraíso

Presione Play y disfrute de la lectura acompañado por la inolvidable música de la serie.


Por Aurelio Nicolella

Hubo una época en que la televisión no necesitaba efectos especiales, computadoras ni grandes explosiones para conquistar al público. Bastaba un barco de vela, un capitán carismático, el inmenso océano Pacífico y la promesa de una nueva aventura cada semana.

Así nació Aventuras en el Paraíso (Adventures in Paradise), una serie estadounidense emitida entre 1959 y 1962 que muy pronto llegó al Río de la Plata, convirtiéndose en uno de los programas más recordados por quienes crecieron durante los años sesenta.

Su protagonista era el inolvidable capitán Adam Troy, interpretado por Gardner McKay (1932-2001), un ex combatiente de la Guerra de Corea que recorría las islas del Pacífico Sur al mando de la elegante goleta Tiki III. Más que un simple capitán, Troy representaba al aventurero romántico: un hombre libre, culto, valiente y siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara.

Cada episodio llevaba al espectador hacia una isla diferente. Había misterios, tesoros escondidos, conflictos familiares, historias de amor, espionaje, naufragios y pueblos perdidos entre lagunas de aguas cristalinas. Sin embargo, el verdadero protagonista era el paisaje. La serie fue filmada en escenarios naturales del Pacífico Sur.

Las playas de arena blanca, los arrecifes de coral, las palmeras movidas por el viento y las lagunas color turquesa despertaban la imaginación de millones de personas que jamás habían visto aquellos lugares. Para buena parte del público rioplatense, la Polinesia Francesa era un mundo casi desconocido. Gracias a la serie, nombres como Tahití, Bora Bora o Moorea comenzaron a formar parte de los sueños de viaje de una generación.

En la Argentina, la serie comenzó a emitirse por Canal 13 de Buenos Aires a comienzos de la década de 1960, donde alcanzó una notable popularidad entre el público. En Uruguay también fue seguida por miles de televidentes y, durante los primeros años de la televisión oriental, fue difundida por la pantalla de Canal 10 de Montevideo, entonces el principal canal del país, convirtiéndose en uno de los grandes clásicos de la televisión rioplatense.

Cada emisión era esperada por familias enteras que se reunían frente al televisor en una época en la que existían muy pocos canales y la televisión en blanco y negro conservaba el encanto de los grandes acontecimientos compartidos.

El éxito de Aventuras en el Paraíso fue mucho más allá de sus argumentos. Inspiró vocaciones viajeras, despertó el interés por la navegación a vela y transmitió una imagen romántica del océano como espacio de libertad.

Su inolvidable música de apertura contribuía a crear una atmósfera que todavía hoy permanece en la memoria de quienes la escucharon siendo niños o adolescentes. Bastaban unos pocos compases para que el espectador sintiera que estaba embarcando junto al capitán Adam Troy rumbo a un nuevo destino.

La inolvidable música de Adventures in Paradise fue compuesta por el gran Lionel Newman (1916-1989), uno de los más importantes compositores de la productora 20th Century Fox. El tema principal, de aire polinésico y profundamente evocador, fue determinante para crear esa sensación de aventura y exotismo que aún hoy recuerdan quienes vieron la serie.

En tiempos donde viajar al otro lado del mundo era un privilegio reservado para muy pocos, la televisión permitía realizar ese viaje desde el living de la casa. La imaginación completaba aquello que la pantalla apenas sugería.

Más de sesenta años después, Aventuras en el Paraíso continúa siendo un símbolo de aquella televisión clásica que sabía combinar aventura, exotismo y elegancia sin recurrir al espectáculo permanente.

Quizá ese sea el verdadero motivo por el cual permanece viva en la memoria colectiva. No fue solamente una serie de aventuras. Fue una invitación permanente a descubrir el mundo, a navegar hacia lo desconocido y a creer que, detrás del horizonte, siempre podía existir una isla esperando ser explorada.

Porque, para miles de argentinos y uruguayos, el primer viaje al Pacífico no se hizo en avión ni en barco.

Se hizo frente a un televisor, siguiendo el rumbo del inolvidable capitán Adam Troy. 

Las grandes series no se recuerdan únicamente por sus historias, sino porque forman parte de nuestra memoria. Aventuras en el Paraíso fue mucho más que una producción televisiva: fue la puerta de entrada a un mundo de mares azules, islas lejanas y sueños de libertad que todavía hoy permanecen vivos en el recuerdo de quienes la descubrieron frente a un televisor en blanco y negro.


Ficha Técnica

Título original: Adventures in Paradise
Título en Hispanoamérica: Aventuras en el Paraíso
País: Estados Unidos
Años de emisión: 1959-1962
Temporadas: 3
Episodios: 91
Creador: James A. Michener (1907-1997)
Protagonista: Gardner McKay (Capitán Adam Troy)
Música original: Lionel Newman
Embarcación: Goleta Tiki III


22 junio 2026

¿HAY QUE IR AL MÉDICO POR CUALQUIER COSA? La advertencia de Joan-Ramon Laporte y Antonio Sitges-Serra

 

Por Aurelio Nicolella

Durante gran parte del siglo XX, ir al médico era una decisión importante. Las personas consultaban cuando aparecía una enfermedad evidente, un dolor persistente o una situación que realmente afectaba su salud. Hoy ocurre algo diferente: millones de personas viven pendientes de estudios, controles, análisis y consultas, aun cuando se sienten perfectamente bien.

Esta transformación ha generado un debate dentro de la propia medicina. Dos reconocidos médicos españoles, Joan-Ramon Laporte y Antonio Sitges-Serra, vienen advirtiendo sobre los riesgos de una sociedad excesivamente medicalizada, donde cada síntoma parece requerir una consulta, cada análisis una nueva prueba y cada hallazgo una medicación.

La cuestión no es menor. Ambos profesionales no son enemigos de la medicina. Por el contrario, han dedicado toda su vida al ejercicio y al estudio de la salud. Precisamente por conocer el sistema desde adentro, alertan sobre sus excesos.

La medicina moderna ha logrado conquistas extraordinarias. Ha reducido la mortalidad infantil, ha prolongado la esperanza de vida, ha desarrollado tratamientos para enfermedades antes mortales y ha mejorado la calidad de vida de millones de personas. Sin embargo, estos mismos avances han generado una paradoja: nunca hubo tanta medicina disponible y, sin embargo, muchas personas viven más preocupadas por su salud que nunca.

Uno de los ejemplos más comunes es el resfrío común.

Hace algunas décadas, una persona con congestión nasal, dolor de garganta y algunas líneas de fiebre simplemente descansaba, tomaba líquidos y esperaba unos días. Hoy muchas personas corren a la guardia apenas aparecen los primeros síntomas. Con frecuencia regresan a sus hogares con la misma recomendación que habrían seguido sin consultar: reposo, hidratación y paciencia.

Otro ejemplo es el dolor lumbar.

Se estima que la enorme mayoría de los dolores de espalda mejora espontáneamente en pocas semanas. Sin embargo, muchas personas exigen radiografías, resonancias magnéticas o tomografías desde el primer día. Los estudios suelen mostrar pequeñas alteraciones normales para la edad que generan más preocupación que beneficios. El paciente termina convencido de que tiene una lesión grave cuando, en realidad, padece una molestia habitual que podría resolverse con ejercicio adecuado y tiempo.

Algo similar ocurre con los análisis de laboratorio.

Una persona sana decide realizarse un chequeo completo. Entre decenas de parámetros medidos, uno aparece apenas por encima o por debajo del valor de referencia. Comienza entonces una cadena de nuevos estudios, consultas y preocupaciones. Muchas veces el supuesto problema desaparece en el siguiente control o nunca tuvo relevancia clínica. Sin embargo, el paciente pasó semanas o meses angustiado por una enfermedad que jamás existió.

Antonio Sitges-Serra ha señalado repetidamente este fenómeno conocido como sobrediagnóstico. Es decir, detectar condiciones que nunca habrían causado síntomas ni afectado la vida del paciente, pero que terminan convirtiéndolo en enfermo a los ojos del sistema sanitario.

Laporte, por su parte, ha sido especialmente crítico respecto de la expansión constante de diagnósticos y tratamientos. Según sostiene, existe una tendencia creciente a ampliar los límites de lo que se considera enfermedad. De este modo, cada vez más personas pasan a integrar categorías de riesgo que justifican controles, estudios o medicamentos.

Un ejemplo sencillo es el colesterol.

Nadie discute que valores muy elevados pueden aumentar el riesgo cardiovascular. Sin embargo, durante años los parámetros considerados normales fueron modificándose, incorporando a millones de personas sanas a grupos que requieren seguimiento o tratamiento. Algo similar ocurrió con la hipertensión arterial, la osteoporosis y otros factores de riesgo.

El problema aparece cuando el riesgo se confunde con la enfermedad.

Tener riesgo de desarrollar una patología no significa padecerla. Sin embargo, muchas personas viven como enfermos crónicos simplemente porque podrían llegar a enfermarse en el futuro.

Otro fenómeno llamativo es la búsqueda obsesiva de síntomas en Internet.

Un dolor de cabeza ocasional puede convertirse, tras algunas búsquedas en línea, en un supuesto tumor cerebral. Un simple hormigueo puede transformarse en una enfermedad neurológica devastadora. El resultado es una creciente ansiedad sanitaria que termina llevando a consultas innecesarias.

Paradójicamente, esta situación también afecta a quienes realmente necesitan atención médica. Las guardias saturadas por cuadros leves dificultan la asistencia rápida de pacientes con emergencias reales. El tiempo de los profesionales y los recursos del sistema son limitados.

Por supuesto, nadie propone abandonar la medicina ni ignorar síntomas importantes. Sería una irresponsabilidad. Los controles preventivos recomendados por la evidencia científica son fundamentales. También lo es consultar ante dolores intensos, dificultades respiratorias, pérdida de peso inexplicable, sangrados, fiebre persistente o cualquier signo que sugiera una enfermedad seria.

La cuestión es otra.

¿Es razonable vivir pendiente de cada sensación corporal? ¿Necesitamos un estudio para cada molestia? ¿Toda variación en un análisis constituye una enfermedad?

Laporte y Sitges-Serra responden que no.

La salud no consiste en realizarse estudios permanentemente ni en acumular diagnósticos. Tampoco en consumir medicamentos por precaución ante cualquier eventualidad. La salud implica llevar una vida equilibrada, alimentarse adecuadamente, realizar actividad física, descansar, mantener vínculos sociales y aceptar que el cuerpo humano no es una máquina perfecta.

En algún momento hemos comenzado a considerar anormal aquello que forma parte de la experiencia humana: cansarse, envejecer, tener dolores ocasionales, sentirse triste ante una pérdida o atravesar períodos de estrés.

La medicina es una de las mayores conquistas de la civilización. Pero precisamente por su enorme valor, debe utilizarse con prudencia.

Porque no todo malestar es una enfermedad.

Porque no todo riesgo requiere un tratamiento.

Y porque, como recuerdan estos prestigiosos médicos españoles, a veces el mejor acto médico consiste simplemente en esperar, observar y confiar en la extraordinaria capacidad del organismo para recuperarse por sí mismo.

19 junio 2026

LA DECADENCIA DEL PERIODISMO ARGENTINO: ENTRE LA PAUTA, LA MILITANCIA Y LA PERDIDA DE CREDIBILIDAD



Por Aurelio Nicolella


Hubo una época en que la palabra de un periodista era sinónimo de credibilidad. Los grandes diarios, las radios y los noticieros televisivos constituían fuentes de información que, más allá de las diferencias ideológicas, gozaban del respeto de amplios sectores de la sociedad. La noticia era el resultado de una investigación, la verificación de los hechos era una obligación ética y la confianza pública constituía el principal patrimonio de quienes ejercían la profesión.

Hoy la realidad parece muy diferente.

Pocas instituciones han sufrido un deterioro tan profundo en su imagen pública como el periodismo argentino. Basta recorrer las redes sociales, escuchar una conversación de café o leer los comentarios de los lectores para advertir un fenómeno evidente: una parte importante de la sociedad ya no cree en los medios de comunicación.

La crisis no surgió de un día para otro. Se trata de un proceso largo, alimentado por errores, omisiones, intereses económicos, alineamientos políticos y una creciente distancia entre los periodistas y el ciudadano común.

La historia argentina ofrece ejemplos que todavía generan controversia. Durante los gobiernos militares del siglo XX algunos periodistas fueron perseguidos, censurados e incluso desaparecidos. Sin embargo, también existieron medios y comunicadores que mantuvieron relaciones de cercanía con el poder de turno. Aquellas conductas dejaron una marca que aún forma parte del debate histórico nacional.

Con el retorno de la democracia se esperaba una prensa más independiente y plural. Sin embargo, con el paso del tiempo aparecieron nuevas formas de condicionamiento. La concentración de medios, los intereses empresariales y, especialmente, la dependencia de la publicidad oficial comenzaron a generar sospechas sobre la verdadera independencia de numerosos comunicadores.

La llamada "pauta oficial" se transformó en uno de los temas más discutidos de las últimas décadas. Para muchos ciudadanos resulta difícil creer en la absoluta objetividad de un medio cuya subsistencia económica depende, en gran medida, de fondos estatales. La percepción de que algunos periodistas pueden adaptar sus opiniones a los intereses de quienes financian los medios donde trabajan ha contribuido a erosionar la confianza pública.

En ese contexto surgió una expresión que hace algunos años parecía impensable y que hoy forma parte del lenguaje cotidiano: los "periodistas ensobrados". Más allá de que muchas veces la acusación se formule sin pruebas concretas, el solo hecho de que semejante sospecha se encuentre tan extendida revela la magnitud de la crisis de credibilidad.

Cuando la sociedad comienza a desconfiar de quienes tienen la responsabilidad de informar, el problema deja de ser exclusivamente periodístico para convertirse en un problema institucional.

A ello se suma otro fenómeno preocupante: la creciente transformación de periodistas en militantes políticos. Muchos medios han abandonado la búsqueda de la objetividad para convertirse en actores directos de la disputa partidaria. La noticia deja de ser presentada como un hecho para transformarse en una herramienta destinada a respaldar o cuestionar gobiernos, dirigentes o espacios políticos.

La consecuencia es una profunda polarización. Existen medios para oficialistas, medios para opositores y audiencias que consumen únicamente aquellas informaciones que confirman sus propias creencias. La verdad queda atrapada entre relatos enfrentados.

Las redes sociales y el periodismo de streaming profundizaron aún más esta situación. La velocidad parece haber desplazado a la verificación. La primicia vale más que la certeza. Lo importante ya no es informar correctamente sino ser el primero en decir algo.

Un ejemplo reciente generó una fuerte repercusión pública. Durante una transmisión en vivo fue anunciada la supuesta muerte de Jorge Messi, padre de Lionel Messi. La noticia era falsa. Debió ser desmentida por la propia familia del capitán de la selección argentina de fútbol. Posteriormente llegaron las disculpas. Pero el daño ya estaba hecho.

El episodio puso de manifiesto una pregunta inquietante: ¿qué ocurrió con la obligación elemental de verificar una información antes de difundirla?

El caso no constituye un hecho aislado. Es el síntoma de un problema más profundo. Cuando la velocidad reemplaza a la verdad, el periodismo deja de cumplir su función social para convertirse en un simple espectáculo.

Sin embargo, sería injusto afirmar que todo el periodismo argentino atraviesa una crisis moral. Existen periodistas honestos, investigadores rigurosos y medios que continúan realizando una tarea profesional indispensable para la vida democrática. Son ellos quienes mantienen viva la esencia de una profesión que sigue siendo fundamental para el funcionamiento de la República.

La libertad de prensa constituye uno de los pilares de toda sociedad libre. Pero la libertad implica también responsabilidad. Informar exige independencia, honestidad intelectual, rigor profesional y compromiso con la verdad.

La credibilidad no se compra con pauta publicitaria. No se obtiene mediante campañas de marketing. Tampoco se recupera a través de discursos corporativos.

La confianza pública se construye todos los días. Se gana con transparencia, con coherencia y con respeto por los hechos.

Quizás el mayor desafío del periodismo argentino no sea económico ni tecnológico. Quizás sea algo mucho más simple y mucho más difícil al mismo tiempo: volver a merecer la confianza de los ciudadanos.

18 junio 2026

ESTA BANDERA NO SE ARRIA NI SE ENTREGA

 

Por Aurelio Nicolella

Las palabras que llenan de orgullo a más de un oriental fueron pronunciadas por Timoteo Domínguez en la isla Martín García. Al pronunciarlas, dejó en claro que el "orgullo oriental" existía y persistía desde los tiempos de las luchas patrias encabezadas por José Gervasio Artigas.

Timoteo Domínguez era entonces comandante de la guarnición oriental que ocupaba la isla desde los tiempos en que el almirante francés Le Prédour había tomado posesión de ella durante el conflicto internacional librado contra el gobernador argentino Juan Manuel de Rosas.

Concluida aquella confrontación y derrotado Rosas en la batalla de Caseros, el general argentino Justo José de Urquiza, con el apoyo de tropas brasileñas, orientales y de la escuadra francesa, asumió el gobierno de la Confederación Argentina.

Cumplida la misión militar y desaparecido el interés estratégico que había motivado la ocupación, Le Prédour decidió retirarse de Martín García. Antes de hacerlo, remitió comunicaciones a los gobiernos de Montevideo y Buenos Aires manifestando que: "La suerte de la isla debía depender de los arreglos que se formaran entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de la República Oriental del Uruguay".

La posición argentina fue inmediata y categórica. Buenos Aires sostuvo que la isla constituía patrimonio histórico de la Confederación, por lo que no existía cuestión alguna que negociar. Le Prédour debió presentar las excusas correspondientes al gobierno argentino, pues había actuado creyendo realizar un gesto diplomático al invitar a ambas naciones a dialogar sobre la cuestión.

Poco después, el gobierno argentino remitió una nota diplomática al Poder Ejecutivo uruguayo solicitando la entrega de la isla a las autoridades de la Confederación, advirtiendo que entre los días 10 y 15 de marzo de 1853 partiría desde Buenos Aires una fuerza militar suficiente para tomar posesión definitiva del territorio.

Mientras tanto, Timoteo Domínguez permanecía en Martín García junto a un pequeño destacamento oriental, integrado además por cinco mujeres y tres niños, manteniendo una ocupación pacífica aunque contando con algunos pertrechos militares.

El 16 de marzo de 1853 arribaron a la isla tropas y embarcaciones argentinas. Para entonces, Domínguez ya había recibido instrucciones del gobierno de Montevideo ordenándole entregar el territorio a las autoridades argentinas.

Fue entonces cuando ocurrió la escena que inmortalizaría su nombre. Reunió a sus hombres, a las mujeres y a los niños frente al mástil donde flameaba la bandera oriental y, con profunda emoción e impotencia, pronunció una frase destinada a ingresar en la memoria histórica uruguaya:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."

Acto seguido, retiró el pabellón nacional, desmontó el mástil, lo cargó sobre sus hombros y abordó un ballenero rumbo a Colonia del Sacramento, dejando atrás la isla Martín García.

Aquellas palabras expresaron el dolor y la dignidad de un hombre que cumplía una orden sin renunciar a sus convicciones patrióticas. La popularidad de Domínguez creció rápidamente en el Uruguay, donde muchos vieron en su actitud la representac
ión del orgullo nacional herido.

Pero el destino le reservaba un final trágico. Apenas ocho meses después de su regreso, mientras ejercía como jefe político del departamento de Soriano, fue capturado durante una revuelta partidaria. Sus enemigos lo decapitaron y enviaron su cabeza a su esposa, la misma mujer que había compartido con él los días de aislamiento en la isla Martín García.

Sin embargo, la historia parecía no haber terminado allí.

A partir de 1965 comenzó a emerger, al noroeste de Martín García, un banco de limo y arena producto de la sedimentación natural del Río de la Plata. El Tratado del Río de la Plata, firmado entre Argentina y Uruguay en 1973, estableció que Martín García permanecería bajo soberanía argentina, pero que las nuevas islas surgidas por sedimentación corresponderían al país en cuyas aguas se formaran.

Con el correr de los años, aquella elevación se convirtió en una isla de dimensiones significativas. Uruguay decidió bautizarla Timoteo Domínguez, en homenaje al hombre que un siglo antes había pronunciado la célebre frase.

La ironía de la historia quiso que la isla Timoteo Domínguez terminara uniéndose físicamente a Martín García, transformando a esta última en un enclave argentino rodeado por territorio uruguayo.

De algún modo, Timoteo Domínguez volvió al lugar del que había partido. Como un símbolo del espíritu oriental, su nombre permanece unido para siempre a la isla que se resistió a abandonar.

Tal vez sea sólo una metáfora. O quizás, como gustan decir algunos orientales, sea el eterno regreso de aquel hombre que, frente a la adversidad, proclamó con firmeza:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."